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Raúl Zurita
2006
  Textos selectos  
  Oí un cielo y un mar alucinantes, oí soles
estallados de amor cayendo como frutos, oí
torbellinos de peces devorando las carnes rosa de
sorprendentes carnadas.

Oí millones de peces que son tumbas con pedazos
de cielo adentro, con cientos de palabras que no
alcanzaron a decirse, con cientos de flores de
carne roja y pedazos de cielo en los ojos. Oí
cientos de amores que quedaron fijos en un día
soleado. Llovieron carnadas desde el cielo.

Viviana llora. Viviana oyó torbellinos de peces
elevarse por el aire disputándose los bocados de
una despedida trunca, de un rezo no oído, de un
amor no dicho. Viviana
está en la playa. Viviana
es hoy Chile.

El pez largo de Chile que se eleva por los aires
devorando las carnadas de sol de sus difuntos.

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Un país de desaparecidos naufraga en el desierto.
La proa de los paisajes muertos naufraga
hundiéndose como la noche en las piedras. El sol
ilumina abajo una mancha negra en el medio del
día. En la distancia parecería sólo una mancha,
pero es un barco sepultándose a pleno sol con su
noche en los pedregales del desierto. Si ellos callan
las piedras hablarán.

Mireya dice que todos callaron y que por eso
gritan las piedras del desierto. Que gritan, que las
flores son también pequeñas piedras gritando
cuando se doblan frente a un barco de muertos.

El barco se hunde. Las áridas rompientes se
amontonan cayendo sobre Chile y chillan, las olas
chillan, el terroso mar chilla. Mireya le pone
flores a la tripulación de una patria de muertos
encallada en la mitad del desierto. Dice que fue el
silencio de todos la tumba y que por eso las
piedras gritan tapiando la nave difunta de estos
paisajes.


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Te palpo, te toco, y las yemas de mis dedos
buscan las tuyas porque si yo te amo y tú me
amas tal vez no todo esté perdido. Las montañas
duermen abajo y quizás las margaritas enciendan
el campo de flores blancas. Un campo donde Los
Andes y el Pacífico abrazados en el fondo de la
tierra muerta despierten y sean como un
horizonte de flores nuestros ojos ciegos
emergiendo en la nueva primavera. ¿Será? ¿será
así? las margaritas continúan doblándose sobre el
mar difunto, sobre las grandes cumbres difuntas y
en la oscuridad, descendidos, como dos envanecidas
pieles que se buscan, mis dedos palpan a tientas
los tuyos porque si yo te toco y tú me tocas tal
vez no todo esté perdido y, podamos adivinar
algo del amor. De todos los amores muertos que
fuimos y de un campo de flores que crecerá
cuando nuestras mortajas blancas, cuando
nuestras mortajas de nieve de todas las montañas
hundidas nos besen boca abajo y nos vuelvan
para arriba las erizadas pestañas.


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A Paulina Wendt

No nos hemos perdido

No nos hemos perdido.
Infinitas batallas nos preceden,
incontables cadáveres hinchándose
sin fin bajo las lluvias
y músculos y tendones rotos emergiendo
como sueños entre los botones de tierra.
Nos preceden veraces campos,
fértiles trigales abonados sólo con sangre,
siglos enteros labrados a destiempo,
generaciones igual que árboles quemándose
en la tormenta.
Pero nosotros no nos perdimos.

Entre las luces de las estrellas
que no llegaron a destino y los ojos húmedos
que chirriaron ardiendo en las antorchas
Entre las cenizas de los cuerpos
aún pegadas a los muros
Entre los mares derrumbándose
y las falsas Ítacas refulgiendo frente a Nadie
Nosotros no nos perdimos.

Miles de otras naves nos esperaban
Océanos de muertos nos querían llevar consigo
Sirenas como racimos nos llamaron con su canto
Pero nosotros no nos perdimos.

Y por eso ningún cadáver
ni ningún grumo de sangre
que cantó cuajado en el hueso
ni ningún tendón roto vendido en el canasto
ni ningún amanecer asombrado entre los verdugos
ni ninguna ruina ni naufragio
dejó de encontrar el cielo
que es nuestro y es de todos.

Porque nos encontramos no sucumbió la eternidad
Porque tú y yo no nos perdimos
ningún cuerpo
ni sueño ni amor fue perdido.