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Imperio
e imperialismo
Lectura crítica de un libro de Michael Hardt y Antonio Negri
(Fragmento)
Primero, un poco de historia. En septiembre de 2001, Tariq Ali,
uno de los editores de la New Left Review, nos invitó a escribir
un capítulo en un volumen colectivo a publicarse por Verso,
en Londres, a mediados del corriente año. El libro reúne
una serie de comentarios críticos a Imperio, a los cuales
se les agregará la respuesta de Michael Hardt y Antonio Negri.
Dado que aquél debía ser entregado en inglés,
y habida cuenta de nuestras catastróficas experiencias previas
en materia de traducciones, decidimos escribirlo directamente en
esa lengua. Fue enviado a Londres y distribuido entre algunos de
los coautores del volumen consignado y, por supuesto, a los autores
de Imperio. Con ocasión del segundo Foro Social Mundial,
celebrado en Porto Alegre a fines de enero del corriente año,
entregamos el texto a algunos colegas y amigos con el objeto de
recabar comentarios. Al poco tiempo comenzamos a recibir urgentes
pedidos de autorización para traducir el texto al idioma
español. Preocupados también por los riesgos que entraña
cualquier traducción, decidimos asumir por nuestra cuenta
el esfuerzo. Al traducir la versión original a nuestra lengua
materna, lo que ocurrió fue que la rescribimos por entero,
ampliando comentarios, agregando datos y sugiriendo nuevas reflexiones.
El resultado es este texto.
Lo anterior es historia y circunstancia. Hubo también razones
más de fondo. En primer lugar, la necesidad de considerar
muy seriamente una obra producida por dos autores del calibre intelectual
de Michael Hardt y Toni Negri (H. y N. de ahora en adelante). Su
trayectoria intelectual y política, dilatada y fecunda especialmente
en el caso del segundo, los hace merecedores de todo respeto y nos
obliga, por eso mismo, a examinar muy cuidadosamente el mérito
de los planteamientos que desarrollan a lo largo de un libro tan
polémico y de tan notable impacto público como Empire
(Cambridge, 2000). En segundo término, por la importancia
sustantiva del tema que se aborda en ese trabajo: el imperio o,
tal vez, en una definición que nos parece más apropiada,
el sistema imperialista en su fase actual.
Las dificultades para acometer una empresa de este tipo no son pocas.
Se trata de dos intelectuales identificados con una postura crítica
en relación con el capitalismo y la mundialización
neoliberal y que, por añadidura, tuvieron la valentía
de acometer el examen de un tema de crucial importancia en la coyuntura
actual. En efecto, por profunda que sea nuestra disidencia teórica
con la interpretación que H. y N. acaban proponiendo, es
preciso reconocer que una revisión y una puesta al día
como la emprendida por nuestros autores era necesaria. Por una parte,
porque las deficiencias de los análisis convencionales de
la izquierda en relación con las transformaciones experimentadas
por el imperialismo en el último cuarto de siglo eran inocultables
y exigían una urgente actualización. Por la otra,
porque las falencias del «pensamiento único»
sobre esta materia –divulgado urbi et orbi por el FMI, el
Banco Mundial y las agencias ideológicas del sistema imperialista–
y que se plasma en la teoría neoliberal de la «globalización»
son aún mayores. Para quienes, como para el autor de este
ensayo, la misión fundamental de la filosofía y la
teoría política es cambiar el mundo y no sólo
interpretarlo –para citar la recordada oncena «Tesis»
de Marx sobre Feuerbach–, una teoría correcta constituye
un instrumento insustituible para que los movimientos populares
que resisten la mundialización neoliberal puedan navegar
con un margen razonable de certidumbre en las turbulentas aguas
del capitalismo contemporáneo. Uno de los factores que más
nos impulsaron a escribir esta obra es la rotunda convicción
de que la respuesta que ofrecen H. y N. a este desafío es
altamente insatisfactoria y puede ser fuente de renovadas frustraciones
en el terreno de la práctica política.
Es evidente que un fenómeno como el del imperialismo actual
–su estructura, su lógica de funcionamiento, sus consecuencias
y sus contradicciones– no se puede comprender adecuadamente
procediendo a una relectura talmúdica de los textos clásicos
de Hilferding, Lenin, Bujarin y Rosa Luxemburgo. No porque ellos
estuvieran equivocados, como le gusta decir a la derecha, sino porque
el capitalismo es un sistema cambiante y altamente dinámico
que, como escribieran Marx y Engels en el Manifiesto comunista,
«se revoluciona incesantemente a sí mismo». Por
consiguiente, no se puede entender al imperialismo de comienzos
del siglo XXI leyendo solamente a esos autores. Pero tampoco se
lo puede comprender sin ellos. No se trata, por supuesto, de la
monótona y estéril reiteración de sus tesis.
El objetivo es avanzar en una reformulación que, partiendo
desde la revolución copernicana producida por la obra de
Marx –que nos suministra una clave interpretativa imprescindible
e irremplazable para explicar la sociedad capitalista–, relabore
con audacia y creatividad la herencia clásica de los estudios
sobre el imperialismo a la luz de las transformaciones de nuestro
tiempo. El imperialismo de hoy no es el mismo de hace treinta años.
Ha cambiado, y en algunos aspectos el cambio ha sido muy importante.
Pero no se ha transformado en su contrario, como nos propone la
mistificación neoliberal, dando lugar a una economía
«global» donde todos somos «interdependientes».
Sigue existiendo y oprimiendo a pueblos y naciones, y sembrando
a su paso dolor, destrucción y muerte. Pese a los cambios,
conserva su identidad y su estructura, y sigue desempeñando
su función histórica en la lógica de la acumulación
mundial del capital. Sus mutaciones, su volátil y peligrosa
mezcla de persistencia e innovación, requieren la construcción
de un nuevo abordaje que nos permita captar su naturaleza actual.
No es éste el lugar para proceder a un examen de las diversas
teorías sobre el imperialismo. Digamos, a guisa de resumen,
que los atributos fundamentales de aquél señalados
por los autores clásicos en tiempos de la Primera Guerra
Mundial siguen vigentes, toda vez que el imperialismo no es un rasgo
accesorio ni una política perseguida por algunos estados,
sino una nueva etapa en el desarrollo del capitalismo. Esta etapa
está signada, hoy con mayor contundencia que en el pasado,
por la concentración del capital, el abrumador predominio
de los monopolios, el acrecentado papel del capital financiero,
la exportación de capitales y el reparto del mundo en distintas
«esferas de influencia». La aceleración del proceso
de mundialización acontecida en el último cuarto de
siglo, lejos de atenuar o disolver las estructuras imperialistas
de la economía mundial, no hizo sino potenciar extraordinariamente
las asimetrías estructurales que definen la inserción
de los distintos países en ella. Mientras un puñado
de naciones del capitalismo desarrollado reforzó su capacidad
para controlar, al menos parcialmente, los procesos productivos
a escala mundial, la financiarización de la economía
internacional y la creciente circulación de mercancías
y servicios, la enorme mayoría de los países vio profundizar
su dependencia externa y ensanchar hasta niveles escandalosos el
hiato que los separa de las metrópolis. La globalización,
en suma, consolidó la dominación imperialista y profundizó
la sumisión de los capitalismos periféricos, cada
vez más incapaces de ejercer un mínimo de control
sobre sus procesos económicos domésticos. Esta continuidad
de los parámetros fundamentales del imperialismo –no
necesariamente de su fenomenología– es ignorada en
la obra de H. y N., y el nombre de tal negación es lo que
estos autores han denominado «imperio». Lo que pretendemos
demostrar aquí es que así como las murallas de Jericó
no se derrumbaron ante el sonido de las trompetas de Josué
y los sacerdotes, la realidad del imperialismo tampoco se desvanece
ante las fantasías de los filósofos.
No es un dato menor el hecho de que una reflexión como la
que nos proponen H. y N. tenga lugar en momentos en que la dependencia
de la periferia y la dominación imperialista se han profundizado
hasta llegar a niveles desconocidos en nuestra historia. Por ello,
la necesidad de contar con un renovado instrumental teórico
para comprender al imperialismo y luchar contra él es más
urgente que nunca. Sin pecar de teoricistas, nos parece que será
muy difícil librar con éxito dicha batalla si no se
comprende muy claramente cuál es la naturaleza del fenómeno.
Precisamente debido a esa necesidad de saber es que Imperio ha tenido
tan extraordinario impacto entre las enormes masas de jóvenes
y no tan jóvenes que desde Seattle en adelante se han movilizado
en todo el mundo para poner coto al sistemático genocidio
que el imperialismo practica a diario en los países de la
periferia capitalista, a la regresión social y la desciudadanización
que tienen lugar en las sociedades más avanzadas y atrasadas
por igual, a la criminal destrucción del medio ambiente,
al envilecimiento de los regímenes democráticos maniatados
por la tiranía de los mercados y al paroxismo militarista
que, desde el atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono,
se ha adueñado de la Casa Blanca y otros lugares privilegiados
desde los cuales se toman las decisiones que afectan las vidas de
miles de millones de personas en todo el mundo. Pese a sus nobles
intenciones y la honestidad intelectual y política de sus
autores, temas sobre los cuales no albergo duda alguna, este libro
–saludado por muchos como «el Manifiesto comunista del
siglo XXI» o como un redivivo «librito rojo» de
los mal llamados «globalifóbicos»– contiene
gravísimos errores de diagnóstico e interpretación
que, en caso de pasar inadvertidos y ser aceptados por los grupos
y organizaciones que hoy pugnan por derrotar al imperialismo, podrían
llegar a ser la causa intelectual de nuevas y más duraderas
derrotas, y no sólo en el plano de la teoría. Es por
eso que nos hemos aventurado a plantear nuestras críticas
y a asumir los costos y riesgos que conlleva el cuestionamiento
a un texto que, por distintas razones, se ha convertido en una importante
referencia teórica para los movimientos críticos de
la globalización neoliberal. Creemos que un debate franco
y sincero con las tesis planteadas en Imperio puede ser un poderoso
antídoto para despejar tales acechanzas.
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