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Rambo y Bush

Abel Prieto

En estas notas que voy a leer y a comentar, he intentado hacer un análisis de los tres discursos de Bush específicamente desde el punto de vista de la cultura, y quiero empezar recordando que todos los imperios, a lo largo de la historia, se han presentado como portadores de los principios y los valores de la civilización y han acusado de bárbaros a los pueblos ocupados y sojuzgados y a los pueblos rebeldes. Por supuesto, después del 11 de septiembre y en medio de la histeria y de la desenfrenada retórica guerrerista, los medios de difusión al servicio del Imperio han reiterado de un modo u otro que los yanquis y sus aliados representan la civilización y que sus enemigos reales o imaginados representan el polo contrario: es decir, la barbarie.

Este mecanismo ideológico, que es realmente muy antiguo, ha estado destinado a justificar la conquista y la dominación, y ahora reaparece explícitamente, una vez más, en el discurso de Bush en West Point.

Me interesa destacar cómo esta filosofía imperial y fascistoide que empleó Bush en ese discurso, está presente verdaderamente, y con mucha fuerza, en la llamada industria del entretenimiento norteamericana, es decir, en toda esa gran maquinaria de fabricar películas, series televisivas, dibujos animados y otros materiales audiovisuales, además de discos, libros, revistas, juegos electrónicos, espectáculos, etcétera, y que hoy llega a todas partes y daña las culturas nacionales y lo inunda todo con productos mediocres y mensajes seudoculturales.

Esa «América» todopoderosa, invocada por el presidente Bush en West Point, esa «América» líder de las naciones civilizadas, que decide dónde está el bien y dónde el mal, que trata de imponer un modelo único al resto del mundo y sobre todo a los pueblos que considera inferiores y bárbaros, está presente como una referencia fundamental en toda una gran zona de esa industria del entretenimiento, y ha dado lugar al surgimiento de personajes y fetiches con signos visiblemente fascistas, como el caso célebre de Rambo, el personaje central de varias películas famosas, muy taquilleras, producidas en los 80, y de otros superhéroes yanquis, sobre todo en el ámbito del cine comercial hollywoodense.

Hay muchos elementos en esa industria que se relacionan con el fascismo: el énfasis en la ley del más fuerte y en la violencia; el culto a las armas; incluso a las armas vistas como algo bello y disfrutable, el uso de la muerte y de la destrucción como fuente de goce estético; el racismo más o menos evidente contra el negro, el latino, el árabe, el asiático, o sea, contra todas las razas que habitan el tercer mundo; la demolición sistemática de la inteligencia en el espectador, de la memoria, del sentido histórico, y la promoción, en cambio, de fanatismos e impulsos irracionales; la exaltación del superman blanco y anglosajón; la glorificación del Imperio, del más barato patrioterismo, del modo de vida yanqui y del papel mesiánico que les corresponde a los Estados Unidos por sobre el resto de la humanidad como los «buenos», como los defensores del «bien» y como los defensores de la «civilización» frente a «los malos», frente a los representantes de la «barbarie».

Esa industria del entretenimiento pudiera llegar a ser, para este agresivo y fascistoide Imperio yanqui posterior al 11 de septiembre, un equivalente de lo que fueron para el Tercer Reich las campañas de Goebbels, el célebre ministro de Propaganda e Información de Hitler.

El hecho es que hay mucha gente en el mundo que hoy recibe cotidianamente y en total indefensión toda esa avalancha seudocultural y todos esos mensajes tan reaccionarios y desmovilizadores. Cuba está, por supuesto, mucho mejor preparada que cualquier otro país para resistir esa avalancha, y lo estará cada día más con la multiplicación de nuestros empeños en los campos de la educación y la cultura.

Y este punto tiene que ver con uno de los conceptos repetidos obsesivamente en estos discursos de Bush, el concepto de libertad. Para él, no es más que otra palabra hueca, una de las que dice habitualmente. Para nosotros, sin embargo, se trata de un concepto esencial, de un concepto sagrado que está en la base de todo lo que en Cuba hemos construido y que en Martí y en Fidel se vincula indisolublemente con la cultura, con la capacidad real de los individuos y de los pueblos para escoger, para juzgar, para construirse un destino.

Un pueblo de analfabetos o semianalfabetos, o de gente idiotizada ante la televisión y mutilada en sus capacidades intelectuales, no podrá ser jamás un pueblo libre.

 Hoy en Cuba trabajamos, como muchos compañeros han recordado aquí, en prepararnos, en preparar a nuestro pueblo para que ningún tipo de demagogia lo confunda, para que esté siempre vacunado contra las campañas goebbelsianas, contra la mentira, contra la hipnosis, contra la manipulación.

Habría que recordar además, como lo hizo Miguel Barnet, que la obra cultural revolucionaria, la cultura crecida entre nosotros gracias al socialismo, es una manifestación muy relevante de la más honda, de la más radical democracia.

Si se va a hablar de libertad, si se va a hablar de democracia y si se va a hablar de derechos humanos, habría que recordarle al presidente Bush la obra de la Revolución y del socialismo en la cultura, obra encaminada siempre al ser humano y concebida desde su origen para el crecimiento espiritual del ser humano, nunca para su envilecimiento, nunca para convertirlo en una criatura consumista, en un pequeño robot, nunca para que se mutilen sus capacidades.

Voy a mencionar algunos ejemplos: la creación de una industria editorial, la creación de un sistema de enseñanza artística, de una red de museos, bibliotecas, casas de cultura y otras instituciones, de una red que ha llegado a todos los municipios del país, es decir, una obra basada en la masiva diseminación del arte a través de galerías, teatros, salas de video. Uno se pregunta si puede haber algo más democrático que un sistema de enseñanza artística que no permite que se pierda un solo talento, y si puede haber algo más democrático que una feria del libro como la que hicimos este año y que mencionó hoy un compañero de la Federación Estudiantil Universitaria.

Si el fascismo tiende por su misma esencia a fomentar el nacionalismo mesiánico y a formar fanáticos, en Cuba no le dijimos al pueblo CREE sino LEE, y el pueblo ha leído y lee más cada día, y es un hecho indiscutible que la cultura se ha convertido entre nosotros en patrimonio real de toda la población, y no sólo la cultura cubana: estamos trabajando también por poner al alcance de todos lo mejor de la cultura universal, como dijo ese mismo compañero de la FEU, y en ese patrimonio incluimos la auténtica y rica cultura norteamericana, un legado que, según muchos testimonios, le resulta particularmente ajeno al presidente Bush, cuyas referencias culturales, por lo que parece, no van más allá de las aventuras de Rambo y de otros subproductos del mismo corte.

También quiero recordar, a propósito de Bush, una de las expresiones más auténticas y originales de nuestra democracia en el campo de la cultura: esos congresos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la Asociación Hermanos Saíz, organizaciones que representan a nuestra sociedad civil, a la verdadera sociedad civil cubana, donde nuestros mejores escritores y artistas discuten de política cultural con Fidel y con la dirección del Partido y del Gobierno, y transforman, revisan y rediseñan continuamente esa política.

Habría que preguntarse si hay algún otro país del mundo donde se diseñe la política cultural con la participación directa y decisiva de los creadores. Obviamente, jamás ha ocurrido nada parecido a esto en los Estados Unidos, donde predomina esa industria del entretenimiento a la que me he estado refiriendo, que es tan poderosa e influyente como enemiga de la auténtica cultura y de los auténticos talentos, y donde las transnacionales, el mercado, el dinero, imponen sin piedad las jerarquías artísticas. Ésa es la realidad de lo que pasa en el mercado cultural norteamericano.

Aquí habría que hacer un paréntesis para comentar algo que me ha llegado de artistas y escritores norteamericanos; se hacen muchos chistes sobre la ignorancia verdaderamente antológica del presidente Bush y sobre su incapacidad para organizar las ideas más elementales. Es enorme, según parece, su impopularidad entre los hombres y mujeres de la cultura. Después del 11 de septiembre, es posible que esos chistes sean también acusados de antipatrióticos, porque, como ya comentó Roberto Fernández Retamar, Bush y su cúpula gobernante han pretendido crear una atmósfera macartista de represión al libre pensamiento y acusar de complicidad con el terrorismo y de falta de patriotismo a todo el que se oponga a la guerra y a la línea oficial del Imperio.

Quizás si el presidente Bush se decidiera a hacer reformas y a democratizar el sistema político de su país, podría intentar reunirse con los escritores y artistas norteamericanos y tocar con ellos algunos de los temas de los que discutimos a menudo aquí en Cuba con profundidad. Aunque, realmente, no es fácil imaginar esa reunión. Bush se sentiría sin duda fuera de ambiente entre personas que ejercitan la inteligencia.

Donde sí evidentemente se sintió cómodo Bush y donde se decide a teorizar y hasta a hablar de trincheras de ideas es con sus aliados terroristas de Miami. Ese público al que Bush le habló, el 20 de mayo, de libertad y democracia, y ante el cual se atrevió a citar a Martí y a mencionar a Varela, a Maceo, a Gómez, sin saber realmente a quiénes se estaba refiriendo, ese público, repito, es la misma gente anticultural y bárbara que ha tratado de impedir por medios violentos la presencia de nuestros artistas en Miami, y que ha colocado bombas en galerías, teatros y otros lugares de presentaciones artísticas, la misma gente que organizó y pagó a la turba que trató de boicotear un concierto de los Van Van y que pagó además a un veterano de la brigada 2506 para que quemara públicamente un cuadro de Mendive en un acto típicamente fascista. Fue esa gente (no lo olvidemos) la que cubrió con la bandera norteamericana al niño secuestrado disfrazándolo de manera grotesca con los símbolos de la seudocultura yanqui. Ése fue, digamos, el auditorio y el contexto cultural que escogió Bush el 20 de mayo para lanzar su iniciativa para la Cuba nueva.

Resulta obvio, por último, que si fuéramos a aplicar el viejo esquema que opone civilización y barbarie al enfrentamiento entre el gran imperio con todo su poderío económico y tecnológico, de un lado, y la pequeña Cuba bloqueada, del otro, habría que llegar de inmediato a la conclusión, sin ninguna duda, que de nuestro lado, del lado de este pueblo que protagoniza hoy una nueva revolución educacional sin precedentes, están la civilización, la inteligencia, la cultura, la eticidad y lo mejor y más perdurable de lo creado por el espíritu humano; mientras que del otro lado, del lado del emperador Bush y de los terroristas y anexionistas de Miami, quedarían la soberbia ciega, la estupidez, la fuerza bruta, la negación de la cultura y del humanismo, el fraude, la mentira, el fascismo, la barbarie. Creo, por otra parte, que Bush tiene razón cuando profetiza que los muros mas sólidos de la opresión no podrán resistir la fuerza del conocimiento y de la verdad. En esto podríamos coincidir con él. Estamos seguros, efectivamente, de que los muros opresivos de ese bárbaro Imperio terminarán por ceder frente al embate de las voces dignas que en todo el mundo y en los propios Estados Unidos se sumarán a la voz de Cuba para detener a este nuevo fascismo. Inevitablemente, reacciones como las que mencionó Roberto se multiplicarán y tomarán fuerza. Él habló de un llamamiento firmado por algunos de los más importantes pensadores norteamericanos, y precisamente en el día de ayer un cable reportaba las declaraciones de Jody Williams, Premio Nobel de la Paz, quien denunciaba que los opositores a la violencia tras los atentados del 11 de septiembre habían sido «marginados» y afirmaba, con un sentido profético, ella también, «que todos los países basados en su fuerza militar al final han caído». Cuba, con procesos como los que hemos vivido en estos días y con todos los argumentos que se han dado en esta propia asamblea, puede hacer y de hecho está haciendo contribuciones importantísimas a la movilización de la conciencia mundial acerca del peligro de este Cuarto Reich, y podemos estar seguros de que se creará un frente antifascista internacional y Cuba será una referencia imprescindible para todos los hombres y mujeres honestos de este planeta que se opongan al avance de esas fuerzas oscuras.

Bush nos habla del futuro de Cuba y todos sabemos (como se ha puesto de manifiesto aquí) que nos está hablando del pasado. La Cuba nueva que nos promete y propone Bush pertenece al pasado. El gigante Rambo tiene el alma y la cabeza huecas y los pies de barro y pertenece al pasado. Rambo y Bush y su Imperio y todo su sistema y toda su barbarie pertenecen al pasado. El futuro es de este pueblo, de sus ideas, de las ideas de Martí y de Fidel, de la cultura auténtica, de la solidaridad, del socialismo.