Durante el pasado mes de marzo
tuvimos, junto a otros profesores e hispanistas de varios países,
la oportunidad de intimar con el destacado poeta, crítico y
teórico de la literatura, académico y profesor Carlos Bousoño,
quien en 1995 mereció el Premio Príncipe de Asturias por el
conjunto de su obra. Nos impartió, en la sede de la Asociación
Española de Cooperación Internacional, en Madrid, un posgrado
sobre Teoría de las épocas literarias. Maravilló a todos por
su sabiduría, por su sentido crítico y también por su buen humor.
En el edificio número 4 de la Avenida de los Reyes Católicos,
donde sesionó el curso, en una pequeña sala de estar, contaminada
por el paso de la gente, entre ella amigos que interrumpían,
lo invitamos a un diálogo que registró una pequeña grabadora
y que, no podía ser de otro modo, iniciamos aludiendo a su luminosa
sonrisa y su mirada abisal.
L.R. y A.H.S.: Cada jueves,
en la Academia, de la cual forma parte hace ya unos años, tiene
usted que improvisar definiciones. ¿Cómo definiría a Carlos
Bousoño?
Yo, desde luego, una persona muy
alegre, por fuera, como es natural. Tengo una tendencia a buscar
la verdad aunque eso me traiga problemas, tengo bastante seguridad
en mí mismo, tengo una tendencia a la benevolencia: no a la
bondad, pero sí a la benevolencia, porque acepto a los demás
como son. Y yo he pecado, pero no podré ser juzgado porque no
he juzgado a los demás. No me puedo definir porque toda definición
entraña una comparación, y si eres individuo no te puedes definir.
Imposible, puedes descomponerlo en sus elementos pero no lo
puedes definir. Ante todo he sido poeta, yo he sido crítico,
yo no sabía que tenía facultades para ser crítico. Me di cuenta
porque tuve que escribir una tesis de doctorado. Entonces escribí
un libro sobre Vicente Aleixandre. Hasta entonces me emocionaba
la poesía, yo estaba leyendo poesía todo el tiempo; no pensé
nunca escribir nada sobre poesía, pero luego, al descubrir la
fuente del placer, que era la fuente del pensamiento, entonces
sí me puse a escribir y he escrito varios libros: La poesía
de Vicente Aleixandre, un libro con Dámaso Alonso... Les
voy a decir una cosa que no he dicho nunca a nadie, algo generoso,
por parte de Dámaso. Es que le dije por teléfono una cosa que
le abrió los ojos, pero entonces dijo: "Este libro lo vamos
a escribir juntos pero la teoría la pongo yo", y la teoría es
la que yo le di allí, y, bueno, a mí me convenía también. Porque
yo tenía mi poética, pero era demasiado joven y necesitaba una
garantía, y Dámaso me sirvió de garantía. Yo le di una cosa
y él me dio otra. Me dio la garantía y entonces pude escribir
ese libro. Era demasiado joven pero quería tener la solución
del problema ¿qué es el arte, qué es la poesía? Y fue lo que
escribí en ese libro y me parece que el resultado fue exitoso.
El hecho de haber ido antes con Dámaso debió apoyarme de alguna
manera.
Su obra crítica es vasta. De
ahí que muchas veces se ha llegado a afirmar que en él hay primacía
del crítico sobre el lírico o, al menos, un influjo de las teorías
sobre sus versos. Al poeta le pesa admitirlo.
Creo que no influye nada pero Torrente
Ballester, en su Historia de la literatura, dice: "Bousoño dice
que no influye nada, eso es imposible." Bueno, a lo mejor es
verdad, pero, si me influye, no lo noto. Lo que escribo lo escribo,
usando ya una palabra romántica tan desacreditada, por inspiración
y, además, con gran arrebato. No meditando tanto, soy anti-Borges
en ese sentido; él lo hacía muy bien a su manera, pero yo soy
de los poetas inspirados. Sí, creo en la inspiración. ¿Cómo
no voy a creer? La inspiración existe. Se escribe en un estado
alterado de conciencia. Eso es lo que siempre se ha llamado
inspiración. Vamos, lo que yo sé de poesía me habrá influido
sin duda en lo que sé de corrección. Al corregir, lo que sé
sobre poesía, en fin, muchas meditaciones que he hecho sobre
poesía, me sirven de algo, evidentemente; me doy cuenta de que
hay una equivocación y a partir de ese error me pongo, inspiradamente,
a corregir. Todas las correcciones las he hecho con la misma
inspiración con que puedo escribir un poema.
A lo largo de su trayectoria
literaria le han solicitado, reiteradamente, selecciones de
su poesía, trabajo que ha tomado muy en serio, aprovechando
para pulir lo imperfecto y excluir los textos que dejaron de
satisfacer sus exigencias líricas y críticas.
A mí me gustan más unos poemas
que otros. Si me dejara guiar por mi gusto, dejaría todo reducido
a una parte. Yo creo que de cualquier poeta lo que queda es
una antología, incluyendo a los que casi no han escrito nada.
San Juan de la Cruz ha escrito ocho o nueve poemas que no valen
nada, pero la otra mitad vale mucho. Hasta en él, que ha escrito
muy poco, resulta que lo válido basta. Yo tengo un poco la manía
de corregir mis propios poemas y los de los demás. Sí, me divierte,
pero yo no respeto a nadie, ni a Quevedo. Corrijo a Quevedo.
¿Y ese atrevimiento no es el gusto de leer lo que uno considera
perfecto? Entonces, si veo un error de Quevedo, intento corregirlo.
Por ejemplo, el poema "A un narigudo" yo creo haberlo corregido,
mejorado. Sí, porque comete un error en ese poema, y es que
hay un clímax. El primer terceto dice en la versión original:
"Érase un espolón de una galera, / érase una pirámide de Egipto,
/ las doce tribus de narices era."1 Ahí se terminó, no puede
decir nada por encima de eso. Y entonces acude a sus facultades,
que eran enormes, y estoy seguro de que se paró ahí, y dijo:
"No puedo decir nada más. El clímax no puede ir más arriba.
Ya he terminado el clímax." No puede decir nada más, ese poema
debe tener un clímax más arriba, terminar en un clímax. Y dijo
nuevamente: "Vamos a ver si yo puedo hacerlo con mis facultades,
que son muy grandes: "Érase un naricísimo infinito"." No se
llegó al clímax, "muchísima nariz", era todo nariz, "nariz tan
fiera, / que en la cara de Anás fuera delito". Y se queda con
Anax porque en las doce tribus estaba Anax y eso no es más:
es menos, porque ha suprimido a todos los judíos narigudos y
sólo se ha quedado con Anás, y Anás es menos que elconjunto
de las doce tribus. Por tanto, un disparate. De modo que era
muy inteligente y, además, tenía dentro un gran crítico, como
todo gran poeta. Pero el problema era el clímax, y entonces
corrijo el clímax: "Pero Quevedo, ¿cómo no se le ocurrió poner
el último terceto como primero y el primero como último?" Y
quedó lo siguiente, más o menos así: "Érase un naricísimo infinito.
/ muchísima nariz, nariz tan fiera, / que en la cara de Anás
fuera delito. // Érase un espolón de una galera, / érase una
pirámide de Egipto, / las doce tribus de narices era." Creo,
con la mayor de las modestias, hay modestia, que gana.
Ríe, pícara y orgullosamente.
Así que aprovechamos para preguntar sobre las correcciones que
le encargaron hacer a Fuenteovejuna, de Lope de Vega, para un
ambicioso restreno en Madrid.
Llegó un escenógrafo y actor muy
bueno y me preguntó si quería hacer una versión diferente de
Fuenteovejuna poniéndola un poco al día. Acepté y entonces me
reuní con él y quedamos de acuerdo en una serie de pasajes que
estaban versificados espantosamente mal. Lope podía ser superficial,
muchas veces era un superficial. Gran improvisador, pensaba
nada más en las mujeres y eso le llevaba mucho tiempo. En Madrid
había dos personajes, a uno le llamaban "memorilla" y al otro
"el Gran Memoria". Supongo que Lope los veía por ahí, que andaban
escuchando, y cuando iban a su casa se sabían la obra de memoria.
(Dicen que Borges hacía mucho eso. Había escrito una obra de
Unamuno y se la sabía de memoria. Hay personas que tienen una
memoria excepcional, yo carezco totalmente de ella.) Entonces,
los "memorillas" iban a sus casas y se acordaban de la obra.
La apuntaban y la vendían luego a los cómicos. Pero había partes
que no se las sabían, entonces las hacían ellos; sabían versificar,
mal, pero sabían. Y yo me dije: "Estoy seguro de que estas cosas
no son de Lope", porque Lope vio la obra, le hicieron una edición
pirata de las ocho primeras partes; pero seguro dijo: "Ah, eso
no es mío", porque él prefería escribir sus obras a corregirlas.
Yo creo que era un error. Lope nunca metía ripios. Podía ser
superficial, pero nunca era un mal versificador: era un versificador
formidable. De modo que creo que no mejoré a Lope, sino al "memorilla".
No digo que es la maravilla de la maravilla, pero quedó mejor
que como estaba, indudablemente. (Esas correcciones daban mucho
dinero. Trabajé en esas correcciones unos quince días por seis
millones de pesetas. La gente no dice nunca lo que gana).
Usted apenas cuenta con un
instante libre. Se mantiene como profesor en cursos de la Universidad
Complutense de Madrid o de otras entidades como la Real Academia
Española, a cuyas sesiones de trabajo asiste puntualmente. Como
académico desde hace décadas puede evaluar los retos de la añeja
y útil Institución en el mundo contemporáneo.
El trabajo de la Academia es muchísimo
mejor que lo que la gente se cree. Hay personas muy competentes
y hay mucha sabiduría en la Academia. No es un elogio para mi
persona. Los lingüistas son formidables y sólo tengo palabras
de justicia, de gran admiración, por el trabajo de la Academia.
Hay todo un Instituto de Lexicografía, personas que no son académicos
pero que son profesores de lingüística. Hay comisiones, yo estoy
en una comisión de éstas; corregimos redacciones. En la Academia
debe haber más lingüistas. Me gustaría que fueran escritores,
porque siempre hay cosas, incluso de conocimiento, que pueden
mejorarse. El trabajo de la Academia es excelente, excelente.
Creo que estoy diciendo la verdad.
La Academia tiene retos, uno es la unidad. Se ha puesto de acuerdo
con otras Academias americanas de la lengua. La Academia ahora
es el conjunto de Academias hispanoamericanas y la española.
La Academia no se considera superior a nada, es modesta, escucha
las opiniones, consulta cuando hay alguna cosa de importancia.
Necesita que las Academias americanas den su opinión, o sea,
tiene una actitud de hermandad. No tiene ninguna pretensión
de superioridad. Está muy bien que la Academia consulte y haga
por consenso las cosas. Sobre todo, la ortografía la ha hecho
por consenso. Yo no soy especialista; pero los especialistas,
formidables.
Dice que no es especialista,
pero admite el rango de "profeta". Aprovechamos para pedir una
profecía sobre el futuro de la lengua española.
Creo que es la segunda lengua del
mundo: la inglesa y la española. Diríamos que el enorme esfuerzo
español es la conquista. Toda conquista es un robo; pero, por
supuesto, no es más ladrona España que lo que han sido Bélgica,
Holanda, Alemania y otros países. Ahí ha funcionado la leyenda
negra. ¿España ha sido benévola en América? No simpatizo con
los colonialistas, pero no ha sido peor España que otros con
América. Creo que quien no ha podido lograrlo son los Estados
Unidos. Todo señor que tiene dominio es odiado: ¿no quieren
el dominio?, pues que se aguanten con las consecuencias del
odio universal. Inglaterra fue odiada, España fue odiadísima;
España ha hecho cosas malas. ¿Abusos?, ¡claro!, pero no más
que los demás.
Su literatura presenta una gran
evolución temática y estilística desde Subida al amor (1943)
hasta Metáfora del desafuero (1989). ¿Qué explica este gran
salto?
Un buen día me encontré escribiendo
el verso libre, y antes solamente había escrito en metros tradicionales.
El cambio del metro me dio libertad y pude expresar mi verdadero
ser, y cambió mi poesía muchísimo. Creo que es más profunda,
mejor que todo lo que he escrito después. Yo tuve la suerte
de que empecé, sobre todo en mi segundo libro, que es donde
se pueden recibir influjos, con una voz adolescente, y eso me
libró de las influencias. Todos los maestros posibles que podían
influirme no eran adolescentes y con el tono de voz adolescente.
La zona más alegre, más triunfal, está en mis poemas adolescentes.
No creo que haya por ahí a quien le gusten como me gustan a
mí. Es que fui original. Si soy sincero tengo que reconocer
que soy original en una época en que no se es original. Mi tercer
libro es menos original que mi primera poesía y, además, ahí
está mi visión del mundo, que iba a caracterizarme, sin darme
cuenta de que no lo había dicho a propósito en el segundo. El
primero es un libro católico, a la manera tradicional. El dolor
de Cristo me gusta. Estoy conforme con mi poesía toda. Esto
no lo he expresado nunca antes. Si no es mejor es porque yo
no soy mejor. Hay un poema mío en el que he encontrado algo
difícil y he intentado aclararlo. Seguramente Carlos Rodríguez
me reprochará que yo corregí los poemas. Pero se ha hecho desde
Mallarmé en adelante; yo no he inventado corregir poemas, se
corrigen desde la inspiración, no desde el cálculo. El cálculo
me sirve para darme cuenta de que todo está mal. Entonces enderezo,
encauzo la intuición hacia una doctrina de corrección. Yo he
corregido todo lo que debía corregir. Creo que he hecho bien;
no me arrepiento de haber corregido los poemas. Un poema terminado
no es más que un poema mal llamado.
¿Qué libro le gustaría haber
escrito?
Muchos. Es que tengo una selección
de poemas maravillosos. Una selección de Neruda, una selección
de Aleixandre, una selección de Jorge Guillén... Uno entero
quizá no. Quizá nadie haya escrito todos los poemas buenos,
buenos de verdad. Creo que todo el mundo tiene poemas que cojean.
Jorge Guillén tiene muchísimos malos, pero tiene algunos maravillosos.
¿Considera que la carencia de
su obra lírica tiene que ver con el amor?
No he hecho muchos poemas de amor,
pero quizá nunca me he enamorado. Aparentemente he amado a personas,
pero puede ser que no las haya amado lo suficiente para que
me incitaran a escribir poesía. He escrito tres o cuatro poemas
dedicados a varias personas concretas; en cambio, un gran poema
de amor quizá no lo he tenido, quizá sea una gran carencia.
En mi poesía hay una enorme proporción de la muerte, de lo trascendente;
pero, poesía amorosa, poca.
A propósito, ¿considera aportes
de su obra...?
La idea de que el arte, eso que
se decía que era un misterio, eso que decía Dámaso: "Nunca sabremos
qué es poesía", lo he derribado. Si no fuera pedantería, mi
poesía tiene un sentimiento poco frecuente, que es la grandeza.
Es un poco de petulancia, eh, disculpadme. Creo que tiene grandeza:
la capacidad entusiasta que yo tengo me ha llevado al canto
hacia arriba. No es un mérito porque puede tener grandeza y
estar equivocada, es simplemente una tendencia de mi poesía
que responde a mi manera de ser. El entusiasmo es una cosa positiva.
Perdonad, te he dicho una cosa positiva de mí. Y mi poesía es
un tipo de poesía que tiene un son. Si hay definición, tengo
entusiasmo. No sólo pueden entusiasmarme las cosas que he hecho
yo, también me entusiasman las personas. No he hecho poemas
de amor, pero sí he hecho amistad con muchas personas.
Se ha dicho que estamos en una
etapa de decadencia de la literatura española porque los grandes
autores han muerto o envejecieron y publican poco.
Creo que en España hay varios poetas
de treinta o cuarenta años que están muy bien. Yo no veo en
decadencia la poesía. En mi generación están Pepe Hierro, Blas
de Otero..., y si la hubiera, desde fuera se verá mejor. A lo
mejor tú hablas de decadencia y será que la ves. Yo en cuanto
a la poesía no veo decadencia. En la narrativa hay muchísimos
autores, hay una cantidad enorme. Ahora, grandes nombres no
acabo de verlos. En la literatura latinoamericana sí hay grandes
autores, pero hay que esperar un poco para hablar de decadencia,
si la hubiera.
Ha insistido en que no hay demasiada
diferencia entre las generaciones literarias de España y de
América. ¿Cuáles considera los más notables escritores de Hispanoamérica
en el siglo XIX y en el XX?
En el XX el que más me gusta de
los poetas latinos es Neruda, que me parece tan alto como los
más altos poetas españoles de todos los tiempos, no sólo del
siglo XX. Vallejo me gusta, pero no me gusta tanto como suele
gustar por ahí. Creo que tenía una técnica pobre, a propósito
quizá, pero tiene emoción, y por tanto me gusta. Y de España,
los poetas que más me gustan son Juan Ramón, con todo lo malo
que era como persona; del 27, Aleixandre, Cernuda, Lorca...;
del XIX, Galdós, Bécquer, y luego los novelistas de la generación
muy por debajo de Galdós, Alarcón. Juan Valera me parece un
intelectual. De América, Martí: lo conozco muy bien y me gusta
mucho. Era un poeta de primer orden y, además, que adelantó
el modernismo, pero no es del siglo XIX: es un poeta del siglo
XX. La literatura moderna es la que innova, comienza otra literatura.
En el siglo XX tenemos a Carpentier, García Márquez... La literatura
se pone a gran altura en el siglo XX en la novela. Aparte de
Guillén, el cubano, pero me gusta más Lorca. ¡Lo digo porque
son comparables!
Su primer libro crítico es sobre
la obra de Vicente Aleixandre, quien fue su amigo y hasta sabemos
que le legó su biblioteca personal.
Es un enorme poeta, pese a que
tiene poemas que no me gustan nada. Nunca son errores catastróficos,
pero poemas fallidos tiene bastantes, como todo el mundo. Ahora,
cuando acierta, ¡qué maravilla! ¡Qué extraordinario poeta es!
Como lo es Neruda, Neruda y él; como lo es Cernuda de otra manera,
y Lorca, maravilloso, genial. Aleixandre también es genial.
En esa generación se han reunido una serie de poetas geniales.
Como dice Picasso, ser genio es intuir, morder. Todos los genios
han muerto. Mientras viven no sabemos si son genios o no porque
no hemos visto el influjo que tienen sobre la cultura. Un autor
puede no influir nada y ser extraordinario, un poeta puede influir
muchísimo. ¿Cuál es el poeta que más ha influido? Petrarca,
que ha influido hasta el punto de que la poesía del siglo XVI
es la forma que adopta el petrarquismo al llegar al siglo XVI.
¡Era tan gran poeta! Esta afirmación mía es posible debido a
que cuando leemos por primera vez a Petrarca lo hemos leído
ya. ¿Por qué lo hemos leído ya? Porque hemos leído a los poetas
del XVI y entonces no tenemos libertad para juzgarlo. Claro
que lo hemos leído, lo tenemos releído.
Volviendo a su entrañable Aleixandre...
Cuando se murió, no se murió un
gran poeta, se murió un gran amigo; pero eso no quiere decir
que no fuera un gran poeta... Fue un grandísimo poeta que, además,
tuvo el mérito moral de haber recibido a todos los poetas que
desearon verle. No salió de España porque tenía una enfermedad
y si salía se hubiera muerto, y entonces se quedó en España
con miedo, porque Cela podía denunciarle, pero no lo denunció.
Ahí se portó bien, no hizo maldades. Vicente es la mejor persona
que he conocido, el hombre más bueno que he conocido, uno de
los más grandes poetas que he conocido, en un mundo de grandes
poetas, porque el siglo XX es un siglo de poesía por todas partes.
En el mundo hispano, sin duda, la mejor poesía se hizo en el
castellano del siglo XX. Gran amigo, tenía un alma generosa
y grande. Y no digo esto porque fuera un gran amigo y buena
persona. No era creyente, o sea, no lo considero santo, pero
dentro de lo humano tenía algo de santidad. Recibía a todo el
que lo quería ver, porque creía que era su deber. En una España
desolada por la emigración, estaba sustituyendo a los otros
y lo hacía como una cosa de deber suyo. Y Vicente no era creyente:
es más, no le interesaba la religión. Yo no era creyente pero
sí me interesó muchísimo la religión y ahora soy creyente. Mi
religión no coincide con la católica ni coincide con el amor.
Su hermana era muy religiosa, y él, para no disgustarla, iba
todos los domingos a misa, hasta que un día dijo: "Esta farsa
tiene que terminar. No voy más." Pero estuvo su vida, casi toda
su vida, yendo a misa los domingos. Les voy a contar una cosa
más ridícula todavía que ésta: un día fuimos al Corte Inglés
a comprar no sé qué y le preguntó a un caballero, que estaba
allí para que le preguntaran, dónde podíamos hallar... lo que
buscábamos, y nos indicó que en el sexto piso. Le dije a Vicente:
"¡Pero tú sabes dónde es!", y me respondió: "Es que a este hombre
nadie le pregunta nada." Eso indica algo, ¿verdad? Si existe
el infierno, él está en el cielo. Creo que existe la salvación
de los hombres y que se perfeccionan después de la vida. El
perfeccionamiento del ser humano se da y no tiene por qué ir
al infierno.
El teórico que ha sido Carlos
Bousoño tiene una deuda evidente con la obra de José Ortega
y Gasset.
Creo que Ortega ha influido en
todos los ensayistas. En el aspecto del ensayista que yo soy,
supongo que he recibido el influjo normal que ha ejercido sobre
todos, sin excepción. De Ortega el defecto que no he querido
tener nunca es una especie de recreo en la palabra. Se recrea
demasiado en la belleza de la palabra. Hay en él un interés
decorativo que a mí me interesa menos. Todos los ensayistas
han tenido influencias de Ortega, y yo doblemente... Aragorri,
entonces era muy joven, ahora es catedrático de metafísica en
la facultad, un buen día me llamó por teléfono (Ortega hacía
año y medio que había llegado a España) y me dijo: "Como sabes,
Ortega está en España, y ha leído tu libro Introducción a
la teoría poética. Quiere conocerte. Si estás dispuesto
a ello, me ha dicho que podría recibirte el martes a las 7 o
a las 7:30 en la Revista de Occidente." Y fui muy entusiasmado
a la tertulia de Ortega porque yo era un gran lector suyo, casi
me sabía de memoria los diez tomos de sus Obras completas,
y los retenía muy bien. (Me han formado como intelectual aunque
hay cosas que no me gustan nada, no porque no estén bien escritas,
sino porque no creo en ellas. España invertebrada, por
ejemplo, es un libro que cuando lo terminé dije: "¡Qué maravillosa
prosa, qué maravillosa capacidad de pensamiento tiene Ortega,
etc., y qué equivocado está en este libro, o en La deshumanización
del arte!" Ésos son sus dos libros que me parecen realmente
equivocados. El resto de su obra, los libros de verdadera filosofía
de Ortega, me parecen maravillosos.) Cuando terminamos la reunión,
le dije: "Usted decía que a partir de Mallarmé, en la metáfora
poética va separándose la semejanza; es decir, hay menos semejanza
cada vez más, y ahí hay un momento en que no hay control." Y
con muchos rodeos, para que no se sintiera molesto -y ahora
lo voy a decir rápidamente y con brutalidad, sin cortesía-,
le dije: "Si eso fuera verdad, que no hay control, entonces,
evidentemente los poetas del siglo XX están equivocados porque,
en efecto, se van separando más de lo que diría usted. Yo diría:
se van separando en que no hay semejanza objetiva. A eso le
llama usted que no hay control. Pero sí hay control y por eso
no podemos decir que estén equivocados todos los poetas del
siglo XX, y es el control emocional. Los dos términos tienen
una semejanza emocional, no objetiva." Me respondió Ortega:
"Si tienen semejanza emocional tienen que tener semejanza objetiva."
Y añadí: "La semejanza emocional puede tenerse sin tener semejanza
objetiva; las que se asemejan son las asociaciones no concientes
que tienen los dos términos. Son metáforas simbólicas, son auténticamente
símbolos de la irrealidad y, por tanto, no hay semejanza objetiva
pero sí hay semejanza emocional." Y me pidió, Ortega, que le
pusiera un ejemplo: "Le voy a poner un ejemplo para que no haya
problemas de contexto. Supongamos que es el primer verso de
un poema del siglo XX titulado "El gorrión" -el poema lo inventé
en aquel momento y se me ha quedado en la memoria-: "Un pajarillo
es como un arcoiris." Y entonces fíjese usted que no hay ninguna
semejanza objetiva, ni en el color, ni en la forma. Porque pajarillo,
en ese contexto, con un arcoiris, se asocia con lo inofensivo,
de manera no conciente. Lo inofensivo con niño, niño con inocencia.
Por otra parte, arcoiris se asocia con colores del arcoiris,
puros, como lavados, con inocencia. O sea, los dos términos
emiten una serie asociativa no conciente del mismo término.
Entonces se hace conciente, no el término, sino la emoción de
ese término. La emoción de inocencia." Ortega no me dijo nada.
Él era muy cortés. Él no me lo refutó. O supongo que es que
no contó con refutación. Evidentemente, no creo que tenga refutación
eso que dije. Me invitó a que fuera a la tertulia de la Revista
de Occidente cuando quisiera. No fui nunca por pereza y
no por ninguna otra razón. Yo le tenía admiración y se la sigo
teniendo. Por tanto, si yo no fuera tan perezoso, me hubiera
gustado ir. A mí me gustaba reunirme con mis amigos verdaderos.
Nunca he tenido muchos amigos porque no los he querido cultivar,
porque no he tenido tiempo para todo lo que tenía que hacer.
Tenía que trabajar mucho para mis cursos, aventuras; por tanto,
no podía dedicarme a esto. Quizá hubiera hecho muchos amigos
entre los contertulios de Ortega y hubiera sido muy interesante,
seguramente, porque a los amigos los conozco y ya sabes lo que
piensan sobre todo.
Pero tuvo amigos como Dámaso
Alonso, y con él hay anécdotas picantes.
Vicente Aleixandre y Dámaso fueron
amigos míos íntimos. Se querían mucho como personas, no sólo
como escritores; y Dámaso como escritor me parecía un grandísimo
prosista, ensayista. Como poeta dije que no me gustaba tanto,
gusta más a la gente que a mí. Mucha gente cree que Dámaso es
un gran poeta, a mí no me lo parece. Me parece un poeta, eso
sí. Él me decía: "A ti no te gusta mi poesía." Yo le decía -primero
lo trataba de usted, y luego de tú-: "Hombre, no diga eso."
Entonces le mentí porque no podía darle ese disgusto a una persona
que quería tanto, aunque tenga una tendencia a la sinceridad.
Ahora, las anécdotas son todas de tipo picante. Por ejemplo,
él, cuando bebía, tenía muchos deseos sexuales, y recuerdo que
estábamos con este poeta del 27, Pedro Garfias, en México, donde
él estaba exiliado, y empezamos a beber. A Dámaso le gustaba
mucho beber. No estaba alcoholizado, pero le gustaba beber.
Había bebido cuatro whiskys y de pronto llegó al sitio un señor
que era el Rector de la Universidad de Guanajuato. Por foto
debió haber conocido a Dámaso y, muy reverencioso, siglo XIX
-estábamos muy al siglo XIX con la cortesía reverencial en México-,
se dirigió a Dámaso y le dijo: "México se siente muy honrado
de su presencia, don Dámaso." A Dámaso lo primero que se le
ocurrió -había bebido ya bastante- fue decirle una décima. Dámaso
se retiró y a los pocos minutos trajo una décima muy graciosa,
muy divertida, a este señor. Seguimos bebiendo y el Rector hacía
como si bebiera, pero no bebía. Eran las 4 de la mañana y teníamos
que irnos. Entonces Dámaso le preguntó: "¿Dónde hay una buena
casa de putas?" El Rector le contestó: "Ha insultado usted a
las mujeres de Guanajuato, pero como es usted Dámaso Alonso
se lo disculpo." Dámaso volvió a dirigirse a él: "Déjese usted
de tonterías, y dígame: ¿Dónde hay una buena casa de putas?"
A Jorge Guillén no le agradó
que usted defendiera el criterio de que ni él ni Pedro Salinas
podían formar parte de la Generación del 27, atendiendo a sus
poéticas.
Salinas estaba muerto cuando yo
dije que no eran del 27. Por la fecha de nacimiento no lo son.
Yo acepto la cronología que ha hecho Ortega de la generación,
no por una cuestión de autoridad, sino porque se cumple exactamente.
Se cumple asombrosamente, porque uno piensa que esas cosas no
son de matemáticas, pero, al parecer, algo de matemáticas debe
haber ahí. Las mujeres son mujeres cuando tienen la regla, y
en el caso de los hombres hay cosas equitativas a ésas, no tan
llamativas y coloreadas, pero evidentemente en el hombre también.
En probabilística hay determinado número fijo en proporción
con la población que llega a los noventa y seis años. ¿Cuántos
son los centenarios? Pues es un número fijo en relación con
la población. De modo que hay una cierta motivación y, por ejemplo,
mi generación son todos los nacidos entre el 9 y el 23. Ángel
González nació en el 25. O sea, le llevo año y medio, y la crítica,
inocente de la teoría orteguiana de las generaciones, lo colocó
siempre en una generación distinta de la mía. Toda generación
que se deshace dura quince años, y uno evoluciona. Yo no evolucioné
hacia la mía sino a la tercera generación de posguerra. Vicente
Aleixandre se rejuveneció, primero estuvo un poco atrasado.
En el primer libro hizo poesía pura, en el segundo hizo poesía
surrealista, que es lo que le correspondía por su generación,
y luego se rejuveneció de nuevo. Primero se rejuveneció y se
identificó con la generación nueva de posguerra, con la mía,
y después se identificó con la tercera generación de posguerra.
Yo hice la poesía de mi generación y después la poesía que iba
a hacer, porque no la había hecho todavía, la generación de
posguerra. El sentido de la generación del 27 -esto no se ha
dicho- es la protesta contra una sociedad constituida por la
razón físico-matemática. Las naciones se convierten en una sociedad
represiva. La generación ataca la represión de la sociedad.
Guillén y Salinas aceptan la sociedad. No son del 27. Son los
más jóvenes de la generación de Juan Ramón, que había llevado
a efecto la poesía pura y, por supuesto, no son del 27. Esto
no quiere decir que sean mejores que los del 27. Seguro son
tan buenos como los mejores del 27 porque, naturalmente, como
dije en una clase, no ser del 27 no quiere decir ser malo. Lope
no era del 27, Góngora no era del 27, Quevedo tampoco era del
27, yo tampoco soy del 27, ni Pepe Hierro, ni Blas de Otero.
O sea, ser del 27 no quiere decir nada. Yo tengo la máxima estimación
por Guillén y Salinas, pero no son del 27. Es decir, no tienen
la visión del mundo del 27, que es proteger la vida, atacar
la sociedad represiva. Lorca, en La casa de Bernarda Alba;
Neruda, en su ataque a la ciudad como representación de la sociedad
en el "Walking around", pero no sólo en el "Walking around",
sino también en otros muchos poemas.
Con Juan Ramón mantuvo relación
epistolar.
Me escribió alguna carta. Juan
Ramón, según veía mis libros, lo que yo decía de él, cambiaba
de opinión. No me atrevería a decir que era el más grande poeta
del siglo XX, pero sí uno de los más grandes. Digo esto porque
el otro día he leído, de alguien que no fue poeta, que el mejor
poeta del siglo XX fue Juan Ramón Jiménez, y pensé: "¿Es esto
verdad?" A lo mejor es verdad. Yo no me atrevería a decirlo.
Una cosa así... Yo no diría ni que Aleixandre es el máximo ni
que Lorca es el máximo, ni Cernuda. Todos ellos son de una gran
altura y es muy difícil medirlos, ¿no?
Carlos Bousoño ha ganado casi
todos los premios posibles. ¿Qué reconocimiento más ambiciona?
Todo señor que escribe cree que
tiene el máximo talento. Porque si uno sigue escribiendo es
porque cree que tiene un nivel alto; si no, no escribiría. Pero
decir esto es vanidad. Yo soy una persona sincera. Diría que
mi poesía es buena. No me atrevo a decir más. ¿Qué es poesía?
¿Qué es poesía?... Tengo nombre, he ganado muchos premios, sí.
Yo no les doy mucha importancia a los premios, que conste. Porque
los premios son auténticamente loterías. Yo he tenido suerte
en los premios pero nunca me ha parecido que eso me colocaba
en tal sitio o tal otro. Ahora, en mi poesía, que creo en ella
es verdad. Los premios son una lotería entre unos cuantos que
se seleccionan. Por tanto, te lo pueden dar o no. O sea, podemos
decir: "a fulano, a fulano, a fulano, le dieron el Premio de
las Letras, el Príncipe de Asturias". Una lotería entre unos
cuantos.
¿Qué no debe faltar a un buen
poema?
Emoción. La emoción.
¿Y a un buen ensayo?
La inteligencia.
¿Cómo le gustaría que se evaluara
su literatura dentro de cien años o más?
Bueno, que se siguiera considerando,
que mi poesía haya valido la pena, que dentro de cien años se
piense lo que se podría pensar ahora: que merece la pena leerla.
En todos estos casos, si uno es sincero, resulta vanidoso; si
no es sincero, es hipócrita. Por eso contestar estas preguntas
es difícil. Uno se puede equivocar muchísimo. Uno quiere tener
una buena idea de sí mismo, porque no podremos vivir si no tenemos
una buena idea de nosotros mismos. Estamos forzados y, si somos
sinceros, somos vanidosos. ¿Qué diríamos de Cristo si no creyéramos
que era Dios? Que era un loco, que era un loco que se creía
Dios.