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La disciplina de la pobreza

Luis García Montero


Paré en la carretera,
y al salir de aquel bar deshabitado,
noté que me seguían.
La luz del coche ajeno se acercó
a la nuca indefensa de mi coche.
El policía de la incertidumbre
pudo esconderse a tiempo
en la cortina del atardecer.
Y detrás de la curva del pasado,
igual que la linterna de un minero
en el retrovisor,
aparecía y desaparecía
la huella del que estaba persiguiéndose.
Aceleré hasta hundirme
en la venganza de la noche,
mientras el lobo de las autopistas
buscaba soledad y luna llena
en los campos borrados,
en los cruces sin nadie,
en la ciudad sin nadie
borrada por la prisa.
Hubiera preferido detenerme
al llegar a mi casa,
abrir la puerta,
abandonarme al interrogatorio,
dejar que inspeccionaran las sombras de mi archivo,
que revolviesen los cajones.
Pero al estar allí pasé de largo,
doblé la esquina de Correos
y seguí la ciudad
para llevarme el coche
inevitable que me perseguía
a la espuma infectada,
al movimiento inútil de los amaneceres.
No soporté que nadie pudiera descubrir
tan limpio de sospechas el lugar donde vivo,
no soporté el registro que ya no encontrará
los nombres que buscaba, las citas y las
.........pruebas
de la conspiración.
No me acostumbro a ser inexistente.