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Ganar
la partida
Cuando no estoy leyendo un libro de la biblioteca pública,
me pongo a ver uno de esos programas de la tele que muestran la
vida de los ricos, sus palacios, automóviles, caballos, yates,
joyas, cuadros, muebles raros, vajillas, cavas y criados. Es impresionante
lo bien que se la pasan los ricos.
No me pierdo ninguno de esos programas, aunque no me sean de mucha
utilidad, porque ninguno de esos ricos vive en mi país. Pero
me gustó oír a un millonario que entrevistaron durante
una cena, que decía que había adquirido un yate por
cientos de millones de dólares para tener un yate más
grande que el de otro rico. –Era la única manera de
acabar con la envidia que le tenía–, confesó,
sonriendo y dando un trago a su bebida. Los comensales a su alrededor
se rieron mucho cuando lo oyeron. Los ricos pueden tenerlo todo,
hasta envidia uno del otro, y en ellos eso es gracioso, es más,
es divertido. Yo soy pobre y la envidia cuando uno es pobre es muy
mal vista, porque la envidia dej a al pobre acomplejado. Junto con
la envidia, viene el odio a los ricos y los pobres no saben cómo
desquitarse sin tomarse las cosas a pecho, sin espíritu de
venganza. Pero yo no le guardo rencor a ningún rico, mi envidia
se parece a la del tipo que compró el yate más grande:
como él, sólo quiero ganar la partida.
Descubrí cómo ganar la partida entre un tipo pobre,
como yo, y uno rico. No es volviéndome rico, nunca lo lograré.
–Ser rico–, dijo uno de ellos en un programa –es
una predisposición genética que no todo mundo tiene.
Ese millonario hizo su fortuna de la nada. Mi padre era pobre, cuando
murió no heredé nada, ni siquiera el gene que lo motiva
a uno a ganar dinero.
El único bien que poseo es mi vida, y la única manera
de ganar la partida es matar a un rico y seguir vivo. Es algo parecido
a comprar el yate más grande. Sé que parece un razonamiento
extravagante, pero una forma de ganar la partida es crear buena
parte de las reglas, cosa que hacen los ricos. Ese rico que voy
a matar tiene que ser heredero. Un heredero es una persona como
yo, sin disposición a volverse rico, pero que nació
rico y goza apaciblemente de la fortuna que le cayó del cielo.
Por cierto, para disfrutar bien de la vida es preferible que solamente
el padre, y no el heredero, haya nacido con el mentado gene.
Yo preferiría matar a uno de los ricachones extranjeros que
veo en la tele. Un hombre. Las mujeres, o las hijas, son aún
más ostentosamente ricas; sin embargo, una mujer, por más
joyas que lleve en los dedos y alrededor de las muñecas y
del cuello, no es el yate más grande. Tampoco me interesa
una de esas mujeres que hicieron su fortuna trabajando, seguramente
una portadora del tal gene, señoras que salen en la televisión
vestidas con traje sastre. No, tendría que ser un hombre.
Pero como esos ricos ideales viven en otros países, tengo
que buscar uno aquí, uno que haya heredado el dinero y los
bienes de que disfruta.
La dificultad para alcanzar ese objetivo no me preocupa. Trazo mi
plan cuidadosamente y, minutos después de acostarme ya estoy
dormido y no despierto durante la noche. No sólo tengo paz
de espíritu, sino una próstata que funciona bien,
al contrario de mi padre, que se levantaba cada tres horas para
orinar. No tengo prisa, debo escoger con mucho rigor, por lo menos
un rigor igual al del rico que compró el yate grande. Las
mayoría de las personas que aparecen en las revistas que
se publican aquí, en mi país, pueden ser conocidas
como ricas y famosas, pero matar a una de esas figuras sería
fácil, no me haría ganar la partida.
A todo los ricos les gusta ostentar su riqueza. Los nuevos ricos
son más exhibicionistas, pero no quiero matar a uno de ésos,
quiero a un rico que haya heredado su fortuna. Éstos, los
de segunda generación, son más discretos, normalmente
muestran su riqueza en los viajes, adoran hacer compras en París,
en Londres y Nueva York. Les gusta también ir a lugares distantes
y exóticos, pero que tengan buenos hoteles con servidumbre
amable, y los más deportistas no pueden dejar de esquiar
en la nieve una vez al año, lo cual es comprensible, pues
a final de cuentas viven en un país tropical. Exhiben su
riqueza entre ellos (no sirve de nada jugar con los pobres), en
las cenas de millonarios, donde el vencedor puede confesar que fue
por envidia que compró lo que compró, y los demás
brindan alegremente a su salud.
Un tipo como yo, blanco, miserable, flaco y famélico no tiene
hermanos ni aliados. No fue fácil conseguir un empleo en
el más caro y exclusivo lugar de banquetes de la ciudad.
Tuve que planear las cosas cuidadosamente y hacer muchas maniobras.
Me tardé dos años: la única virtud que poseo
es la perseverancia. Los ricos solían contratar los servicios
de este lugar cuando ofrecían una cena. La dueña,
descendiente de una familia ilustre –no voy a decir su nombre,
no voy a decir el nombre de nadie, ni siquiera el mío–
era una mujer dominante que llevaba su agenda y sus apuntes en una
pequeña computadora que cargaba en una bolsa al hombro. Imponía
rígidos patrones a los que trabajaban con ella, cocineros,
decoradores, proveedores de mercancías, meseros y demás.
Era tan competente que sus empleados, además de obedecerla
sin chistar, la admiraban. Si alguno de los empleados no se comportaba
según el modelo establecido, lo despedía. Esto era
poco común, pues todos, antes de ser contratados, eran sometidos
a una selección y un entrenamiento rigurosos. Hacíamos
lo que ella mandaba; yo era uno de los más obedientes. Y
el lugar cobraba un dineral por cocinarles a los ricos y alimentarlos.
La dueña tenía el mentado gene.
Antes de la evaluación y el entrenamiento a los que me sometí
para ser mesero del lugar, hice mi propia capacitación. Primero,
mejoré mi apariencia, conseguí un dentista bueno y
barato, cosa rara, y me compré ropa decente. Después
–lo más importante– aprendí, en mi entrenamiento
solitario, a ser un sirviente feliz, como deben ser los buenos meseros.
Pero fingir esos sentimientos es muy difícil. Esa sumisión
y felicidad no pueden ser obvias, deben ser muy sutiles, percibidas
inconscientemente por el destinatario. La mejor manera de representar
esa intangible simulación era crear un estado de espíritu
que me hiciera realmente feliz de servir a los ricos, aunque fuera
de manera provisional. La dueña del restaurante me señalaba
como ejemplo del empleado que realiza su trabajo orgullosamente;
por eso era yo tan eficiente.
Los ricos, como los pobres, no son todos iguales. Hay a los que
les gusta charlar con un puro caro entre los dedos o con un vaso
de líquido precioso en la mano, hay los galantes, los reservados,
los solemnes, los que alardean de erudición, los que exhiben
riqueza con sus atuendos de marca, hay hasta los circunspectos,
pero en el fondo todos son fanfarrones. Es parte de la mímica,
que acaba siendo un lenguaje de señales verdadero, pues permite
ver lo que cada quien es en realidad. Sé que los pobres también
tienen su mímica, pero los pobres no me interesan, no está
en mis planes jugar con ninguno de ellos, mi juego es el del yate
más grande.
Esperé pacientemente a que el rico ideal surgiera ante mí.
Estaba preparado para recibirlo. No fue fácil conseguir el
veneno, insípido e inodoro, que me pasaba de una bolsillo
a otro. Pero no voy a contar los riesgos que corrí y las
torpezas que cometí para obtenerlo.
Finalmente, un rico como el que yo tanto buscaba apareció
en uno de los lugares asignados en las cinco mesas dispuestas en
los salones de una mansión. Yo conocía su historia,
pero nunca lo había visto, ni en foto. Fue la dueña
quien me dijo, y por primera vez la vi inquieta, que –él–
acababa de llegar y que yo había sido designado para atenderlo
personalmente. A los ricos les gusta que los sirvan bien. Yo tendría
que permanecer a cierta distancia, sin mirarlo, pero al menor gesto
de mando, por más leve que fuera, tendría que aproximarme
y sencillamente decirle, –¿señor?– Yo
lo sabía hacer muy bien, era un mesero feliz.
Llegó, como los otros invitados, en un carro blindado, rodeado
de guardaespaldas. Era un tipo bajo, moreno, un poco calvo y de
gestos discretos. Su mujer, la cuarta, era una rubia alta y esbelta
que parecía aún más larga debido a los altos
tacones.
Había ocho comensales en cada mesa, cuatro hombres y cuatro
mujeres. Aunque el servicio no era a la francesa, cada mesa era
atendida por dos meseros; mi colega era un negro alto con dientes
perfectos. Había bebidas para todos los gustos, incluso cerveza,
pero no recuerdo que nadie de mi mesa haya solicitado ese líquido
vulgar que engorda. De acuerdo con las instrucciones de la dueña,
el otro mesero era mi subordinado. Discretamente yo determinaba
que mi colega atendiera los pedidos de los demás comensales
que, entretenidos en sus conversaciones, ni siquiera percibían
el trato especial que yo dispensaba a uno de ellos.
Lo atendí a la perfección. Comía poco, bebía
sin excederse. No usaba, conmigo, las palabras «por favor”
ni «gracias”. Sus órdenes eran lacónicas,
sin afectación. La cena estaba por terminar.
–¿Señor?–, me acerqué cuando giró
el rostro dos centímetros hacia un lado, sin mirar a nadie,
pero yo sabía que era para mí.
–Un express.
Era la oportunidad que esperaba.
Fui a la cocina, yo mismo preparé el café en la máquina
italiana de última generación que el servicio de banquetes
había proporcionado. Puse el veneno dentro.
–Aquí está, señor.
Sorbió el café conversando con su vecina. Sin prisa,
tomé la taza vacía, volví a la cocina y la
lavé con esmero.
Pasó un tiempo antes de que descubrieran que estaba muerto,
pues había posado la cabeza sobre los brazos apoyados en
la mesa y parecía dormido. Pero como un millonario no hace
algo así, tomarse una siesta durante un banquete, a los comensales
les llamó la atención y se dieron cuenta de que algo
grave había ocurrido. Un paro circulatorio, probablemente.
Fue una conmoción, asumida con relativa elegancia por la
mayoría de los presentes, principalmente por su esbelta mujer.
Sin embargo, los guardaespaldas se pusieron muy nerviosos. La cena
concluyó poco después de que una ambulancia particular
se llevó el cuerpo.
Creo que por un tiempo voy a continuar sirviendo a los ricos. Tendrá
que ser en otro lugar; aquél donde trabajaba cayó
en desgracia. Al principio, los periódicos dieron la noticia
de que la causa mortis del ricachón había sido un
mal repentino. Sin embargo, una de esas revistas semanales anunció
en su portada un extenso reportaje en que se hablaba de envenenamiento,
con fotografías de los invitados al banquete, principalmente
de aquéllos, hombres y mujeres, sobre quienes se pudiera
hacer una insinuación maliciosa. La vida del millonario muerto,
sus negocios, sus varios matrimonios y separaciones, principalmente
las circunstancias escandalosas de una de ellas, recibieron una
amplia cobertura.
La policía está investigando. Me gustó ir a
la delegación a declarar. No me tardé mucho, la policía
pensó que yo no tendría mucho que decir sobre el envenenamiento:
a final de cuentas yo era un mesero ignorante y feliz, por encima
de cualquier sospecha. Cuando el delegado a cargo del caso me dijo
que me podía ir, yo le dije de manera casual:
Mi yate es más grande que el de él.
Alguien debía saberlo.
Ya le dije que puede retirarse.
Al salir, oí que el delegado le decía al mecanógrafo:
–Una pinche declaración más.
Gané la partida. No sé si volver a jugar. Con envidia,
pero sin resentimientos, sólo para ganar, como los ricos.
Me gusta ser como los ricos.
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