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P.L. Homero de Sade

Ernesto Pérez Chang

Esta es la crónica sobre el ilustre plagiario Henry de Sade. Es una historia muy simple, aunque más que una historia parecerá un pretexto, pero como se me ha negado revelar el verdadero inicio, la comenzaré así:

Saben muy pocos que ya entrado en los veinte años, Henry de Sade, penúltimo descendiente del Marqués de Sade, nada tenía que ver con los asuntos de literatosa culturería y, que ya cumplidos los treinta, podía encontrársele en cualquier esquina, acabado de ascender de una alcantarilla, blandiendo destupidores, merucos y zapatillas o, milagrosamente en la superficie, junto a tragantes tupidos, sifas y vertederos, en aguados lances de plomería casera o, cuando escaseaban los clientes, pregonando las regalías de precios de ciertos trabajos difíciles como cambiar un viejo inodoro de cerámica por otro mucho más antiguo esculpido por el mismísimo Benvenuto Cellini, en mármol rosa y jaspe o, en dependencia de la oferta financiera, empujar con los dedos hacia la cloaca excrecencias majaderas que, a pesar de los esfuerzos del aluvión de ácidos y escobillas que resbalaban abrasivos por los bordes de la taza de baño, bloqueaban pertinaces la salida de otras futuras deyecciones intestinales del cliente. «¡Oh, fooo!, ¡oh, fooo!», exclamaba fatigado aquel doctor en desagües y tuberales cuando algo amenazaba con embrollarle el asunto y debía descender a la alcantarilla municipal en la cual de norte a sur y de sur a norte, de este a oeste y viceversa, bullía el tráfico hasta el embotellamiento si daba la infeliz coincidencia de que ciento veinte obstinados cagaletes anónimos descargaban los inodoros al unísono.

Buenas duchas debió darse el plomero sumido en tales misiones en los aljibes tras un escape de agua en un conducto perforado por una rata hambrienta. ¡Qué ríos cual Amazonas de orines, sangres, escupitajos y evacuaciones en todas las tonalidades y texturas del ocre! ¡Qué marea de papeles sanitarios, condones, fetos recién abortados, descuartizamientos, dedos y extremidades amputadas, tumores cercenados, cadáveres de gatos y perros! ¡Cuánta basura debió contemplar con estoicismo mientras cumplía su mal remunerado martirologio cloacal! Pero no todo eran penas, gracias a que la corriente subterránea arrastraba casi todo tipo de rarezas, Henry de Sade pudo cambiar la mala suerte cuando cierto día –¡lotería!– entre desecho y pertrecho, pasó un papelito que alguien, después de una limpieza anal esmerada, dejó caer en el torbellino de su letrina recién utilizada.

Era costumbre muy insana la de Henry de Sade aquélla de jugar a las adivinanzas con las cosas que conducía el fluido suburbano hacia el mar. Por ejemplo, si en franco peritaje desmenuzaba un blando romboide carmelita, en un abrir y cerrar de ojos podía determinar, por los olores y por no digeridas menudencias enmadejadas, qué alimentos y bebidas se habían combinado para dar existencia a tan humana bosta. Por ejemplo –y esto devino toda una ciencia del excremento–, si carnes con arroz y frijoles, el olor era fuerte y el color amarillo intenso con vetas de verdín y salmón; si vegetales cocidos con bacon, la materia resultaba esponjosa al tacto y era común que estuviera forrada en flemas suaves y se deshacía sólo de querer atraparla con un palo o destupidor. Cuando la suerte del descargue hacia la cloaca envolvía a los romboides en el papel sanitario de compañía en el momento en que fueron botados al agua, podía asegurarle a cualquiera, sin mucha dificultad, si el bolete pertenecía a un esquimal (estos frecuentemente navegaban cubiertos de hojaldres de hielo), a un kurdo, a un monje tibetano, a un vikingo o a un talibán, el secreto radicaba en el conocimiento de las distintas marcas de papel sanitario que se comercializan en el mercado mundial. Si resultaba que en vez de papel, el romboide flotaba por el Báratro envuelto en pulpa, gelatina, trapo, soga, cartulina, lija, hojas de plátano o cuchillas de afeitar, la identificación del posible propietario se tornaba mucho más específica, porque, si envuelto en telas, era evidente que había sido expulsado por un modisto o una costurera cuando no por una momia egipcia; si envuelto en papel periódico, con seguridad tenía encima las nalgas de un periodista o un jubilado; si un trozo de lija, cagaba pues un carpintero o un albañil; si el cabo de una vela o la mecha de un farol, adivinaba a un cura o a un excéntrico; si un casquillo de bala o una culata de fusil, sin duda se trataba de un militar en campaña o de un suicida que no pudo aguantar los finidigestivos deseos antes de perforarse los sesos; si un pollito amarillo y calientito, entonces, con seguridad, defecaban Gargantúa y Pantagruel, y eso sí que era un problema grave para conductos tan estrechos.

Con tales augurios, el trabajo, que de otra forma le habría resultado lo suficientemente detestable, se convirtió en un juego que tornó pasajeras y tolerables las horas crueles de labor escatológica. De ese modo singular, Henry de Sade se divertía, retozaba con el mundo reflotado, con las emergencias casuales que la fuerza del destino arrojaba en sus manos entre graciosos cucarachones cosquilleantes y blandengues gusanos de albaquía.

Un día como otro cualquiera, el plomero sumergió las manos en las aguas turbias, cual si se tratara de una rifa de bombo, y extrajo un papel, que le hizo pensar en que el momento de un cambio radical en su vida tan profunda había llegado.

¿Un simple papel? Te preguntarás por qué el mero hallazgo de un trozo de papel entre tanta materia navegando, pudo alentar la idea de un cambio en la vida de nuestro plomero. Lo entenderás cuando te diga que, al recogerlo, tuvo el impulso de arrojarlo nuevamente pues ya abierto no encontró un buen romboide ocre al cual hacerle la disección, pero ciertas letras hipercapitales y negras, impresas en la hoja, le hicieron reparar en las dádivas monetarias de un anuncio que le invitaba a participar en un CONCURSO DE LITERATURA.

«¡Literatura? ¿Y qué es eso?», dirigió la pregunta a una rata pelona que practicaba equilibrismo dando pasos cortos sobre una tubería oxidada que emergía del agua. La rata se paseó varias veces de un extremo a otro del tubo, y al ver que el plomero pretendía ayudarla a alcanzar las paredes con el destupidor, prefirió –por desconfianza hacia el intruso– lanzarse al agua entre chillidos de una agudeza irritante: «¡Vaya locos!» Aún así, el plomero sospechó que en el papel se ocultaba la esperanza de un cambio y, terminada su jornada, decidió subir a la superficie, al mundo exterior. Quitó la tapa de la alcantarilla, esperó que pasaran dos o tres carros que hubiesen podido aplastarle la cabeza y cuando la calle estuvo despejada salió contento, saltarín y tarareante con su papel pintarrajeado de ocres pestilencias, entre las manos.

Al llegar a su casa, aún sin eliminar las suciedades, extendió el papel sobre una toalla, y lo secó al calor de una plancha para dárselo a leer a su vecino, cierto literato que solía saber sobre muchas cosas menos de plomería porque sobradas veces Henry de Sade había tenido que auxiliarlo en arreglos de rutina: cambios de zapatillas a un grifo, un empalme de tubería y otras menudencias de hogar. Por tales razones, sin reparos, le ayudaría a entender cómo podía ser realidad aquello de que sólo por diez cuartillas escritas a máquina (¿Máquinas para destupir letrinas, acaso es posible escribir con un destupidor tal y como se escribe con un lápiz? ¿Máquinas de coser? ¿Será posible dibujar letras con una aguja mecánica? ¿Aceptarán diez cuartillas escritas a máquina de afeitar, o de moler? ¿Introduzco diez cuartillas y les envío las tiras que salgan?), ¡por sólo diez cuartillas escritas a máquina!, ni más ni menos, ¿me entregarán unos tres mil o cuatro mil pesos, es decir, el pago equivalente por el montaje de unos cien inodoros japoneses, o el despeje de unas doscientas letrinas atestadas de mierda? ¡Cómo será posible tal absurdo? «¡A ver, dígame usted?»

«El problema», le aclaró el vecino con muchas dificultades pues no se hacía entender por aquel en constantes homologaciones con la tarifa de precios de su oficio, «no son los diez papeles ni mucho menos la facilidad con que usted pesca a diez mil leguas de viaje submarino, allá en ese laberinto de cloacas. El problema es la escritura, señor. ¿Acaso sabe usted escribir?» Y como la pregunta resultó en extremo ofensiva, un abuso de aquel poco agradecido que se ha creído superior a mí, y como, además, ya entendía, más o menos, que el asunto estaba en cubrir los espacios vacíos de la hoja con una buena sopa de letras a la que denominaría «cuento», para evitar ciertos equívocos, ¡qué fácil negocio!, sólo tendría que recolectar diez papeles en blanco, cubrirlos de tonterías fabuleras y de papalotazos cuentosos para enviarlas y, sin apuros, sentarse a esperar los resultados.

«¡Pero qué poca imaginación tengo!, ¿cómo es posible?» El plomero había descubierto su fracaso como escritor al sentarse frente al papel y comprobar que por más que intentaba decir, aquella maldita cuartilla no quería aguantar, y por más que la obligaba a sostener, la hoja se empeñaba en borrar y pues como la trifulca se convertía en una batalla de testarudos, Henry de Sade dio un puñetazo contra la mesa, y la hoja, en fuga, le sacó la lengua y dicen que mientras corría para ponerse a salvo, le gritó con enfado «¡imbécile!» (se trataba de papel francés) por violador de castas cuartillas. Pero el ofendido, no dispuesto a claudicar, aunque renunciando a violentar inmaculadas palideces, apeló a los sortilegios virgilianos, echó mano a dos o tres libros que encontró en el baño de una biblioteca pública y, con los ojos cerrados, colocó su fortuna en manos del implacable tin marín, puso una uña resolutoria, apodíctica, deliberante, la uña pivote de su vida oscura, entre las páginas de uno de los tomos, y lo que ocurrió allí, creo que lo puedes imaginar, pues por algo te he dicho al inicio que esta es la crónica sobre un plagiario.

Un plagiario como los ha habido siempre en todas las épocas. Lo particular es que a los pocos meses, la historia de un plomero desconocido, genio cosechado en las sombras, se convirtió, al ser ¡premiado!, en la admiración del gremio literatoso de cierta literatosa comarca.

Para que puedas hacerte una idea de cuán grande fue el éxito del plagiario, te contaré que lo llamaron para más de quince entrevistas en la radio y que le dedicaron nueve programas en la televisión. Extrañado de hallarse, por un suceso trivial, en lugares tan aparatosos, cuando cierto periodista le pidió que le comentara sobre la génesis (¿ginecoqué?) de la obra premiada o que esbozara brevemente (atiende al coordinador) su concepto de literatura o que emitiese sus juicios (¿a quién debía acusar?) sobre la actual narrativa (a mí sólo me importa el narrador deportivo, y sólo algunas veces), Henry de Sade, como si le estuviesen hablando en cantonés o en papiamento, lanzó curvas en un jejé jijí y se enfiló por meandros que aturdieron al preguntón, dudoso de si se hallaba frente a un necio o si era la víctima de un genio de helada crueldad. Y como el plagiario concluyó sus gestos con devaneos sobre cómo sumergirse en alcantarillas congestionadas, o en el tanteo de los enigmas de las cosas que arrastran las corrientes subterráneas, sobre cómo en la exploración minuciosa del producto interior de los seres humanos, sus despojos y sus fragmentos, estaba la clave del éxito futuro, de la supervivencia humana; quienes lo entrevistaban, incapaces de revelar plagio tan poco evidente: nuestro plomero se había esforzado en seleccionar algo tan desconocido como El escarabajo de oro, de un tal Poe, sazonado con ciertos recortes y personales adiciones que le parecieron prudentes, concluían, desde la inmovilidad del aplastamiento, desde el asombro de haber logrado reportar quizás el nacimiento de una estrella, que aquél sin penas ni vergüenzas frente a las cámaras, aquel que entre reflexiones, introspecciones, análisis y alumbramientos intercalaba un chiste sobre cuál era el método más eficaz para destupir bañeras y lavamanos, sobre cómo debíamos introducir nuestras manos delicadas y con olor a Oscar de la Renta en el excusado para así poder destrabar ciertos detestables abandonos; aquél, apuntaban llenos de idolatría, fanfarria y espectáculo, era posiblemente un Chaplin, un Einstein, un Mozart, un Faulkner, un Wilde, un Shakespeare, un Cervantes, un Aristóteles, un Da Vinci, porque sólo un superdotado, una virtud semejante podía pasar así como así –como líquido entre vasos comunicantes, como orine por vejiga–, desde lo más culto a lo más populachero, y advertían al mundo ¡qué horror!, a los escritores auténticos ¡pobrecitos! que con aquella aparición tan inesperada lo debían echar todo al abandono, que no intentaran más, que dieran descanso a sus mentes y a sus dedos, que ¡bastaba ya de teclear y teclear!, y que se agarrasen muy bien los pantalones a la cintura porque aquel plomerito recién llegado prometía arrebatarles el poder, la gloria y las cumbres, pues su pulso, su ímpetu al escribir era parangonable al de un Dostoievski o al de un Balzac.

Pero como suele suceder, hubo alguno de corazón acusador, alguien que decidió retar a duelo al plagiario y, desde la cólera y la pasión, redactó y encañonó una reseña en contra de la pifia de Henry de Sade.

Nada. No sucedió nada. Como jurados, críticos y especialistas, sospechosamente doctorados en el Instituto Superior de Pícaros y Bellacos, rellenaban pasteles, pavos, cojines y colchones con las plumas de la más cómoda ignorancia, no quisieron sentirse aludidos en aquella denuncia tan peligrosa pero, con la intención de alejar sospechas inconvenientes –una poltrona, amigo mío, debe defenderse hasta las últimas consecuencias–, redactaron desde el más confabulado anonimato una defensa del plomerito por el cual, sin dudas, «ese que acusa de plagio debe sentir una envidia que de no frenarla a tiempo terminará por corroerle el hígado», y como a la contesta de tal consejo colectivo, el acusador agregó otros argumentos irrebatibles donde citaba página, tomo, edición y manuscritos originales donde debían ir a investigar el robo, el rebaño alborotado pidió a las más elevadas instancias del municipio que declarara proscrito a aquel reseñista bilioso y difamador que se había atrevido a dudar de las profundas enseñanzas de una escuela de letras y de sus graduadas vaquitas sagradas que mucho habían aportado a la cultura de la región. Y como la «cultura de la región» y sus «divinas vaquitas» habían sido declaradas Patrimonio de la Alcaldía, de un plumerazo fue borrado del planeta aquel desarraigado defensor de escritores «foráneos» que de teoría literaria no entendía ni jota, al punto de empeñarse en pasar por plagio aquella obra maestra que era ejemplo del buen uso de la intertextualidad y por tanto debía ser incluida como lectura de obligada referencia en las escuelas de la comarca, junto a las de nuestro Poeta Municipal. Entenderás que a ciertos profesores sin un mínimo de cultura, admiradores de ese bandido extranjero desconocido llamado Edgar Poe, se les hizo muy difícil aceptar que a partir de ese día, por orden del Municipio y bajo pena de encarcelamiento, El escarabajo de oro pasara a ser obra original de aquel otro señor que alguna vez, en el pasado, les había descongestionado el cagadero o que habían visto emerger de la alcantarilla con una rata en la cabeza, un cabo de tabaco húmedo en la boca y amasando un romboide entre las manos.

¿Y Poe? ¡Poesito del que vuelva a hablar de ese desconocido!

 

 

Como la mayoría de las personas padece de una terrible tendencia a obedecer cuanta orden se le dicta, el escándalo, lejos de haber acabado con la carrera de Henry de Sade, terminó por elevarlo a la categoría de mártir, y todo gracias no a la defensa que le hicieran los de su bando sino a la decisión de no contestar a los ataques de sus colegas y a su desmedida bondad que le permitió mantenerse al margen de cualquier discordia. Un genio no se desperdicia en tales milingítaras jiróforas. Cada vez aumentaba más la admiración por el nuevo escritor. «El colmo fue –comentaba una fanática– la forma en que declinó la pregunta de esa periodista mordaz, el modo de emplear su tiempo en darnos lecciones –¡le agradezco tanto!– sobre cómo debemos agacharnos en una letrina, sobre cuáles son las moscas que visitan la cloaca, sobre cómo lograr la magia de parir un romboide verde-azul si tomamos refresco instantáneo de uva. ¿No sé por qué se empeñan en destruirlo? ¡Es tan imaginativo! ¿Viste cuando dijo que para finales de año prometía entregar su última novela? Pensé que hablaba en serio, pero cuando dijo que se titulaba Crimen y castigo, supe que era una broma. Aunque me extrañó que no se riera. ¡Qué tan raro sentido del humor en un hombre de sólo treinta y dos años! Es un genio.»

Los hechos se repetían de manera idéntica de un año a otro, acusaciones, defensas, nuevas insinuaciones y, en respuesta, sólo una cara angelical que disertaba sobre baños y que se ganaba el aplauso por su resistencia pacífica ante cualquier tipo de guerra declarada con razones cuyo destino era ser anuladas por dictamen de la Alcaldía, que, además de revocar todas las leyes contra el plagio y sobre los derechos de autor, ya lo había sumado a su hato de terneritos sagrados, a contrapelo de protestas en el gremio editorial, donde algunos mal llamados editores se negaban a publicar una novela que, decían ¡envidiosos!, apenas diez años atrás habían adjudicado a un tal Fiodor Dostoievski, ruso entrometido, o una epopeya sobre troyanos y aqueos que por los siglos de los siglos, sin atender a reclamos de unitarios, salomónicos y medievalistas, habían decidido atribuirle por consenso a Homero. ¿Cómo era posible que una cuestión tan helena, que una disputa de raíces tan antiguas haya derivado en atribuir la autoría a un visitador de cloacas? Pero como con los dimes y diretes de este último libro la Alcaldía recurrió a las amenazas de un inicio, pero sin mucho ímpetu (el alcalde atendía urgentes tareas oficiales), y porque algunas veces debemos ceder ante algún que otro reclamo editorial, siempre y cuando el autor esté de acuerdo, se acordó que en la cubierta de aquella Iliada (¡vaya modo de titular algo!, se nota que es obra de genio. ¡Cuando dicen a ser raros!...), a la rara firma de nuestro escritor agregarían una H intercalada, y como el plagiario rubricaba Plomero de Sade, a partir de entonces se le conoció en las librerías como P.L. Homero de Sade.

En apenas cinco años, el emergido de albañales universos, el ya no más encerrado en el mundo del cagajón y el retrete, fue recibido y presentado en universidades y auditorios de la región como «el legítimo autor de finas y numerosas textualidades». Aunque, simultáneo a la manera de anunciar, nunca faltó el estallido de un tomate lanzado por un estudiante ni una trompetilla enmascarada entre los asientos del fondo.

La primera vez que fue invitado a un homenaje en cierto instituto de investigaciones literarias, aceptó sin pensarlo mucho pues aquello de un «homenaje» (¿qué será tal cosa?), la palabra en sí, le parecía derivar por algún lado de «homero» y como aquella última palabra (¿o nombre?) había sido el asuntito que terminó por transformarle el seudónimo en ese P.L. Homero de ahora que tanto le gustaba, imaginó que le pedían, muy delicadamente, una simple labor de plomería ¡Vaya forma de pedirme que les destupa los baños! y así, el día señalado para el «plomeraje», se presentó ante el director del instituto armado de terraja, mangueras y sifones, calzado con lustrosas botas para aguas y vestido con ropas impermeables para Dígame, director, dónde está la alcantarilla. Dónde debo destupir.

Y su ya acostumbrada disposición a la chanza, aquel desenfado con que un talento de su talla se presentaba ante académicos, gobernantes y lectores, levantó ligeras simpatías entre los que, literalmente, quedaron sin aliento, sin fuerzas para continuar con vida por el llanto –lloramos de risa, señor alcalde– que les provocaba el buen humor del plagiario. Con qué seguro paso P.L. Homero de Sade se paseó aquella vez por el estrado, con qué familiaridad le solicitó al director que le sostuviera un meruco para poder alcanzar el ramo de flores que le ofrecían. ¡Qué entusiasmo cuando descubrió que entre los del público se encontraban antiguos clientes y quiso aprovechar la ocasión de hablar para recordar ciertos pregones de tiempos ya pasados cuando recorría el barrio tras las huellas de un retrete en peligro de explotar! Y mientras más lloraba el público –es la emoción, señor alcalde– y mientras más lo abucheaban –compréndalos, señor alcalde, la gente común es incapaz de penetrar la naturaleza del genio–, el plagiario más se esforzaba por rebajar los precios de sus servicios a domicilio, pero a voz en cuello insistió hasta que la ausencia de empleadores                 –¿Están seguros que no tienen tan sólo una gotera que eliminar, una zapatillita que poner?¡ Miren que hago rebajas!– le hizo retornar al silencio que terminó siendo interrumpido por ovaciones, aplausos, gritos, lágrimas, risas y... dos o tres balazos de algunos histéricos del público que, emocionados, se quitaron la vida.

Había que hacer algo, ponerle frenos a aquella situación, determinaron algunos que envidiaban la versatilidad y el éxito del plomero. En menos de cinco años, P.L. Homero llegó a ser el autor de unas treinta y cuatro novelas, diecisiete ensayos, y veinte poemarios, entre los que sobresale una pequeña Oda: atisbos de inmortalidad en los recuerdos de la infancia, de la cual cierto crítico había dicho que era propiedad de un tal William Wordsworth que mire usted si son mentiras tales cargos que el tal Wordsworth al parecer ni existe porque de existir ya hubiese reclamado. Una protesta similar recibió cierto Romance de Abenámar que venía acompañado de otros nueve muy bien escritos, pero las envidias se diluyeron en un juicio excepcional –sólo para aplacar los ánimos– donde, en una investigación minuciosa ordenada por el mismísimo alcalde a sus asesores literarios (los mismos que un lustro atrás habían descubierto, por el azar de un concurso, al plomerito), fue comprobado que P.L. Homero de Sade no era un plagiario y que, además, argumentó cierto colega consultado, «el novelista no tiene necesidad de crear ideas, lo mismo que no tiene que inventar las personas que le sirven de modelo. Las ideas están ahí... a su alrededor... Ahí se encuentran a fin de que él haga uso de ella para su propósito particular, que es crear una obra de arte», y como en uno de los incisos del acta entregada al alcalde los peritos apelaron a criterios del Traité des plagiaires, de Duaren, y a Les supércheries litteraires dévoilées, de Quérad, y porque, para colmo y cuño, acudieron a los consabidos trapos sucios de que si Calderón calcó su Alcalde de Zalamea (¡un alcalde plagiado!) del de Lope de Vega y que si Shakespeare y Bacon y que si Corneille y Molière, todas las querellas fallaron a favor del plomerito, a quien, por la vergüenza de haber desconfiado de su capacidad como artifex, se le resarciría con el levantamiento de una estatua ecuestre en medio de la plaza cívica, idea que el ofendido aceptó, pero con la condición de que en vez de un caballo (alguien le explicó el significado de «ecuestre») le colocaran debajo un inodoro, y en caso de no alcanzar el mármol o el bronce, aceptaba de muy buena gana el cambio por un tibor esmaltado o una lata de galletas vacía.

El denunciar o el batirse abiertamente terminaba siempre por mejorar la situación de P.L. Homero de Sade. De ese modo, no tardaron en estallar sucesivas rebeliones bajo las órdenes de líderes anónimos a los cuales no había quedado otra opción que acudir a fórmulas del tipo «Fuenteovejuna, señor». No fueron raras las ocasiones en las cuales la plaza, el mercado y las paredes de los edificios amanecieron forrados de carteles que reclamaban la condena del ladronzuelo, a quien lo mismo le imputaban las causas del suicidio de Silvia Plath como la renuncia de Salinger a la vida social, o el ahorcamiento de Raymond Roussel, el surrealista.

Por momentos la ciudad tranquila bullía como un furioso volcán en erupción. Las reacciones llegaron tan lejos que cierta noche se atrevieron a rodear la casa de P.L. Homero con el fin de lanzar huevos y trompetillas, y como el asediado se ocultó en el baño, hasta allí lo fueron a buscar, lo amarraron al inodoro con la cabeza mirando no al sudeste, sino al desagüe, y le descargaron encima diez o doce vientres atestaditos de... puaf...

El alcalde, arrinconado por tal nube de insurrectos, decidió poner coto a los motines y disciplinó la comarca: mandó a la cárcel a unos, sentenció a muerte a otros y ordenó, para compensar tanto daño a nuestro genio, sumido en la depresión por tanta brutalidad inexplicable, que a partir de ese momento fuese cantado como Himno Comarcal, ese lindo poema de tan hondo sentido llamado Jitanjáfora, desenfadadamente dedicado a ese tal Mariano Brull (a pesar de que el malagradecido, aprovechando los disturbios, quiso atribuirse la autoría.) ¡Qué tolerancia la de P.L. Homero! ¡Qué modestia la de P.L. Homero! ¡Qué ejemplo de humildad! ¡No os extrañéis de verlo algún día exhibir una medalla similar a esa que ganó el pescadorcillo ese que no se cansó de advertir a los otros colegas que tuviesen cuidado con chocar con cierto iceberg, porque sobre la superficie del agua sólo vemos la punta de semejante piedra de hielo; el mismo que cazaba no recuerdo ahora si jicoteas, mandriles acuáticos o agujas, y que hacía safaris en la Antártida entre otras cosas porque, de otra forma, no podía escribir un par de noveletas... no os extrañéis, pueblo que me escucha, revoltosos que han de podrirse tras las rejas: si antes los suecos premiaron a un pescador que trató de arrebatarle a nuestro P.L. Homero los derechos de ¿Por quién doblan las campanas? (que finalmente, para honor de nuestra comarca, doblaron por P.L. Homero), ¿por qué no habrían de premiar a nuestro plomerito de Sade?

Sucedió que con las simpatías del alcalde, P.L. Homero se sintió en libertad de hacer cuanto deseaba, y continuó recortando, pegando, desapareciendo nombres, variando títulos y, por supuesto, publicando cuanto su vecino le prestaba con una amable sonrisa que, al cerrar la puerta, se convertía en carcajada diabólica, azufre y humo.

Durante años el vecino se había limitado a facilitarle aquellos libros que consideraba los más idóneos para encubrir una maniobra de plagio porque, si bien las personas decían haber leído a Homero, a Dickens, a Kafka, a Joyce o a Marcel Proust, ciertamente muy pocas habían logrado pasar de la nota de contracubierta o del comentario crítico del reseñista que, a lo mejor, se enteraba a través de su propia reseña que tal autor o tal más cual obra existían. El vecino sólo prestaba libros editados cuando menos diez años atrás, menudencias de extranjeritos y difuntos a los que les sería muy difícil reclamar dudosas pertenencias convertidas en patrimonio de una comarca allende los mares. Pero esta última vez el vecino varió en algo su entrega acostumbrada e introdujo en el paquete un cuaderno de cuentos inéditos de un tal M.P., al que nadie conocía.

M.P., escritor inédito. ¡Qué fácil el plagio! P.L. Homero ni siquiera tenía que tomarse el trabajo de teclear; es más, uniría su nombre a esas dos simples iniciales que ciertamente podían significar cualquier cosa: M, de Mío; P, de P.L. Homero, por tanto es de Mi Propiedad, son Mis Papeles ¡Me Parece genial! ¡Ahora sí Me Place mi nuevo eMPleo! y no aquel otro de andar entre Mierda y Porquería! pero al que tanto le debo (hasta creo que lo adoro, pero esto de copiar y pegar es mucho más fácil). ¡Minucia de Plagio!, y pensando de ese modo, envió a sus editores aquellas seis o siete narraciones que le reportarían el suficiente dinero como para costearse un viaje a Inglaterra porque ya conocía las cloacas de París, los basurales del Cairo, la vida en las catacumbas de Madrid, Roma, Nueva York y Pekín, y ahora sentía curiosidad por sumergirse en las profundidades de Londres y oler los romboides reales que lanzaban al Támesis desde el palacio de Buckingham, ¡eso sí merecía llamarse un sueño!

Como la retacería del que ahora firmaría M.P.L. Homero de Sade era siempre un suceso editorial en la comarca, el nuevo libro estuvo dispuesto para ser vendido apenas dos meses después de entregado a la imprenta. Pronto se coordinó todo lo relacionado con la publicidad y la presentación. Ya listos para el día tan esperado, fue fácil para los editores resolver que el alcalde fuera el presentador de su «protegido». Mas, como el alcalde había dicho que «sí» pero ese día ¡oh deplorables mutaciones!, a causa de un resfriado, tuvo que decir «no» (en lenguaje de mudos) y, políticamente, esas contradicciones le disgustaban, resolvió el problema encargando a su joven y talentoso hijo, admirador de P.L. Homero, la presentación de aquella nueva obra, y como Usted, amigo De Sade, es un autor al que no le falta chirumen, lloverán pues oportunidades. Me comprometo para la próxima.

A las seis de la tarde de un día lluvioso, relampagueante y frío, se abrieron las puertas de El Vipérido Letrado, la librería de más renombre en la comarca, para algo que se iba haciendo cada vez más común si de P.L. Homero de Sade se trataba. Como el cambio de presentador se había hecho a última hora, el hijo del alcalde apenas pudo leer la nueva colección de cuentos que P.L. Homero sumaba al patrimonio literario comarcal. Fue así que, estando en la mesa frente al público, el hijo del alcalde, confiado en sus dotes de orador y repentista, desenvolvió el libro, se colocó los espejuelos con cierta gracia snob, leyó la nota de contracubierta, saltó la página de cortesía, la portada, la portadilla, la hoja de créditos, la dedicatoria, la frase inicial y ya a punto de instalar las pupilas sobre el título del primer cuento, carraspeó para afinar la voz y... fue la calma total, más de doscientas personas, sin contar los que estaban afuera, tras el cristal de la vidriera, quedaron a la expectativa. ¿Qué diría aquel muchacho cuyo rostro se transformaba de un rosa pálido a un fresa intenso, y del fresa al carmín y de ahí al fuego vivo?:

–¡Plagio! ¡Prendan a esa rata!... ¡Maten a ese ratón letrinero!

Lejos de un alboroto, en El Vipérido Letrado no se sintió ni el vuelo de las moscas, ni el más leve murmullo, ni el gotear de las babas caídas desde las bocas abiertas por el asombro ante la acusación de aquel muchachito que había sido capaz de reconocer, tan sólo de una ojeada superficial, el cuadernillo que él mismo, M.P., el hijo del alcalde, había entregado a un amigo –el vecino del plagiario– para que se lo hiciera llegar a ese que ahora tenía delante y que firmaba M.P.L. Homero de Sade. Primero se lo había pedido a su padre porque necesitaba que De Sade le diera el visto bueno a sus primeros escritos, deseaba que P.L. Homero se lo prologara, pero el alcalde no tenía tiempo para esos asuntos: P.L. Homero es un genio muy ocupadísimo y usted es un simple aficionado, le dijo, y él había tenido que recurrir al vecino de P.L. Homero, que gentilmente se había brindado (con mucha insistencia) a servir de mediador, de mensajero, porque el gran recortista mundial era su vecino pero... ¿qué diría ahora el alcalde ante las acusaciones de su propio hijo? ¿Lo enviaría a la cárcel? ¿Lo apachurraría con el peso de otra estatua levantada para desfacer el entuerto de esa calumnia arrojada a la cara del humilde genio?

Sobre el rostro del plagiario comenzó a caer un sudor parecido a la nieve. La frialdad del silencio le dibujó una cínica sonrisa que luego se fue apagando por temblores, desmayos y un sollozado «yo no tengo la culpa». M.P., el hijo del alcalde, repitió la orden de apresar a P.L. Homero, pero como el plagio no era condenable y, además, rindiéndole honores a Parménides, el hijo del alcalde no es el alcalde, los dos o tres policías que había en la sala no pudieron hacer nada.

Más tarde, por boca del plagiado, el alcalde se enteró del escándalo. Cuentan que a causa de la ira se curó del resfriado, recuperó la voz y a gritos ordenó le trajeran vivo o muerto al plagiario para hacerle confesar las fechorías y depredaciones que alguien luego estimó en ciento cuatro novelas, quinientos trece poemarios, trescientos veintidós ensayos, dos novelas pastoriles, un Apocalipsis según P.L. Homero de Sade, trece epopeyas y tres diccionarios, uno de ellos enciclopédico, aunque este último no debieron contarlo pues había sido redactado en colaboración con D’Alembert y Diderot a quienes ya el alcalde había ordenado arrestar bajo la acusación de complicidad y encubrimiento. El alcalde tuvo que darse por vencido. P.L. Homero de Sade se había esfumado.

Fuera de la alcaldía, un río de plagiados, un mar de editores, profesores y alumnos cansados de cantar la Jitanjáfora del pobre Marianito Brull, lloraban su frustración. El ladronzuelo no había podido ser linchado, machucado, molido, apapillado, batido, descuartizado, licuado y vertido en un inodoro y glug glug glug hasta la alcantarilla.

Pero a la alcantarilla se fue, y como se sintió ultrajado por aquellos que antes lo habían aplaudido por ignorancia o por hipocresía o por miedo al alcalde, planeó desde la cólera una venganza contra todos, pero en particular contra M.P.

Ese mismo día, a la medianoche, al salir de un bar donde acababa de celebrar con sus amigos la victoria sobre el plagiario, mientras atravesaba la plaza cívica, donde ya habían comenzado a desmontar la estatua tibórica de P.L. Homero de Sade, el hijo del alcalde vio, a dos o tres pasos, levantarse la tapa de hierro de una alcantarilla. No pudo definir bien lo que pasaba, no tuvo tiempo de echarse a correr, una mano (o un gancho) cubierta de ocres pestilencias fue mucho más rápida, una fuerza multiplicada por la locura lo hizo caer contra el pavimento, una terraja sobre la nuca le aniquiló de un sólo golpe los sentidos. No supo nada más. El resto lo adivinó de pesadillas recurrentes, circulares, o se lo contaron: que una tromba lo había succionado enviándolo a los infiernos; que descendió como Alicia lentamente tras un conejo blanco, tras unas ratas pelonas que le mordieron la cara, que se alimentaron de sus orejas, que le borraron la nariz, las cejas, los labios, que se ensañaron hasta suprimir la posibilidad de retornar al pasado con una cirugía. Después, supongo que M.P. fue ayudado por dios en forma de corriente de mierdas y deyecciones pues, quien fuera el alfa y la omega, ya no es el Zeus que solía transformarse en lluvia de oro, ni el fornido semental de sedosa crin, ni el rayo ni el trueno límpidos, impolutos. Dios o el demonio, tal vez alguien que no es ni uno ni el otro sino un tercero que nadie menciona, un híbrido perverso que se ríe cuando ve pasar la culpa de un lado a otro sin que apenas le roce, ése, planeó el final de M.P. desde el día en que alguien pescó un maldito papel en las letrinas. Cuando hallaron a M.P., envuelto en sargazos, picoteado por el hambre de cangrejos y peces, quien lo subió al bote aseguró que estaba muerto. Los médicos, quién sabe si por alegrar al alcalde, han desmentido la noticia. ¿Cuánto habrá de cierto? Guardo silencio por ahora. La respuesta pertenece a otra historia.