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Rubem Fonseca
2005
  Textos selectos  
 

Ganar la partida

Cuando no estoy leyendo un libro de la biblioteca pública, me pongo a ver uno de esos programas de la tele que muestran la vida de los ricos, sus palacios, automóviles, caballos, yates, joyas, cuadros, muebles raros, vajillas, cavas y criados. Es impresionante lo bien que se la pasan los ricos.
No me pierdo ninguno de esos programas, aunque no me sean de mucha utilidad, porque ninguno de esos ricos vive en mi país. Pero me gustó oír a un millonario que entrevistaron durante una cena, que decía que había adquirido un yate por cientos de millones de dólares para tener un yate más grande que el de otro rico. –Era la única manera de acabar con la envidia que le tenía–, confesó, sonriendo y dando un trago a su bebida. Los comensales a su alrededor se rieron mucho cuando lo oyeron. Los ricos pueden tenerlo todo, hasta envidia uno del otro, y en ellos eso es gracioso, es más, es divertido. Yo soy pobre y la envidia cuando uno es pobre es muy mal vista, porque la envidia dej a al pobre acomplejado. Junto con la envidia, viene el odio a los ricos y los pobres no saben cómo desquitarse sin tomarse las cosas a pecho, sin espíritu de venganza. Pero yo no le guardo rencor a ningún rico, mi envidia se parece a la del tipo que compró el yate más grande: como él, sólo quiero ganar la partida.
Descubrí cómo ganar la partida entre un tipo pobre, como yo, y uno rico. No es volviéndome rico, nunca lo lograré. –Ser rico–, dijo uno de ellos en un programa –es una predisposición genética que no todo mundo tiene. Ese millonario hizo su fortuna de la nada. Mi padre era pobre, cuando murió no heredé nada, ni siquiera el gene que lo motiva a uno a ganar dinero.
El único bien que poseo es mi vida, y la única manera de ganar la partida es matar a un rico y seguir vivo. Es algo parecido a comprar el yate más grande. Sé que parece un razonamiento extravagante, pero una forma de ganar la partida es crear buena parte de las reglas, cosa que hacen los ricos. Ese rico que voy a matar tiene que ser heredero. Un heredero es una persona como yo, sin disposición a volverse rico, pero que nació rico y goza apaciblemente de la fortuna que le cayó del cielo. Por cierto, para disfrutar bien de la vida es preferible que solamente el padre, y no el heredero, haya nacido con el mentado gene.
Yo preferiría matar a uno de los ricachones extranjeros que veo en la tele. Un hombre. Las mujeres, o las hijas, son aún más ostentosamente ricas; sin embargo, una mujer, por más joyas que lleve en los dedos y alrededor de las muñecas y del cuello, no es el yate más grande. Tampoco me interesa una de esas mujeres que hicieron su fortuna trabajando, seguramente una portadora del tal gene, señoras que salen en la televisión vestidas con traje sastre. No, tendría que ser un hombre. Pero como esos ricos ideales viven en otros países, tengo que buscar uno aquí, uno que haya heredado el dinero y los bienes de que disfruta.
La dificultad para alcanzar ese objetivo no me preocupa. Trazo mi plan cuidadosamente y, minutos después de acostarme ya estoy dormido y no despierto durante la noche. No sólo tengo paz de espíritu, sino una próstata que funciona bien, al contrario de mi padre, que se levantaba cada tres horas para orinar. No tengo prisa, debo escoger con mucho rigor, por lo menos un rigor igual al del rico que compró el yate grande. Las mayoría de las personas que aparecen en las revistas que se publican aquí, en mi país, pueden ser conocidas como ricas y famosas, pero matar a una de esas figuras sería fácil, no me haría ganar la partida.
A todo los ricos les gusta ostentar su riqueza. Los nuevos ricos son más exhibicionistas, pero no quiero matar a uno de ésos, quiero a un rico que haya heredado su fortuna. Éstos, los de segunda generación, son más discretos, normalmente muestran su riqueza en los viajes, adoran hacer compras en París, en Londres y Nueva York. Les gusta también ir a lugares distantes y exóticos, pero que tengan buenos hoteles con servidumbre amable, y los más deportistas no pueden dejar de esquiar en la nieve una vez al año, lo cual es comprensible, pues a final de cuentas viven en un país tropical. Exhiben su riqueza entre ellos (no sirve de nada jugar con los pobres), en las cenas de millonarios, donde el vencedor puede confesar que fue por envidia que compró lo que compró, y los demás brindan alegremente a su salud.
Un tipo como yo, blanco, miserable, flaco y famélico no tiene hermanos ni aliados. No fue fácil conseguir un empleo en el más caro y exclusivo lugar de banquetes de la ciudad. Tuve que planear las cosas cuidadosamente y hacer muchas maniobras. Me tardé dos años: la única virtud que poseo es la perseverancia. Los ricos solían contratar los servicios de este lugar cuando ofrecían una cena. La dueña, descendiente de una familia ilustre –no voy a decir su nombre, no voy a decir el nombre de nadie, ni siquiera el mío– era una mujer dominante que llevaba su agenda y sus apuntes en una pequeña computadora que cargaba en una bolsa al hombro. Imponía rígidos patrones a los que trabajaban con ella, cocineros, decoradores, proveedores de mercancías, meseros y demás. Era tan competente que sus empleados, además de obedecerla sin chistar, la admiraban. Si alguno de los empleados no se comportaba según el modelo establecido, lo despedía. Esto era poco común, pues todos, antes de ser contratados, eran sometidos a una selección y un entrenamiento rigurosos. Hacíamos lo que ella mandaba; yo era uno de los más obedientes. Y el lugar cobraba un dineral por cocinarles a los ricos y alimentarlos. La dueña tenía el mentado gene.
Antes de la evaluación y el entrenamiento a los que me sometí para ser mesero del lugar, hice mi propia capacitación. Primero, mejoré mi apariencia, conseguí un dentista bueno y barato, cosa rara, y me compré ropa decente. Después –lo más importante– aprendí, en mi entrenamiento solitario, a ser un sirviente feliz, como deben ser los buenos meseros. Pero fingir esos sentimientos es muy difícil. Esa sumisión y felicidad no pueden ser obvias, deben ser muy sutiles, percibidas inconscientemente por el destinatario. La mejor manera de representar esa intangible simulación era crear un estado de espíritu que me hiciera realmente feliz de servir a los ricos, aunque fuera de manera provisional. La dueña del restaurante me señalaba como ejemplo del empleado que realiza su trabajo orgullosamente; por eso era yo tan eficiente.
Los ricos, como los pobres, no son todos iguales. Hay a los que les gusta charlar con un puro caro entre los dedos o con un vaso de líquido precioso en la mano, hay los galantes, los reservados, los solemnes, los que alardean de erudición, los que exhiben riqueza con sus atuendos de marca, hay hasta los circunspectos, pero en el fondo todos son fanfarrones. Es parte de la mímica, que acaba siendo un lenguaje de señales verdadero, pues permite ver lo que cada quien es en realidad. Sé que los pobres también tienen su mímica, pero los pobres no me interesan, no está en mis planes jugar con ninguno de ellos, mi juego es el del yate más grande.
Esperé pacientemente a que el rico ideal surgiera ante mí. Estaba preparado para recibirlo. No fue fácil conseguir el veneno, insípido e inodoro, que me pasaba de una bolsillo a otro. Pero no voy a contar los riesgos que corrí y las torpezas que cometí para obtenerlo.
Finalmente, un rico como el que yo tanto buscaba apareció en uno de los lugares asignados en las cinco mesas dispuestas en los salones de una mansión. Yo conocía su historia, pero nunca lo había visto, ni en foto. Fue la dueña quien me dijo, y por primera vez la vi inquieta, que –él– acababa de llegar y que yo había sido designado para atenderlo personalmente. A los ricos les gusta que los sirvan bien. Yo tendría que permanecer a cierta distancia, sin mirarlo, pero al menor gesto de mando, por más leve que fuera, tendría que aproximarme y sencillamente decirle, –¿señor?– Yo lo sabía hacer muy bien, era un mesero feliz.
Llegó, como los otros invitados, en un carro blindado, rodeado de guardaespaldas. Era un tipo bajo, moreno, un poco calvo y de gestos discretos. Su mujer, la cuarta, era una rubia alta y esbelta que parecía aún más larga debido a los altos tacones.
Había ocho comensales en cada mesa, cuatro hombres y cuatro mujeres. Aunque el servicio no era a la francesa, cada mesa era atendida por dos meseros; mi colega era un negro alto con dientes perfectos. Había bebidas para todos los gustos, incluso cerveza, pero no recuerdo que nadie de mi mesa haya solicitado ese líquido vulgar que engorda. De acuerdo con las instrucciones de la dueña, el otro mesero era mi subordinado. Discretamente yo determinaba que mi colega atendiera los pedidos de los demás comensales que, entretenidos en sus conversaciones, ni siquiera percibían el trato especial que yo dispensaba a uno de ellos.
Lo atendí a la perfección. Comía poco, bebía sin excederse. No usaba, conmigo, las palabras «por favor” ni «gracias”. Sus órdenes eran lacónicas, sin afectación. La cena estaba por terminar.
–¿Señor?–, me acerqué cuando giró el rostro dos centímetros hacia un lado, sin mirar a nadie, pero yo sabía que era para mí.
–Un express.
Era la oportunidad que esperaba.
Fui a la cocina, yo mismo preparé el café en la máquina italiana de última generación que el servicio de banquetes había proporcionado. Puse el veneno dentro.
–Aquí está, señor.
Sorbió el café conversando con su vecina. Sin prisa, tomé la taza vacía, volví a la cocina y la lavé con esmero.
Pasó un tiempo antes de que descubrieran que estaba muerto, pues había posado la cabeza sobre los brazos apoyados en la mesa y parecía dormido. Pero como un millonario no hace algo así, tomarse una siesta durante un banquete, a los comensales les llamó la atención y se dieron cuenta de que algo grave había ocurrido. Un paro circulatorio, probablemente.
Fue una conmoción, asumida con relativa elegancia por la mayoría de los presentes, principalmente por su esbelta mujer. Sin embargo, los guardaespaldas se pusieron muy nerviosos. La cena concluyó poco después de que una ambulancia particular se llevó el cuerpo.
Creo que por un tiempo voy a continuar sirviendo a los ricos. Tendrá que ser en otro lugar; aquél donde trabajaba cayó en desgracia. Al principio, los periódicos dieron la noticia de que la causa mortis del ricachón había sido un mal repentino. Sin embargo, una de esas revistas semanales anunció en su portada un extenso reportaje en que se hablaba de envenenamiento, con fotografías de los invitados al banquete, principalmente de aquéllos, hombres y mujeres, sobre quienes se pudiera hacer una insinuación maliciosa. La vida del millonario muerto, sus negocios, sus varios matrimonios y separaciones, principalmente las circunstancias escandalosas de una de ellas, recibieron una amplia cobertura.
La policía está investigando. Me gustó ir a la delegación a declarar. No me tardé mucho, la policía pensó que yo no tendría mucho que decir sobre el envenenamiento: a final de cuentas yo era un mesero ignorante y feliz, por encima de cualquier sospecha. Cuando el delegado a cargo del caso me dijo que me podía ir, yo le dije de manera casual:
Mi yate es más grande que el de él.
Alguien debía saberlo.
Ya le dije que puede retirarse.
Al salir, oí que el delegado le decía al mecanógrafo: –Una pinche declaración más.
Gané la partida. No sé si volver a jugar. Con envidia, pero sin resentimientos, sólo para ganar, como los ricos. Me gusta ser como los ricos.