El valor de la diversidad*
Jorge Sanjinés
I
Un fenómeno que no deja de azorarnos es advertir la
asimetría entre desarrollo tecnológico y desarrollo
humano. Si el segundo estuviera a la par del primero, tendríamos
de lejos una sociedad extraordinaria. En el caudal de preguntas
que permanentemente nos hacemos buscando las causas de tan
grande desfase, que por cierto reconoce al capitalismo como
una de ellas, creo que identificaremos al individualismo como
el componente básico, y primigenio, producto de un
proceso de pensamiento y creencias heleno, judeo, cristianas,
que han conducido al mundo occidental a una situación
de autodestrucción alarmante. Ese gigantismo del YO,
santificado e institucionalizado por el sacrosanto derecho
a la propiedad privada, que ha convertido la noción
de libertad en la de libertinaje, y que ha privilegiado el
poder del dinero y la fuerza como únicas palancas válidas,
nos está llevando a pasos acelerados a la hecatombe
final. Hemos llegado al absurdo de que la más poderosa
potencia del mundo se instale cínicamente en la premisa
fatal, como alguien ya lo dijo, del «No importa que
la humanidad perezca, si el mercado funciona», porque
en los hechos está haciendo eso cuando propugna el
recalentamiento del planeta, oponiéndose a acuerdos
que podrían mitigar el proceso, cuando envenena los
océanos y depreda aceleradamente los bosques de los
países que domina, cuando se opone a la prohibición
de fabricar minas antipersonales, cuando altera la naturaleza
genéticamente y cuando succiona los recursos de las
naciones pobres, desatando tal miseria que a su vez contamina.
Esa soberbia, que también es soberbia racista, no les
permite comprender que procesos como la interculturalidad
y el mutuo respeto a las identidades son indispensables para
su propia sobrevivencia, para su propia salud colectiva, para
su propia felicidad, para su propia seguridad, en última
instancia. Imponer gustos, modas y tipos de consumo para fortalecer
su economía, para sostener su hegemonía y control
político y material, es sólo una opción
fatal y suicida a largo plazo. La poca sabiduría de
sus dirigentes, catapultados al poder por asqueantes mecanismos
de interés económico, les impide entender asuntos
básicos y cuando, en escasas oportunidades, son gentes
formadas, están amarrados de obsecuencia a quienes
les financiaron. Todo esto compone un cuadro aterrador no
sólo para ese enorme país, sino para la humanidad
entera, que se ve manipulada por semejantes concepciones de
una política brutal, estúpida y autodestructiva.
Los pueblos necesitan reciclar sus identidades, necesitan
renovar sus propias visiones entendiendo, admirando e inspirándose
en las demás identidades. No se trata, creo yo, sólo
de conservar lo propio, de ejecutar lo propio: se trata de
enriquecer en lo espiritual lo que somos como originalidad,
mirando a los demás. Porque cada pueblo, cada nación,
cada sociedad particular tiene algo propio trascendental,
algo que nos hace falta a todos, algo que ellos comprendieron
mejor pero que también pueden aprender de lo nuestro,
de nuestra experiencia en nuestro tiempo y en nuestro espacio.
En una entrevista reciente el investigador mexicano Javier
Esteinou analiza con atemorizada reserva el fenómeno
de la globalización y sostiene que es inútil
sustraerse como países a su influjo y gravitación.
Cree, sin embargo, en la posibilidad o tal vez en la necesidad
de protegerse haciendo hincapié en nuestras reservas
de cultura, identidad y humanidad que provienen del universo
indígena, que por siglos se ha mirado como la presencia
antihistórica, como la rémora que en muchos
de nuestros países nos impide ser plenamente modernos.
Yo vengo, justamente, de uno de los países latinoamericanos,
con mayor densidad de población indígena. En
Bolivia, junto a las dos grandes naciones aymara y quechua,
sobreviven unas treinta etnias distintas y menores en número,
que en total constituyen más del 60% de nuestra población.
Y entonces, esta presencia apabullante en su cantidad, no
deja lugar a dudas de que el futuro de mi país tiene
que ver con la articulación de ese destino colectivo
al que se sigue mirando como la Otredad, conflictiva, y no
como la posibilidad renovadora.
Las prácticas comunitarias, los numerosos mecanismos
de solidaridad y reciprocidad que han hecho posible la sobrevivencia
física y cultural de estos pueblos, las concepciones
democráticas del poder político no concentrado,
sino repartido en el seno del pueblo, sus notables conocimientos
sobre el manejo del medio ambiente y la relación de
reciprocidad con la naturaleza, el conocimiento profundo de
ésta, hacen de los pueblos y las culturas indígenas
los reservorios sociales estratégicos en la perspectiva
de resistir el embate globalizador y construir respuestas
liberadoras. Más aún cuando en este nuevo milenio
la lucha hegemónica se dará por el control del
agua, los recursos naturales, la biodiversidad, los germoplasmas
y otros factores naturales que aún son abundantes en
nuestros países. Curiosamente, somos ricos en nuestra
diversidad cultural y en nuestra biodiversidad; pero, paradójicamente,
lo somos de una manera perversa, porque no tenemos aún
desarrollada una verdadera conciencia de ese poder, mientras
que los que nos miran desde el Norte, sí lo saben.
Los indígenas han comenzado un nuevo ciclo de luchas
por la reivindicación de sus derechos en todo el continente,
desde México hasta el sur de Chile. La insurgencia
campesina indígena del Ecuador, la gesta zapatista
mexicana y la reedición del cerco a la ciudad de La
Paz, junto a los bloqueos camineros que pusieron de rodillas
a los actuales gobernantes, son claros ejemplos de que esos
movimientos contienen un poder de cambio muy importante. Corresponde
hoy a los intelectuales progresistas y revolucionarios desprenderse
de la ortodoxia ideológica y mirar con la atención
respetuosa y abierta a los pueblos originarios que han iniciado
una dinámica liberadora que se debe comprender y apoyar.
Ya no cabe el paternalismo ignorante que no ha hecho más
que retrasar ese proceso, sino la más exigente disciplina
para acompañar respetuosamente un fenómeno social
de inconmensurable valor social y poder revolucionario, al
que no se le ha conferido casi ninguna atención.
En México, los indígenas están reclamando,
con armas en la mano, su integración al Estado. Han
hecho conocer a la sociedad mexicana la razón inobjetable
de sus derechos, creando una conciencia nacional de su presencia,
en una sociedad en la que ellos no son mayoría. En
el Ecuador, país donde representan un porcentaje muy
alto, se han movilizado y han cambiado un gobierno, y, aunque
todavía no se proponen cambiar al Estado, ese paso
parece inevitable en una perspectiva de largo plazo.
En Bolivia, donde los indígenas son mayoría,
están interpelando al Estado excluyente y racista,
para preguntar con amenazante firmeza si esa nación
es hoy suficiente. Han logrado convulsionar la conciencia
de la sociedad civil urbana que hoy mira esa insurgencia desde
los recovecos de sus pecados históricos y desde la
inercia culposa del no reconocimiento de sus derechos. Y es
más, esas masas morenas están generando iniciativas
de carácter histórico, que han transformado
la realidad contemporánea boliviana al convertirse
en actores colectivos ineludibles, como lo señalan
los observadores más acuciosos.
Álvaro García Linera, un joven sociólogo
boliviano de comprometida trayectoria, analizando los últimos
acontecimientos escribe: «De manera abrupta, el parlamento
ha sido abandonado como escenario de influencia política
para dar paso a los cabildos, las asambleas y las marchas
como zonas de deliberación y definición de los
horizontes sociales. Por su parte, los partidos políticos,
ausentes de las grandes rebeliones del 2000 y derrotados por
ellas, no atinan más que a seguir hundiéndose
en la pequeña política del mezquino cálculo
del cuoteo de las arcas públicas. La gran política,
la de proyectos de acción colectiva, reformas estatales,
nuevos modos de gestión económica, formas de
representación política, en cambio, aunque de
manera desordenada, viene siendo asumida por la sociedad plebeya
e indígena, revitalizada, que pareciera querer recuperar
la gestión de su porvenir. Hay, no cabe duda, nuevos
actores y nuevas estructuras organizativas con influencia
en los destinos estatales que hoy están comenzando
a concentrar fuerza social con efecto estatal y, ante todo,
legitimidad para introducir paso a paso otras formas de comportamiento
y de participación política (asambleísticas,
democracia indígena) diferentes y hasta contrapuestas
a la de la insípida votación electoral.»
Es curioso advertir que, probablemente como efecto del fenómeno
de la globalización de la economía, la lectura
del reconocimiento de la Identidad de las mayorías,
como advierte el mismo García Linera, es hoy un discurso
de moda entre los intelectuales europeos y norteamericanos
contemporáneos. Creo yo que ese fenómeno atomizador
de identidades que es la globalización, pone al descubierto
los peligros de sumir a la civilización, y a la humanidad,
por ende, en la soledad de la uniformidad, que es sólo
un lugar para la esterilidad creativa. Muchos intelectuales
lúcidos de esos países gravitantes están
comprendiendo el gran peligro de un mundo sin diversidad cultural,
y están mirando a los países sometidos y sus
culturas con nuevos ojos.
II
Si un artesano de la ciudad de Oruro, en Bolivia, dedicado
a la confección de máscaras de diablo para la
fiesta del carnaval hace una, tendrá que hacerla, sin
pensar ni siquiera en ello, bajo dos parámetros claves,
a saber: la tradición que 1o ha formado y la identidad
cultural a la que pertenece. Su máscara, si es orureño,
será una típica máscara de la tradición
mascarera orureña y llevará el sello inconfundible
de la compleja cultura indo-mestiza andina.
En el prodigioso acto de confeccionar la máscara se
agolparán en su mirada y en sus manos diestras, la
poderosa memoria colectiva de su pueblo, el estilo de sus
ancestros, el espíritu de su cultura. Cada trazo que
ejecute, cada forma que diseñe, cada color que elija,
cada detalle que sume, todo, absolutamente todo lo que haga
en esa máscara estará insuflado por el alma
de la Identidad.
Ese mascarero que hace su trabajo con placer, con deleitación,
con orgullo, no necesita imitar a otro mascarero. Por el contrario,
es posible que en cada nueva máscara añada algo
nuevo propio, original. Y tal vez logre superar a su padre,
gran mascarero reconocido por la tradición, o sea,
tal vez, mejor que su abuelo, célebre mascarero de
antaño. Porque él sabe trabajar, domina los
colores que va a utilizar, conoce los secretos para lograr
determinados colores, para conseguir especiales brillos. Entiende
a la perfección el significado de los símbolos
que va a colocar. Y, todo ello, sin faltar a la tradición,
estará, a su vez, librando a su propio genio y talento
para hacer una máscara típica, auténticamente
orureña y que se insertará entre las decenas
o cientos de máscaras orureñas de otros artesanos,
hechas para ese nuevo carnaval, y, sin embargo, será
una mascara única.
Esa bella máscara diablesca, confeccionada para ser
bailada, festejada y ritualizada, representará un sin
fin de cosas, contendrá un significado preciso para
su sociedad participante, se insertará en un conjunto
de representaciones que todos entienden, que todos comparten,
y estará allí para continuar la vida, para afirmar
la identidad de su pueblo, de las gentes de su sociedad que
necesitan decirse a sí mismos y decirles a los demás:
¡Esto soy yo!
En esa afirmación está presente la necesidad
sicológica colectiva de seguir existiendo, de continuar
probando que se pertenece a una colectividad, a una región,
a una nación. Y este fenómeno, que no tiene
nada de extraño, que es propio de todos los pueblos,
resulta sustancial, ineludible e insustituible para continuar
siendo primeramente ente colectivo y luego unidad que pertenece,
porque en ello radica una salud sicológica colectiva
fundamental. Ninguna nación puede existir armoniosamente,
sin identidad propia, sin cultura propia. Ningún hombre
puede vivir normalmente sin saber quién es.
Toda esa riqueza identificatoria, construida en el largo proceso
de la formación de una identidad cultural que es andamiaje
ineludible para constituir el espíritu sano de una
colectividad humana, la base constituyente de toda nación,
se ve en peligro con el fenómeno despersonalizador,
desidentificatorio de la globalización. Y no es que
aquí estemos abogando por la sobrevivencia de los nacionalismos
a ultranza. Nos parece importante que la humanidad pueda soñar
la paz de la aldea global, nos parece valioso que podamos
borrar fronteras y sentirnos todos marineros del mismo barco,
habitantes hermanados del mismo planeta, sin regionalismos,
sin odios interétnicos, sin diferenciaciones raciales,
porque si de esa globalización se tratara no tendríamos
más que alegrarnos y enorgullecernos de la madurez
de nuestra época. Pienso que mirando el futuro con
optimismo podríamos avisorar una maravilla tal. Y creo
que es muy importante aprovechar los instrumentos tecnológicos
ya existentes en la informática, para utilizarlos en
busca de una respuesta globalizada que nos conduzca, cada
vez mejor, a una sociedad global sin barreras separatistas
ni económicas ni políticas. De acuerdo.
Lo que sostenemos es que esa misma sociedad global a la que
puede con derecho apirar la humanidad entera, será
mucho mas pródiga y feliz si cada nación, si
cada cultura conserva su propia identidad, si a partir de
esa su peculiar manera de existir y crear, hace más
profunda y valiosa a la humanidad en su conjunto. Como hoy
todavía ocurre, al admirar las otras culturas y aprender
de sus sabidurías, nos mejoramos todos, porque cada
pueblo conoce y maneja mejor que nadie su propio medio, su
propia realidad y para el conjunto puede darnos claves que
con una cultura uniformada jamás serían capturadas.
El gravísimo peligro que hoy acecha a la sociedad,
que se ha puesto en marcha con la globalización económica,
de la que se ven libres sólo algunas naciones no dependientes,
consiste, a mi modo de ver, en el proceso desidentificatorio,
que en algunos sectores poblacionales está avanzado.
La primera ruptura es la falta de convencimiento del valor
de lo propio. Ese progresivo descreimiento en las posibilidades
de la propia cultura ocurre como consecuencia del avasallamiento
cultural tecno-mediático, y acaba por engendrar el
autodesprecio y preparar las condiciones para la violencia
y la corrupción. La máscara del nuevo mascarero
no responderá más a ninguna tradición,
estará vacía de contenidos significantes y sólo
existirá para ser vendida. El mascarero mismo está
vaciado, y su sicología, que habrá perdido las
coordenadas de la integración social, estará
indefensa, podrá ser arrastrada a la violencia y a
la autodisolución.
Por eso pienso que en esta hora crucial para nuestros pueblos
agredidos por las citadas políticas de invasión
cultural uniformadora, nuestros pueblos indígenas se
constituyen en protagonistas de enorme potencial histórico,
porque sus movilizaciones contienen la fuerza de la identidad
cultural colectiva que se presenta como el lugar privilegiado
para resistir, porque sus tradiciones sociales comunales de
solidaridad y reciprocidad, son espacios de convivencia revolucionaria,
porque sus ideas de propiedad son opuestas a las ideas de
propiedad privada occidental, porque sus prácticas
del poder político democrático son esenciales.
Yo sostengo que los indígenas, en nuestros países
que cuentan con su presencia y en los que han comenzado a
movilizarse, son una fuerza estratégica revolucionaria.
No sólo porque sus apetencias históricas tienden
hacia la transformación de la sociedad capitalista
marginadora, explotadora y alienadora, sino porque sus contenidos
culturales son asimismo fuentes prodigiosas de inspiración
revolucionaria.
Esa diversidad es sana para todos, esa diversidad, nuestras
diversidades, son el verdadero recurso para la sobrevivencia
cultural y el desarrollo económico ordenado. Creo que
deberíamos mirar la múltiple diversidad cultural
latinoamericana como una fuerza liberadora, como un baluarte
de resistencia cultural y también económica,
baluarte decisivo para enfrentar la creciente agresión
cultural despersonalizadora que persigue sólo márgenes
de ganancia monetaria mayores y, por cierto, mayor influencia
política para garantizar sus beneficios económicos,
que nos hacen más pobres, dependientes y alienados.
Evidentemente es tarea de sociólogos y otros científicos
sociales establecer los alcances del fenómeno de la
nueva insurgencia a la cual me refiero. Tal vez la profunda
admiración y el respeto que personalmente siento por
las culturas indígenas hayan saturado de exagerada
emotividad mis reflexiones. Pero sí estoy seguro de
que esa presencia emergente nos desafía a todos a pensarla
de nueva manera.