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Luis Marré

La puerta solferina
Cleva Solís ha muerto.
Al margen
del Tiempo,
el Blanco y el Azul,
un ángel
de alas
levísimas
la dejó ante
la puerta solferina,
en Puentes Grandes, donde los Borrero.
.....Cleva Solís ha muerto.
Ya no siente la pesadumbre
indetenible de los años
–el Tiempo no existe.
.....Cleva Solís ha muerto.
Ahora estará escuchando qué susurra
Carlos Pío, qué calla
Julián, y mira
cómo arden las falenas
en el candil que sirve de modelo
para que Juana
dibuje.
.....Cleva Solís ha muerto.
La gran tatagua con ojos de buey,
la gran tatagua heraldo de la muerte,
se ha posado en la puerta solferina,
en Puentes Grandes, donde los Borrero.
La chair est triste, hélas! Et j’ai lu tous les livres.
S. Mallarmé
Alguien llega, retira la banqueta
bajo mis pies y caigo despertando:
nunca alcanzaré el último anaquel
donde yace tumbado, solitario,
con el lomo escamoso y unas manchas
de oro donde debiera estar el título.
Qué libro es éste, acaso el mismo libro
que el maestro de sexto me prohibía
tomar de aquel armario donde sólo
había textos escolares, una
gruesa Historia de España (cómo olía
–a exhumación– el pergamino añejo)
y arrumbado en el último anaquel,
tumbado como un animal enfermo
que no debo tocar, el libro solo.
Pregunto qué fue realidad, qué sueño
–conozco la respuesta: nadie sabe.
¿Dones? Hubimos dones; pero siento
que hice cosecha demasiado pobre:
la carne es triste –lo sé desde siempre–,
pero nunca, ¡ay!, habré alcanzado el libro
del último anaquel.

 

Un libro, el libro

La chair est triste, hélas! Et j’ai lu tous les livres.
S. Mallarmé

Alguien llega, retira la banqueta
bajo mis pies y caigo despertando:
nunca alcanzaré el último anaquel
donde yace tumbado, solitario,
con el lomo escamoso y unas manchas
de oro donde debiera estar el título.
Qué libro es éste, acaso el mismo libro
que el maestro de sexto me prohibía
tomar de aquel armario donde sólo
había textos escolares, una
gruesa Historia de España (cómo olía
–a exhumación– el pergamino añejo)
y arrumbado en el último anaquel,
tumbado como un animal enfermo
que no debo tocar, el libro solo.
Pregunto qué fue realidad, qué sueño
–conozco la respuesta: nadie sabe.
¿Dones? Hubimos dones; pero siento
que hice cosecha demasiado pobre:
la carne es triste –lo sé desde siempre–,
pero nunca, ¡ay!, habré alcanzado el libro
del último anaquel.