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Sergio Ramírez
2000
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¿A LOS SANGRIENTOS TIGRES DEL MAL DARÍAS CAZA?

Se irá Somoza sin chaleco antibalas a la fiesta, así lo ha tramado una de las hermanas que se divierte con las sorpresas. Ojerosa y macilenta, corta ese hilo de la urdimbre con el filo de sus dientes porque el ruido de las tijera herrumbradas no llame la atención de las otras que canturrean mientras zurcen en la oscurana. Pero esas otras dos se han concertado desde antes para jugarle una mala pasada a la bromista, de este modo suelen divertirse entre ellas las hijas de la noche: Rigoberto, que camino de la fiesta se detiene en la Casa Prío, no se preocupa del chaleco porque va a disparar en cuclillas, abajo la cintura, como al muñeco de zacate.

Son más de las nueve. Todavía los convencionales forasteros llenan el salón, entretenidos en sus ruidosas conversaciones en tono de discurso, saludándose con alarde abrazos y abriéndose paso hacia el bar con los billetes en alto en busca de un trago, como si apostaran; pero pronto empiezan a irse en bandadas, a la fiesta, o a sus casas de pensión, a los acordes de las marchas militares, pues el disco de la Boston Pop suena de nuevo desde hace rato a todo volumen. Uno de ellos, flaco, picado de viruelas, que había llamado Bienvenido Granda a Rigoberto al verlo entar, viene hasta el rincón de la mesa maldita para despedirse de él, palmoteándole sonoramente la espalda, como si se conocieran de toda la vida.

Ya va Rigoberto sobre el segundo sorbete de tutti frutti. Raspa la superficie tornasolada de las bolas que reposan en la copa de aluminio, y sin soltar la cucharita,pasa la lengua por los labios carnosos para no perder nada del claro dulzor de las escamas. ¿Mira el reloj? No. El Capitán Prío no recuerda que haya mostrado prisa, como lo prueba la parsimonia con que saborea el sorbete. ¿Nerviosismo? Debajo de la mesa, sus pies, calzados con los mocasines marrón, que envió a lustrar al parque San Juan al momento de vestirse, cambian constantemente de posición, pero eso no prueba nada; es su vieja costumbre.

En su pelo crespo brilla la grasa de la brillantina Glostora. Su traje azul claro, como de colegial, es de gabardina ligera, y la corbata tiene el dibujo de una pálida mariposa que en fondo gris perla liba el cáliz de un lirio de marfil. ¿Será capaz de ordenar un tercer sorbete de tutti frutti?. Lo ordena. En San Salvador, el sorbetero Manlio Argueta no los hacía igual.

El Capitán Prío viene al fin a sentarse con él, trayendo el long-play de Mantovani y su orquesta que ha ido a sacar del mostrador donde guarda los discos. Ahora que el ambiente está más sosegado, quiere pasar a la música melódica de cuerdas, una vez que terminen las marchas.

¿No le extrañó al Capitán Prío que Rigoberto se ausentara de la representación de Tovarich, que ya debería estarse iniciando a esas horas en el Teatro Darío? ¿No le extrañó que se dirigiera, en cambio, a una fiesta en honor de Somoza? Le extrañó, y en cada caso se lo preguntó. Y sus preguntas fueron respondidas de la siguiente manera:

-Ya cumplí con lo que me tocaba, Capitán. Rubén va a quedar en su pedestal.

- ¿Qué puedo hacer yo? Rafa Parrales me manda a cubrir la fiesta, quiere una crónica de primera página para mañana.

Y apenas terminaba Rigoberto estas explicaciones, cuando ambos alzaron la cabeza, como si los llamaran. En la puerta, inmóvil, estaba el orfebre Segismundo, la camisa empapada de sudor y el sombrerito tirolés estrujado en la mano.

- Yo lo vi todo –dice, acercándose.

- Siéntese –le pide el Capitán Prío, pero él sólo mira a Rigoberto y no atiende.

Yo salía del templo de la Recolección como a las siete, y no me pregunte ninguna qué andaba haciendo yo en una iglesia –dice, con la respiración agotada; y vi que le dieron el alto. Iba solo. No opuso ninguna resistencia. Registraron un saco de bramante que traía, y los tres guardias de la patrulla montaron entonces al mismo tiempo los rifles Garand. Hasta donde yo estaba oí aquel ruido seco, de amenaza. Creí que lo iban a matar. Pero lo que hicieron fue esposarlo, y subirlo en el jeep. Se oía que hablaban por radio. No se movieron de allí, hasta que al rato, pasaría un cuarto de hora, llegó Moralitos en otro jeep, con más guardias. El cura Olimpo Lozano venía con él. Moralitos hizo que bajaran al preso. Lo puso de rodillas, lo levantó por el pelo, y le alumbró la cara con un foco para que el cura lo viera bien.

- Era Cordelio –dice Rigobeto, con aire muy pensativo, casi distraído.

- Lo reconocí desde el primer momento –dice el orfebre Segismundo, y se derrumba en la silla.

El Capitán Prío se levanta a quitar el disco de marchas que ha llegado al final con Semper Fidelis, pero ya no pone el otro.

-Ya había perdido la esperanza de encontrarlo, poeta –le dice el orfebre Segismundo
a Rigoberto-. Lo busqué en la casa de su novia, y me vine de allí, corriendo. Éste
era mi último chance.

- ¿Me sigue ella esperando? –le pregunta Rigoberto.

- En la puerta –le dice el orfebre Segismundo-. No va a llevarla a la fiesta, ¿verdad?

- No. Voy solo –le dice Rigoberto.

- Por ella entonces no se preocupe –le dice el orfebre Segismundo-. Yo la saco a un lugar seguro.

- El que necesita un lugar seguro es usted –le dice Rigoberto.

- Es a ella a la primera que va a buscar Moralitos –le dice el orfebre Segismundo.

- ¿Y qué lugar seguro es ése? –le pregunta Rigoberto.

- Tengo a alguien que le puede poner en Puerto Morazán paa que coja el barco que sale de muy mañana –le responde el orfebre Segismundo.

- Lo que no veo es cómo ella va a aceptar irse –le dice Rigoberto.

- Con un papelito que usted me dé –le dice el orfebre Segismundo.

El Capitán Prío se ha quedado discutiendo con uno de los meseros porque hasta ahora llega a informarle que los convencionales de una de las mesas se fueron sin pagar; y no sin intriga, ve que Rigoberto, apresurado, se pone a escribir.

- Dígale que hay complicaciones graves que después le va a explicar; que usted ya va adelante, que la espera en el puerto, que la única manera que se pueden casar es yéndose juntos a El Salvador. Que ya no hay otra oportunidad. Que confíe en mí, y que conmigo le manda el anillo de compromiso. Yo voy a facilitar ese anillo –dice el orfebre Segismundo.

Rigoberto levanta los ojos.

-¿ Y cómo piensa que va a arreglar todo ese viaje de aquí a la madrugada? –le
pregunta.

El orfebre Segismundo lo mira, sin parpadear.

Porque es mi propia fuga la que tenía lista –le responde-. Me da mucha vergüenza decírselo. Pero me entró miedo.
Rigoberto se entretiene en doblar el papelito antes de entregárselo.

- Entonces váyase de todos modos con ella –le dice-. Usted ya hizo su parte.

- El miedo es una cosa muy jodida, como una enfermedad –dice el orfebre Segismundo, y se mete el papelito en el forro del sombrero tirolés-. Pero ya me pasó.

- Ojalá que también se me pase a mí –le dice Rigoberto, y le sonríe apenas.

El Capitán Prío, que no ha terminado su discusión y está amenazando al mesero con correrlo, ve al orfebre Segismundo bajar la acera para irse muy precisado, por el rumbo de la plaza, y a Rigoberto, que ya en la puerta que da a la Calle Real se vuelve ligeramente para decirle adiós.

Ya han pasado las diez de la noche. Las sirenas de las motocicletas anuncian que la caravana presidencial se dirige hacia la fiesta. Rigoberto se detiene bajo la luz de un lámpara en la esquina de la Calle Real donde Erwin había marcado con tinta azul la posición del enlace B. No hay nadie allí. Nunca fuma, pero hoy tiene ansiedad por un cigarrillo y se palpa el bolsillo de la camisa como si siempre llevara un paquete consigo. Toma la primera avenida y advierte, de lejos, en la siguiente esquina, a la patrulla volante que vigila el acceso a la cuadra del club. Cruza al lado de los soldados, y alza la mano, saludándolos. Sólo lo miran, hoscos, bajo la sombra de los cascos.

Junto a la cuneta, en el lugar preciso que indica en tinta roja el plano, enlace A, está estacionado el jeep de Norberto, y al pasar roza con los dedos el latón de la carrocería. Más allá, la limosina blindada de Somoza, las motocicletas y los vehículos militares de la escolta, los choferes recostados junto a las portezuelas abiertas. Adentro, la orquesta termina de tocar el himno nacional.

El coronal Lira había corrido hacia el estrado de la orquesta de la Guardia Nacional agitando su pañuelo, y Somoza, como si se sintiera sorprendido al escuchar los acordes, se detuvo en su avance, la mano sobre el pecho con los dedos apuntando el corazón, muy junto a él la Primera Dama procurando no parpadear. El locutor de la Gran Cadena Liberal, subido a una silleta, extendió la mano en que tenía el micrófono para captar las notas confusas y distantes que cesan ya en los receptores; y ahora se baja de la silleta y trata de acercarse a Somoza, en busca de unas palabras suyas, arrastrando el cable que se enreda en los pies de los concurrentes. La pareja prosigue entre los aplausos, los dos repartiendo sonrisas y Moralitos abriéndoles campo, hasta que desembocan, por fin, entre los empujones y el apretujamiento que dejan lejos al locutor; en el corredor occidental de la vieja casa de adobes donde esperan en sus sitios los invitados a la mesa de honor, ministros y funcionarios locales con sus esposas.

Rigoberto oye al locutor que se queja del alboroto y reclama un poco más de orden, ahora que entra a la pulpería Conny, vecina al club, donde el receptor de radio, metido en una funda de croché, suena a bajo volumen. Compra una cajetilla de doce pastillas de chiclets Adams, por la que paga un córdoba, entregando de su billetera a la dueña, Conny Aguilar de Cáceres, de cuarenta años cinco córdobas, y recibiendo el vuelto en cuatro billetes de un córdoba cada uno. La billetera (exhibit number 5), guardada en el bolsillo derecho del pantalón, tiene tres depósitos de mica transparente para fotografías, todas vacías.

Al ser las diez y treinta va a iniciarse ya el primer set bailable. Rafa Parrales, que ronda la mesa de honor, se dirige al estrado de los músicos, y con aire de picardía habla al oído del coronel Vega Miranda; los músicos, uniformados de kaki y corbatas negras, cada uno sentado frente al cajón de su atril donde luce el monograma OGN de la orquesta, buscan entre sus partituras, y cuando están listos, Rafa Parrales toma el micrófono para solicitar a Somoza que pase a bailar con la Primera Dama el vals criollo peruano Estrellita del Sur, la pieza preferida de los dos, que tendrá el placer de cantar en su honor. Hay un aplauso. Moralitos, ubicado de espaldas a la pared, detrás de la mesa de honor, hace una rápida señal a los agentes de seguridad, y él mismo se adelanta a despejar el camino a la pista. La gente se apretuja alrededor del patio embaldosado, curiosa de ver bailar a la pareja.

El vals termina, suenan otros aplausos, Rafa Parrales da las gracias y Rigoberto ya está en la puerta. El sargento Domitilo Paniagua, con una corbarta que lo aprieta tanto que parece más bien la soga de un ahorcado, las puntas del cuello volteadas hacia arriba, oye desde la puerta que ahora empiezan a tocar el Mambo No. 5 de Dámaso Pérez Prado, y se siente eléctrico, con unas ganas de bailar que le dan vergüenza; y marcando el ritmo con movimientos reprimidos, le hace a Rigoberto alegres señales de que pase adelante, como está pasando todo el mundo en tropel, y entre empujones va a desembocar al remolino de la pista donde estallan más aplausos y vivas entusiastas porque Somoza viene a bailar de nuevo, ahora de la mano de la novia del club, señorita Azucena Poveda Siles, de dieciocho años de edad, con domicilio en el barrio de Zaragoza, alumna de mecanografía y taquigrafía del Colegio Académico Mercantil.

Los brazos en alto y los puños cerrados, mambo, qué rico el mambo Somoza desafía a la muchacha que eleva los codos marcando austeramente el compás, apenas sonriente, el bozo perlado de sudor; y se baja rítmicamente frente a ella hasta quedar en cuclillas mambo qué rico es, casi pegando los talones con las nalgas, para erguirse en un impulso entusiasta, de nuevo entre vivas y aplausos, y risas, y silbidos, y el mambo sonando todavía, la abraz con ímpetu y la besa cerca de la boca mientras estallas los flashes de los fotógrafos.

El locutor, lleno de euforia, narra en todos sus detalles la escena. Rigoberto, en el borde de la rueda, aplaude también, sonriente, y sigue con a vista a Somoza mientras vuelve a la mesa de honor; lo ve sentarse y ve al coronel Lira que le alcanza un pañuelo empapado en Eâu de Vétiver con el que se limpia el sudor, y, discretamente, los polvos de arroz que le han quedado en la boca al besar a la novia del club. El coronel va ahora a su valijín, regresa con la botella de Black and White, y le sirve una medida doble.

La orquesta abre un nuevo set con el bolero rítmico de Bobby Capó, Piel Canela. Rigoberto mira su reloj. Son las diez y cuarenta y cinco. Se abotona el saco, y capeando las bandejas de madera de los meseros que pasan en alto repletas de vasos, va hacia el corredor donde las muchachas, sentadas en apretadas filas de sillas plegadizas, esperan dóciles a que las saquen a bailar, los platos de cartón con sandwiches y pastelitos en sus regazos.

La señorita Ermida Toledo Granera, empleada de mostrador de la Panadería Munguía, de veintidós años de edad, cinco pies dos pulgadas de estatura, morena, pelo lacio, cicatriz de viruelas en la barbilla, libre de antecedentes policiales o penales, requerida a bailar se levanta sin ninguna vacilación, aunque no conoce, ni aún de cara, al solicitante. Rigoberto la lleva hasta la pista, le ofrece chicle, y él se mete otro a la boca; y desde que la toma de la cintura ojos negros piel canela que me llegan a desesperar, va abriéndose paso entre las parejas que pugnan por empujarlo, me importas tú, y tú, y tú hasta quedar frente a la mesa de honor, y nadie más que tú.

Somoza escucha con atención fastidiada a Rafa Parrales que inclinado sobre él le muestra El Cronista de esa tarde, mientras los invitados a la mesa de honor, que poco se levantan a bailar, elevan su conversación aprovechando el fin del bolero. El humo del cigarrillo Lucky Strike de Somoza, pendiente del pitillo de plata, se deshace en tenues virutas frente a su rostro lleno de pecas, para subir en hilachas aún más débiles y dispersas en busca del retrato gigante que tiene a sus espaldas, allí donde Moralitos hace guardia, un Somoza más joven mirando a la distancia, en uniforme almidonado y sombrero expedicionario de la infantería de marina, dos pequeños fusiles metálicos cruzados encima del cierre del cordón que rodea la base del sombrero, las manos asidas al fajón que sostiene la pistola.

Asiente, siempre oyendo, deja el pitillo en el cenicero, y ahora entretiene sus dedos con la carterita de cerillos en que luce también su retrato, de las mismas que el camión militar repartía a puñadas en las calles. Sobre el mantel, al alcance de su mano, está el paquete de cigarrillos del que Rafa Parrales, aprobando con la cabeza pero sin mirarlo, para que nadie en la pista de baile pierda su sonrisa que no va dirigida a nadie en particular.

Los músicos buscan rápidamente en los cuadernillos la partitura de La múcura, a ritmo de mambo, y arrancan a toca. Son la diez y cincuenta. Entran más danzarines a la pista, algunos ya bailando. Los músicos, de pie frente a los atriles, dejan las boquillas de las trompetas y los saxofones y cantan en coro mamá no puedo con ella, es que no puedo con ella. Somoza se aparta un momento de la plática de Rafa Parrales y se voltea hacia la Primera Dama, moviendo rítmicamente los hombros, como si la incitara a bailar. Ella ríe con una corta carcajada, y lo desprecia en juego, con un gesto de la mano.

Rigoberto cuida de no ser desplazado de su sitio sin romper la cadencia de las manos, pies y cintura, y sin dejar de sonreír a la muchacha que baila fijándose en el trabajo de sus propios pies mientras masca el chicle muchacha quién te rompió tu mucurita de barro, la toma por el talle invitándola a ladear el torso como él mismo lo hace, se vuelve en un giro que lo deja de cara a la mesa de honor y eleva las manos como si agitara dos maracas. San Pedro que me ayudó pa’ qué me hiciste llamarlo, las baja y las lleva al pecho, se arrodilla abriendo las piernas la múcura está en el suelo mamá no puedo con ella, y es Moralitos el que se adelanta asustado lo ha visto meter la mano bajo el saco es que no puedo con ella, el pequeño revólver ya de pronto apuntando, el animalito negro que va a morder tu mucurita de barro, un vómito encendido, zarpazos deslumbrantes, estallidos apagados como cachinflines, y Somoza se dobla en el regazo de la Primera Dama como si tuviera sueño y ella extiende sus brazos para recibirlo derramando el vaso de Ginger-Ale es queno puedo con ella, suenan los disparos más poderosos de la pistola automática de Moralitos no puedo con ella y cada instrumento va a callarse por su cuenta, llama sin respuesta el cencerro y sólo el alboroto de la batería queda de último ya cuando las parejas corren, se atropellan, derriban los atriles, un reguero de zapatos de tacones altos en el piso, alguien ha tropezado entre los gritos y empujones contra el bombo de la batería y se sueltan restallando los platillos, caen las bandejas de los meseros que huyen, en la mesa de honor no queda nadie más que Somoza y la Primera Dama que lo sostiene, y el bailarín solitario, abandonado por su pareja que también ha huido, sigue acuclillado en el suelo en su pase final, bañado en sangre, las piernas ligeramente abiertas, el revólver todavía apuntando, ya sin balas, por debajo de la mesa…