Junto a todo un pueblo
Fidel Castro
Todo
está dicho y mucho mejor de lo que pueda yo decirlo. Un resumen
y la consideración de algunos aspectos es lo más que
puedo hacer.
En los días en que tomó posesión,
no deseábamos intercambios retóricos con el nuevo
Presidente de los Estados Unidos. Aunque no albergábamos
la menor duda sobre su política hacia Cuba, no veíamos
la utilidad de lanzar la primera piedra. Seríamos pacientes.
Un grupo de extrema derecha había tomado el
poder en los Estados Unidos, y sabíamos de sus acuerdos y
compromisos contraídos desde antes de las elecciones con
los grupos mafiosos de Miami para liquidar la Revolución
Cubana, que no excluían mi propia eliminación física.
El azar añadió la peculiar circunstancia de que aquellos
decidieron, mediante fraude electoral, la elección presidencial
de Bush.
En la primera etapa tuvieron lugar las habituales
maniobras anticubanas de Ginebra. Nada nuevo, sólo que los
métodos de presión contra las delegaciones ante la
Comisión de Derechos Humanos fueron más brutales que
de costumbre.
Casi un primer año había transcurrido
sin especial novedad: los tradicionales ataques retóricos
contra Cuba, la reunión del ALCA en Québec y la desacertada
referencia por parte de Bush en ese evento al pensamiento de Martí,
la que originó una lluvia de cartas de los niños y
adolescentes cubanos explicándole al Presidente de los Estados
Unidos, con la mayor cortesía posible, quién era y
cómo pensaba nuestro Apóstol y Héroe Nacional,
fueron los hechos de más relevancia en las relaciones bilaterales.
En la esfera internacional, la decisión de
construir un escudo nuclear antimisiles, el desprecio a los compromisos
contraídos en Kyoto y el anuncio de grandes gastos militares
en el desarrollo de nuevas y sofisticadas armas cuando ya ni siquiera
existía la guerra fría, dieron temprana señal
al mundo del pensamiento, el estilo y los métodos de la nueva
Administración de la superpotencia hegemónica.
La economía internacional comenzaba a mostrar
síntomas preocupantes por doquier: todos los índices
y pronósticos se tornaron pesimistas. El mundo entraba en
una incierta y desconcertante recesión. Los productos básicos,
de los que vive la inmensa mayoría de las naciones del Tercer
Mundo, estaban por el suelo, mientras la globalización neoliberal,
la privatización forzosa, la deuda externa y los precios
del petróleo alcanzaban su cenit.
Tienen lugar en medio de tales circunstancias los
hechos trágicos, absurdos e injustificables del 11 de septiembre.
El mundo prestó apoyo unánime y solidaridad al pueblo
de los Estados Unidos. Cualesquiera que fuesen los errores y las
incongruencias de la política exterior de las Administraciones
de ese país, nadie dejó de conmoverse ante la atroz
matanza de miles de norteamericanos inocentes, nacidos allí
o procedentes de los más variados países.
Era la hora del examen de conciencia y no de atizar,
multiplicar y capitalizar los odios absurdos acumulados durante
décadas enteras. La nación superpoderosa debía
ser ecuánime; el resto del mundo estaba en el deber de ser
valiente. Lo primero dependía de sus líderes; lo segundo,
de un elemental sentido común y dignidad. Tales virtudes
no abundan. No ocurrió ni lo uno ni lo otro. El más
poderoso decretó un golpe de estado mundial el 20 de septiembre,
nueve días después del repudiable acto terrorista,
al declarar en son de guerra que todos los países debían
escoger entre ser sus aliados o ser sus enemigos. Las Naciones Unidas
perdieron la poca autoridad que les otorgaba una Carta viciada por
el más antidemocrático de los procedimientos: el veto.
Los demás estados, alrededor de ciento ochenta y cuatro,
que suelen entretenerse votando acuerdos casi siempre nobles, pero
que jamás se aplican, esta vez perdieron incluso su derecho
a la voz.
Desde entonces se escucha sólo el ruido estridente
de la irracionalidad, las amenazas y las armas.
Las crisis económicas, con su secuela de pobreza
y hambre, se multiplican; el egoísmo crece, la solidaridad
se debilita; las enfermedades, peores a veces que las propias guerras,
amenazan con exterminar regiones enteras. Las ciencias económicas
se encuentran ante problemas que ni siquiera habían imaginado
nunca, atadas a conceptos y categorías que, como pesado lastre,
las hunden en un mar de incertidumbre e impotencia. Es lo que han
aprendido en las grandes y prestigiosas universidades de un sistema
económico y social devenido hoy anacrónico imperio
mundial. La política ha dejado de ser la ilusión de
arte noble y útil con el que siempre soñó justificarse,
para convertirse en entretenimiento banal y desprestigiado. Es una
tragedia grande, pero no insoluble. La propia insostenibilidad del
sistema conducirá a la especie humana a la búsqueda
de soluciones.
Volviendo a poner los pies sobre la tierra, en el
limitado espacio del planeta donde se encuentra nuestro país,
los cubanos tenemos derecho a disfrutar el modesto privilegio del
deber cumplido. Somos fruto de grandes acontecimientos y corrientes
históricas que han tenido lugar a lo largo de muchos siglos.
Sociedad colonial y esclavista, con fuertes sentimientos anexionistas
y antindependentistas en las capas criollas más ricas hasta
hace poco más de un siglo; lucha titánica del creciente
sector patriótico durante treinta años, próxima
ya al logro de sus objetivos; intervenida por tropas de los Estados
Unidos la nación forjada con la tenacidad y el heroísmo
de sus mejores hijos, traicionada y vendida, llevada y traída
por fuerzas infinitamente superiores, nos vemos hoy, país
pequeño, independiente y absolutamente libre, erguido ante
la potencia imperial más poderosa que ha existido, nada proclive
a la paz y al respeto del derecho de los pueblos.
Tan singular caso no estaba escrito en ningún
libro. Del profundo abismo del pasado habían surgido las
ideas, los sentimientos y las fuerzas que nos llevaron, nos mantienen
y nos mantendrán aquí.
Después de la bochornosa maniobra de Ginebra,
en que el gobierno de los Estados Unidos tras brutales presiones
logra por mínimo margen una pírrica victoria, surgen
en mayo pasado peligrosos hechos: el día 6 el gobierno de
los Estados Unidos nos acusa de realizar investigaciones sobre armas
biológicas; el 20, los discursos de Bush en Wáshington
y Miami; el 21, se reitera la inclusión de Cuba en su lista
de países que propician el terrorismo; el día 1 de
junio, los insólitos pronunciamientos de Bush en West Point.
El 20 de mayo el Presidente de los Estados Unidos
dedicó todo un día a Cuba y la Revolución.
¡Qué gran honor! ¡Nos recuerda, luego existimos!
Ignoro cuándo el Presidente de los Estados
Unidos escribe sus discursos, cuándo encomienda esa labor
a uno de sus íntimos asesores, o son un híbrido de
ambas cosas. En cualesquiera de las circunstancias, la arrogancia,
la demagogia y la mentira suelen ser compañeras inseparables
de tales discursos. Ese día pronunció dos: uno en
la Casa Blanca y otro en Miami. Se mostró despectivo, insultante
y poco respetuoso hacia el adversario. Lo más importante
no fueron ofensas e insultos. Quienes carecen de argumentos no tienen
otras armas que la mentira y los adjetivos. Lo que debe considerarse
como esencial son sus macabras intenciones, sus planes insensatos
y sus ilusiones.
Un ejemplo de inconcebible falsedad y falta de respeto
a la opinión pública internacional tiene lugar cuando,
en el discurso de la Casa Blanca, el señor Bush afirmó
tranquilamente que los Estados Unidos, sus aliados y amigos lograron
la libertad en países como Sudáfrica.
El mundo entero conoce, y las nuevas generaciones
deben conocer, que fue en Cuito Cuanavale y al sureste de Angola
donde se decidió el fin del apartheid, con la participación
de más de cuarenta mil combatientes cubanos en ese frente
junto a soldados angolanos y namibios. Las administraciones de los
Estados Unidos armaron a Savimbi, que sembró millones de
minas y mató a cientos de miles de civiles. Guardaron silencio
cómplice sobre la posesión de siete armas nucleares
por parte de Sudáfrica, con la idea de que fuesen usadas
contra las tropas cubanas.
Bush confunde sus deseos con las más extrañas
fantasías. «Hace 100 años», dijo en Miami,
«el pueblo orgulloso de Cuba declaró su independencia
y situó a Cuba en el camino de la democracia. Estamos aquí
hoy para celebrar este importante aniversario.»
Para él no existió en absoluto la Enmienda
Platt, el engaño, la traición, el derecho de intervenir,
el ultraje a la soberanía de Cuba que ésta constituyó.
No existió siquiera la historia.
Habla de un «Peter Pan», hoy ministro
suyo. Y no dijo que en aquella monstruosa operación que llevó
tal nombre, organizada por las autoridades de los Estados Unidos
sobre la base de una cínica y repugnante mentira, fueron
sustraídos clandestinamente del país catorce mil niños
cubanos.
Acto seguido acude a la melodramática historieta
de un niño cubano que llegó a los Estados Unidos en
1995 cuando tenía diez años de edad, que dentro de
unas semanas se graduaría en una Senior High School de Miami
y sería el primer graduado de ese plantel que ingresaría
en la Universidad de Harvard. No tuvo ni podía tener siquiera
la mínima honestidad requerida para reconocer que sólo
un niño procedente de Cuba –único país
del hemisferio donde desde el prescolar están matriculados
todos y el ciento por ciento se gradúa de sexto grado con
el doble de conocimientos promedio en lenguaje y matemática,
según testimonia la UNESCO– puede entrar en Harvard
con unos pocos años de estudio posteriores; no se trataba
de un inmigrante del resto de la América Latina, educado
en una escuela pública, ni de un niño indio o negro
norteamericano.
De inmediato añade que nada se ha proporcionado
en Cuba a nadie, «nada a los trabajadores, los campesinos
y las familias cubanas; sólo miseria y aislamiento».
No intenta siquiera explicar por qué entonces
cuatro décadas de agresiones, terrorismo, bloqueo y guerra
económica por parte de los Estados Unidos, que para enfrentarlos
se requería de una gran dosis de conciencia política,
cultura, heroísmo y apoyo popular, no han podido sin embargo
destruir o debilitar absolutamente nada a una Revolución
que nada haya hecho por el pueblo.
El señor Bush añade, entre otras superficialidades,
que cuando todas las naciones del hemisferio han escogido el camino
de la democracia, yo escogí «la cárcel, la tortura
y el exilio para los cubanos que dicen lo que piensan». Esta
calumniosa referencia al empleo de la tortura en nuestro país
la hace precisamente el jefe del Estado que formó en escuelas
especiales a decenas de miles de latinoamericanos que en casi todos
los países de nuestro hemisferio fueron responsables de cientos
de miles de torturados, desaparecidos y muertos. Nuestro personal
de seguridad nunca recibió lecciones de tan experimentados
maestros. Si el señor Bush fuera capaz de demostrar un solo
caso de tortura en Cuba a lo largo de más de cuatro décadas
de Revolución, estaríamos dispuestos a erigir una
estatua de oro, aunque sea fundiendo la colección de nuestro
museo numismático, para honrar su memoria, como el menos
mentiroso de todos los mentirosos del mundo.
Los que conocen a fondo nuestra Patria y su larga
y azarosa historia saben que los principios éticos de la
Revolución, algo que explica su extraordinaria fuerza y capacidad
de resistencia, no son en absoluto los principios del señor
Bush.
En los incongruentes discursos que pronunció
el 20 de mayo anunció:
«Mi Administración también trabajará
en busca de vías para la modernización de radio y
televisión “Martí”.»
Como puede apreciarse, mientras Cuba dedica un mayor
número de horas cada día en la televisión a
los programas escolares y de Universidad para Todos e invierte recursos
en la ampliación a todo el país de un Canal Educativo
que cuenta con creciente prestigio y apoyo en el pueblo, el gobierno
de los Estados Unidos, aparte de la ofensa de utilizar el nombre
de nuestra más sagrada figura histórica, promete invertir
más dinero en la modernización de emisoras radiales
y televisivas para agredir nuestra cultura y sembrar desinformación,
mentiras, veneno y subversión en nuestro país.
En un rapto que pareciera delirante, se confiesa atónito
por haber leído –sin que nadie sepa dónde lo
leyó– que en esta era moderna el régimen cubano
prohíbe la venta de computadoras al público. Nos trata
como si fuésemos un país desarrollado y rico. A nadie
se le ha ocurrido decirle que, sin embargo, Cuba es en este momento
el único país de este hemisferio, incluido posiblemente
los Estados Unidos, en que el ciento por ciento de las escuelas
y centros de enseñanza, desde prescolar hasta el último
curso universitario, cuentan con laboratorios y profesores de computación,
a pesar del férreo y cruel bloqueo económico y tecnológico
impuesto a nuestro pueblo para impedirle cualquier tipo de avance
en cualquier terreno.
El señor Bush podría quedar justificadamente
atónito si fuese capaz de creer que nuestro país es
hoy posiblemente el único del planeta que lucha por una cultura
general integral, donde quien posea sólo los conocimientos
de una carrera universitaria será considerado dentro de breves
años analfabeto funcional. Entonces podremos competir con
los ciudadanos de los Estados Unidos y otros países desarrollados
no sólo en posibilidades de comunicarse por Internet en varios
idiomas, sino también en niveles de educación y cultura.
Más le valdría preparar a los niños y jóvenes
de su país para ese futuro no lejano, y sobre todo protegerlos
del efecto destructor y enajenante de la publicidad comercial y
consumista.
Algo más vergonzoso e inadmisible: el señor
Bush afirmó que «si Cuba comienza a adoptar reformas
básicas importantes orientadas al mercado», es decir,
al capitalismo, «entonces y sólo entonces trabajaría
con el Congreso de los Estados Unidos para flexibilizar las restricciones
a los viajes y al comercio entre nuestros dos países».
«Seguiremos prohibiendo el financiamiento norteamericano
a las compras cubanas de productos agrícolas norteamericanos
porque eso no sería más que un programa de ayuda extranjera
disfrazada, que beneficiaría sólo al régimen
actual.»
«Si el señor Castro rechaza nuestro ofrecimiento,
estará protegiendo a sus secuaces a expensas de su pueblo
y al final pese a todos esos instrumentos de opresión, tendrá
que responder ante su pueblo.»
Eso es precisamente lo que estoy haciendo, señor
Bush: respondiendo ante el pueblo, dándole cuenta de mi vida
y mi conducta revolucionaria, para elaborar junto a él la
respuesta que debemos dar a las exigencias y amenazas que usted
no debió ni tiene derecho a plantear a un pueblo con la dignidad
y el decoro del pueblo cubano.
Con ingenua o insolente osadía, el presidente
Bush declara que «ofrecerá becas en ese país
a estudiantes y profesionales cubanos que intentan crear instituciones
civiles independientes dentro de Cuba, y a los familiares de los
presos políticos».
En Cuba nuestros adolescentes y jóvenes disfrutan
de casi medio millón de becas para todas las enseñanzas.
Esas becas se otorgan por rendimiento académico o por necesidades
de nuestros estudiantes, de acuerdo con las instituciones de que
se trate. Ninguno de los niños y jóvenes es discriminado.
La idea de que tal cosa pueda hacerse por razones de carácter
político es insultante e inadmisible.
El señor Bush ofrece becas que el país
no necesita en absoluto, y lo hace con otros fines. No debe imaginarse
que vamos a cooperar con un plan tendiente a crear algo parecido
a un tipo de Escuela de las Américas para formar agentes
subversivos y desestabilizadores al servicio de sus planes injerencistas
e imperiales.
En Cuba, adicionalmente, se otorgan cada año
miles de becas a jóvenes extranjeros y no discriminamos a
nadie por razones étnicas o ideológicas. Sería
preferible que el señor Bush concediera esas becas a jóvenes
negros, indios o de origen latinoamericano en los Estados Unidos
que no pueden estudiar.
Comete igualmente un error el Gobierno de los Estados
Unidos si cuenta de antemano con la impunidad de ciudadanos que
trabajen a sueldo de una potencia extranjera, un delito que es castigado
severamente por las leyes norteamericanas, o cree que recibirán
facilidades los que visiten Cuba disfrazados de cualquier forma
para transportar fondos y conspirar abiertamente contra la Revolución,
o que los funcionarios de su Oficina de Intereses tengan derecho
a recorrer el país a su antojo organizando redes y conspiraciones,
violando normas que rigen la conducta de los diplomáticos,
con el pretexto de verificar la situación de los emigrantes
ilegales que son devueltos a Cuba. No estamos dispuestos a permitir
violaciones de nuestra soberanía, ni humillantes desacatos
a las normas que rigen las conductas de los diplomáticos.
Tampoco es admisible el contrabando de mercancías a través
de las valijas diplomáticas. Será responsabilidad
del Gobierno de los Estados Unidos si la insistencia en tales prácticas
conduce a la anulación del acuerdo migratorio, e incluso
la retirada de la Oficina de Intereses en La Habana. Es algo que
no deseamos, ya que significaría un lamentable retroceso
en las pocas cosas en que se han logrado avances en las relaciones
entre ambos países.
Pero estamos dispuestos a prescindir de cualquier
cosa, incluso la vida, menos la dignidad y la soberanía de
nuestro país. No somos nosotros los que agredimos, hostilizamos
o bloqueamos a los Estados Unidos. No exigimos que su constitución
y su sistema económico y político sean cambiados.
Respetamos rigurosamente los derechos de los demás países.
Los nuestros deben ser también respetados.
Hemos dado sobradas pruebas de un sincero espíritu
de cooperación en cuestiones de interés común.
De nuestra parte surgieron tres proyectos de acuerdos bilaterales
para la lucha contra el tráfico de drogas, el tráfico
de personas y el terrorismo.
Otro ejemplo: frente a la ilegal utilización
de la Base Naval de Guantánamo para convertirla en campamento
de prisioneros extranjeros, adoptamos las medidas pertinentes y
ofrecimos facilidades en aquel terreno irregular y montañoso
para evitar accidentes que afectaran tanto al personal militar norteamericano
como a los prisioneros.
En su discurso el señor Bush habla de presos
políticos en Cuba, pero no menciona para nada a los héroes
cubanos pri-sioneros del imperio condenados injustamente en los
Estados Unidos a decenas de años de cárcel y varias
cadenas perpetuas. De este modo, ellos hablan de espías allá
y de presos políticos aquí; nosotros hablamos de presos
políticos allá y de presos contrarrevolucionarios
y espías aquí.
Finalmente, un punto que no podemos omitir: el insulto
y la ofensa cuando afirmó en Miami que «el comercio
con Cuba no haría otra cosa que llenar los bolsillos de Fidel
Castro y sus secuaces».
Señor Bush, yo no me parezco absolutamente
en nada a los corruptos personajes que usted honra con su amistad
en el mundo, o a aquellos que, siguiendo recetas capitalistas y
neoliberales, confiscaron al Estado y trasladaron al exterior cientos
de miles de millones de dólares, lavados gran parte de ellos
por prestigiosos e influyentes bancos norteamericanos. Usted, tan
apegado a las grandes fortunas como millonario e hijo de millonario,
tal vez no pueda comprender jamás que existan personas insobornables
e indiferentes al dinero.
No nací totalmente pobre. Mi padre poseía
miles de hectáreas de tierra. Al triunfo de la Revolución,
esas tierras fueron entregadas a obreros y campesinos. Tengo el
honor de poder decir que no poseo ni cuento en mi haber con un solo
dólar. Toda mi fortuna, señor Bush, cabe en el bolsillo
de su camisa. Si algún día lo necesitara para guardarla
en un lugar bien protegido de ataques preventivos y sorpresivos,
le rogaría que me lo prestase, y si es mucha se la dono de
antemano como pago de alquiler.
Es curioso observar que en el ambidiestro discurso
del presidente Bush el 20 de mayo, pronunciado dos veces el mismo
día, hay una sutil diferencia. El de la Casa Blanca no menciona
la palabra tortura ni la frase grosera sobre los bolsillos de Castro
y sus secuaces. Éstas las incluyó en el del Centro
«James L. Knight» para el pleno disfrute de sus amiguitos
de Miami, los mismos que, al regreso de Elián a su hogar
y su familia, pisotearon con furia e incendiaron banderas norteamericanas,
algo que jamás ha ocurrido en Cuba desde el triunfo de la
Revolución.
De su discurso en West Point ya hablé en Santiago
de Cuba. Hoy no son pocos en el mundo, e incluso en su propio país,
los que comparten la preocupación por la filosofía
que usted expresó allí. No añadiré más
en esta ocasión. Sólo me complace informarle que en
este oscuro rincón del mundo nadie teme a sus amenazas de
ataque repentino y sorpresivo.
Todo hombre o mujer vive una cuenta regresiva. Hace
mucho tiempo que hemos entregado a nuestra causa cada minuto de
vida que nos reste.
Usted, por su parte, pierde autoridad. En teoría
posee el poder de ordenar la muerte de una gran parte del mundo,
pero no puede hacerlo solo. Para matar al resto del mundo, necesita
mucha gente que lo ayude. Entre los jefes militares y civiles que
manejan las estructuras de poder en su país, hay muchas personas
capacitadas y cultas. No basta una orden. Necesitan ser persuadidas
y lo estarán cada vez menos en la medida en que asesores
políticos suyos sin capacidad y experiencia militar, y ni
siquiera política, cometan errores tras errores. No bastan
mentiras truculentas o inventos de ocasión para lanzar ataques
preventivos y sorpresivos contra cualquiera entre sesenta o más
países, o contra varios de ellos, o contra todos.
En su país hay igualmente millones de científicos,
intelectuales, profesionales de las más variadas disciplinas
que saben distinguir entre el bien y el mal, conocen de historia
y de las terribles realidades del mundo actual, tienen opiniones
y forman opiniones. Existe también el resto del mundo que
no olvida fácilmente las tragedias a que pueden conducir
las ideas y los conceptos que usted está sosteniendo.
Se lo dice, sin agravio personal ni propósito
de ofenderlo, quien sólo posee el modesto poder de meditar
fríamente y ha perdido hace mucho rato, junto a todo un pueblo
valiente y heroico, la noción del miedo.
¡Viva el Socialismo!