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Fragmento del
libro:
Eduardo ha venido y me sorprende con un regalo inespe¬rado.
Abro la caja pequeña, con un perfume de cedro como identificación,
y me hago la ilusión de que contiene cigarros fi¬nos,
puros hechos a mano en la comunidad de Villa González, pero
no, trae realmente dos moscas bellamente conservadas. Las imagino
en principio como recortadas en un cartón piedra luminoso.
Supongo que han sido fabricadas con una especie de cristal de roca.
Veo luego los detalles: cinturas estrechas, cuerpo negro de remate
ovalado, alas con nervaduras suaves como caminos que recorriesen
la noche oscura e inerte de su cuerpo. Ahora, flotando en un rayo
de luz de la tarde casi mor¬tecina, me parecen hechas de melaza
iridiscente. Es increíble cómo los matices han sido
imitados y cambian según la lumi¬nosidad de la hora,
y cómo se destacan en estos cambios las ra¬mificaciones
breves de las patas color vino, y el cuerpecillo lus¬troso.
No, no son artesanías. Me emociono cuando me dice que las
ha conseguido en los depósitos del Natural History Mu¬seum
de los Estados Unidos de América en su viaje de “puesta
al día”, como siempre recalca cada vez que visita su
vieja es¬cuela. Dice que las ha momificado para nosotros, para
Nora y para mí. Empiezo a sospechar. La idea de una conjura
entre Eduardo y mi mujer aflora. Eduardo no cede ante los recuer¬dos.
Sonrío. Qué pretendes, le digo. Ya sabes profesor,
es una promesa hecha antes de que finalizara el ya viejo siglo XX.
Es¬pero que vuelvas a sentir sobre tu cabeza el zumbido, y que
es¬ta vez la feromona con cuyo perfume se identificaban nuestras
moscas sobre los esqueletos haya quedado igualmente solidifi¬cada.
–Hay moscas inolvidables.
Se refiere a aquellos trabajos arqueológicos llevados a cabo
en el poblado de El Soco, de los cuales guardo apuntes, dibu¬jos,
planos, grabaciones, fragmentos de alfarería aborigen, vi¬sajes
y distancias apagadas por los recuerdos. Eduardo insiste en que
vierta en una novela, en un relato, en algo nada cientí¬fico,
aquellas experiencias mutuas. Nunca publicamos el in¬forme de
campo definitivo. Los años posteriores a aquella in¬vestigación
de campo fueron cada vez más deprimentes. Yo diría
que perdimos en poco tiempo el entusiasmo inicial. A tal punto fue
así que cada quien se dispersó, buscó otro
modelo de vida, y se olvidó del mundo que intentaba reconstruir.
Sólo Eduardo y yo hemos sido fieles a una parte de aquellas
expe¬riencias. Y no precisamente a la parte científica,
objetiva, sino a la otra, a la que pareció tener siempre
un contenido mágico, poético, obra del azar, del aparente
azar o del ámbito sorpre¬sivo que en aquellos momentos
conformaba un mundo hoy hecho cenizas.
Después de lo ocurrido con el hallazgo de Pandora y luego
de mi cambio ideológico ya no tuve temor de aceptar la frase,
la etiqueta de «marxista fantástico» que alguien
me endilgara entonces en tono de chiste. Cada vez que he narrado
algunas de estas experiencias a ciertos amigos de mi entera confianza,
sonríen como en tono de burla.
De 1973 hasta hoy han ocurrido cambios radicales en nues¬tras
vidas. Gozo aún con la revisión de algunas fotos clave
del trabajo de campo. La del propio Eduardo con su grueso pin¬cel
de pelo de camello limpiando los restos, los esqueletos, dándoles
un lustre cariñoso, como cuando desempolvamos los llamados
“biscuits” que fueron adornos de abuela en porcela¬na.
Adornos que nuestros nietos rompen en sus intentos por dominar manualmente
el mundo circundante. Adornos que Augusto Adrián repasa,
haciendo preguntas para mí jubilosas.
Los nietos se parecen a los arqueólogos, necesitan tocar
con sus manos la historia inicial que los rodea, cuajada en objetos
de la casa. Los arqueólogos intentan desentrañar la
memoria escondida en un mundo subterráneo, adormilado, perdido
pa¬ra la visión. Una memoria que sólo puede ser
supuestamente salvada por el tacto. Pero a veces, conjuntamente
con el obje¬to, aflora, burbujea, un mundo intangible que se
hace presen¬te sin que lo hayamos considerado parte de nuestro
proyecto. Expresiones de un universo casi de espuma en donde lo
into¬cable es real, y nos desquicia, aportando datos que el
diario de campo no debe consignar, o más bien, que el arqueólogo
no desea referir, porque ningún científico anota lo
que parece misterio vivo o reflejo de una realidad que no puede
ser justi¬ficada. Aun así, en mis notas de campo llegué
a consignar al¬gunos de estos datos.
–Querido profesor, debes contar la historia. Si se nos ha
he¬cho imposible publicar el informe final luego de tantos años,
tenemos el derecho de que narres la historia, la historia para ti
y para mí igualmente verdadera. Ya estamos viejos y a los
vie¬jos la crítica no nos afecta. Además nadie
supondría que lo que narras, siendo tan ilógico, pudiera
ser real. De todas maneras salvaríamos nuestro honor. Para
eso sirven las literaturas. ¿No lo crees?
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