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Ciencia, paz y justicia

Agustín Lage

 Pudiera expresar en esta intervención toda la indignación y la repulsa que me provocan las ofensas proferidas por el presidente norteamericano a la Historia de Cuba y al pueblo de Cuba. Y pudiera decirlo de manera muy gráfica y con expresiones «cubanísimas» que son las que espontáneamente vinieron a mi mente cuando pasé el mal rato moral e intelectual de tener que leer «esto».

Tendría todo el derecho del mundo a expresarme así, y es más, les confieso que es eso precisamente lo que tengo deseos de hacer. Pero trataré de no hacerlo, al menos por ahora, e intentaré controlar las emociones y pasar a un primer plano argumentos que puedo darle a esta Asamblea sobre el tema que nos ocupa.

Estamos discutiendo una propuesta de reforma a nuestra Constitución, que reafirmará una libre y soberana decisión del Pueblo, representado en esta Asamblea, sobre el tipo de sociedad que hemos escogido y en que queremos vivir, y lo hacemos también en respuesta a una pretensión, expresada por el presidente de los Estados Unidos, de imponernos otro tipo de sociedad, diferente y diametralmente opuesta a la que hemos libremente escogido.

Mis argumentos vienen del campo en que me desempeño, la investigación científica, y específicamente el desarrollo de la biotecnología para el mejoramiento de la salud humana.

Los científicos e instituciones biotecnológicas cubanas hemos estado en los últimos meses en el centro del debate político, y ello se debe a que funcionarios del gobierno de los Estados Unidos han estado haciendo acusaciones sobre la posible utilización de nuestros centros científicos para producir armas biológicas, y cuando se les han destruido los argumentos para hacer acusaciones, entonces han estado haciendo «sugerencias», sugestionando sobre posibilidades potenciales, como quien anuncia una marca de jabón o un detergente, acudiendo a la sugestión sin argumentos, al titular de prensa sin contenido, en irreverente desprecio a la inteligencia de quienes escuchan.

Volveré al final sobre este asunto, pero permítanme exponerle a esta Asamblea qué es hoy la Biotecnología Cubana y cómo ha surgido siendo un fruto precisamente del socialismo que pretenden destruir.

Las primeras empresas biotecnológicas, expresión de la posibilidad de que surgiese a partir de la ciencia una nueva rama de la industria, aparecieron en los Estados Unidos a finales de los años 70.

No surgieron para crear «salud», surgieron para hacer dinero. De hecho hoy, treinta años después, más del 80% de las mil quinientas empresas biotecnológicas que hay en ese país, no tienen todavía ningún producto en uso en los hospitales. Eso sí, han levantado miles de millones de dólares en la economía de casino, vendiendo acciones en las bolsas de valores y han acumulado miles de patentes con las que se intenta bloquear el desarrollo de los demás.

En Cuba se crearon las primeras instituciones de investigación y producción biotecnológica en la década de los 80, casi simultáneamente con el surgimiento de estas tecnologías en los Estados Unidos, y diez años antes de la expansión de este sector en Europa.

El impulso de desarrollo se mantuvo aun en el período especial. Precisamente en esa época surgieron varios de nuestros mayores centros científicos, expresión de la voluntad política que nos comunicaba Fidel cuando decía a principios de los 90: resistir, vencer y desarrollarnos.

Nunca se renunció al desarrollo. El Desarrollo era y es parte de la resistencia. Actualmente el Polo Científico del oeste de la ciudad de La Habana lo conforman más de cuarenta instituciones y más de once mil trabajadores. Y han surgido también instituciones científico-productivas en Villa Clara, Sancti Spíritus, Camagüey, Holguín y Santiago de Cuba.

Estos centros han registrado ya veinticuatro productos entre biofármacos y vacunas, a lo que se suman más de cincuenta fármacos genéricos de avanzada y más de quince novedosos equipos médicos. Entre los productos cubanos figuran la vacuna de la meningitis B, la vacuna de la hepatitis B, los interferones, la estreptokinasa, la eritropoyetina recombinante y varios anticuerpos monoclonales, uno de ellos destinado al tratamiento del cáncer. A estos resultados terapéuticos se añade el impacto en la salud de las redes de equipos Suma para el diagnóstico perinatal, la vigilancia epidemiológica y la seguridad de la sangre, así como una red de neurodiagnóstico avanzado que no tiene equivalente en otros países.

Con tecnología cubana se han montado redes de inmunodiagnóstico para la preservación de la salud en Venezuela, Brasil, Colombia, México y otros países.

Detrás de los productos ya evaluados y registrados, toca a la puerta una lista de más de cincuenta productos nuevos en diferentes etapas de investigación: entre ellos vacunas combinadas, vacunas contra el sida y también vacunas terapéuticas contra el cáncer.

Hay que hacer notar dentro de estas líneas de investigación la atención a problemas de salud de los países más pobres. Así producimos un sistema de diagnóstico para la enfermedad de Chagas, que no existe en Cuba pero sí en otros países de la América Latina; investigamos sobre una nueva vacuna contra el cólera, que tampoco existe en Cuba; desarrollamos varios productos para programas integrales de control del sida, enfermedad de la que tenemos la tasa más baja del continente.

Productos biotecnológicos cubanos se utilizan hoy en la atención médica en más de cuarenta países, y estamos trabajando conjuntamente con varios países del llamado tercer mundo, para ayudarlos a establecer sus propias fábricas de vacunas.

Recientemente la Organización Mundial de la Salud denunciaba a escala mundial lo que han llamado el «sesgo 10/90» que significa que el 90% de los recursos mundiales de la investigación médica se dedican a las enfermedades que causan el 10% de la mortalidad mundial (las enfermedades de los ricos) y sólo el 10% de los recursos a las enfermedades que causan el 90% de la mortalidad.

Somos científicos, pero ante todo somos seres humanos concientes y nos preocupa no sólo hacer bien lo que hacemos, sino para qué se usa y a quién sirve lo que hacemos.

Hemos ayudado y continuaremos ayudando a países pobres. Pero también el pueblo norteamericano pudiera beneficiarse de nuestros resultados.

Precisamente la semana pasada, el 19 de junio, hubo una audiencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado Norteamericano sobre las investigaciones en Cuba, pero esta vez no era para continuar con el disparatado tema del bioterrorismo, sino para discutir posibilidades de colaboración con instituciones científicas cubanas.

En esa audiencia un destacado neurofisiólogo de Illinois dijo: «Cuba está desarrollando un sistema municipal de genética clínica. Si colaborásemos con los cubanos podríamos hacer grandes progresos.» En esa misma sesión, un destacado cirujano de cáncer, de California, dijo lo siguiente:

 Yo regresé recientemente de un intercambio científico en Cuba. Me impresionó mucho la profundidad y sofisticación de su investigación especialmente en inmunología de cáncer. Conocí que los investigadores cubanos han realizado algunos descubrimientos y han obtenido un progreso significativo en el desarrollo de la inmunoterapia del cáncer. Yo creo que todos los ciudadanos norteamericanos que sufren de cáncer merecen tener acceso a esta terapéutica, que potencialmente les puede salvar la vida.

Eso dijo, y nosotros también pensamos lo mismo.

¿Por qué es importante que le diga todo esto a esta Asamblea?

No se trata aquí de utilizar el tiempo de ustedes en temas técnicos, pero sí de destacar el mensaje político que subyace también, como en muchas otras esferas de la sociedad, en el desarrollo de nuestra incipiente rama de la biotecnología.

¿Por qué ha sido posible todo esto?

¿Cómo es posible que una nación con un 25% de analfabetos en 1960 tenga treinta años después un número de científicos por habitantes que supera en cuatro veces la media de la América Latina?

Es que cuando el compañero Fidel comenzó a conducir en los años 80 el proceso inversionista que dio origen al Polo Científico, ya una gran parte de la inmensa obra de la Revolución en la formación de recursos humanos para la investigación científica había sido hecha y tenía resultados: miles de científicos en todas las ramas de la ciencia, formados en Cuba y entrenados en decenas de países.

Esto es posible por el socialismo y sólo por el socialismo.

Y lo que acabo de decir no es una consigna, es la seria conclusión de la evidencia de que el desarrollo educacional y científico y la salud, y mucho menos la justicia social, no se pueden dejar a merced de las leyes del mercado. El Mercado, sencilla y llanamente, no sirve para esto.

La libre operación de las leyes del mercado que nos proponen, ya estamos viendo a dónde conducen el mundo: a un desenfrenado proceso de concentración de riquezas y marginación de personas, que amenaza con partir la humanidad irreversiblemente en dos.

En el siglo que recién estrenamos, donde la producción de conocimientos se convierte cada vez más en el principal motor de la economía, un puñado de países ricos concentra más del 90% de toda la producción científica.

Esto sucede no sólo porque los países del tercer mundo, asfixiados por la deuda externa, atrapados en las concepciones económicas neoliberales, y administrados por los representantes de una burguesía que no tiene nada ya de nacional, no pueden invertir en ciencia y tecnología. Sucede también porque la escasa inversión que han podido hacer, al igual que otras riquezas, se la apropian. Se la roban, para decirlo con mayor claridad.

Una parte importante de la inversión en la producción de conocimientos está en la formación de cuadros científicos y técnicos. Ellos son portadores del recurso conocimiento creado por la inversión social. Parecería que este recurso no es «apropiable» por los capitalistas, a menos que ocurra una «apropiación de las personas». Pero eso es precisamente lo que ocurre.

Hay 1,2 millones de profesionales de la América Latina y el Caribe trabajando como inmigrantes en los Estados Unidos y Canadá. Si se estima en treinta mil dólares el costo de la formación de un profesional, esta emigración ha significado una transferencia de recursos del Sur al Norte, de treinta y seis mil millones de dólares, lo cual es equivalente a diez años de inversión en Ciencia y Técnica y es varias veces más que toda la ayuda del Banco Internacional de Desarrollo al desarrollo científico de la región.

De todos los doctores en ciencias que trabajan en los Estados Unidos, el 23% proviene de otros países, y esta cifra llega a 40% en el campo de la computación.

En el diseño del mundo que sale de los Tanques Pensantes de la ultraderecha norteamericana no figura el desarrollo científico de los países del tercer mundo.

Volvamos a leer detenidamente, las recientes declaraciones donde insisten en la barbaridad de vincular nuestros centros científicos con el desarrollo de armas biológicas, y veamos cómo, en ausencia de toda evidencia concreta, que no tienen ni pueden tener porque no existe, el argumento ahora es que Cuba tiene la «potencialidad» de hacer armas biológicas.

Ya hablamos de eso varios compañeros en la tribuna abierta de Regla el mes pasado. Ésa es una afirmación muy peligrosa. Se aplica a cualquiera que aspire a tener conocimientos y desarrollo científico. La única manera de no estar en esa lista de acusados sería renunciar al desarrollo científico.

No lo dicen, pero eso es precisamente lo que quieren. En el concepto estratégico de «seguridad» que emana de la ultraderecha norteamericana, están implícitos la ignorancia, la marginación y el retraso tecnológico de los demás países.

Compañeros: a la Revolución se trata, lo primero que brota de nosotros es todo el apasionamiento que provocan las causas justas, y toda la indignación que provoca la mentira con la que se les ataca. Pero haciendo un esfuerzo en esta ocasión por hacer prevalecer la objetiva capacidad de análisis de datos y hechos en la que se nos entrenó como científicos hay que decir que toda la evidencia, los fríos y testarudos datos, lo que están demostrando es que la ciencia en Cuba no surgió de la sociedad capitalista que ahora nos ponen en vitrina, sino de la alternativa socialista que el pueblo libremente escogió y construyó.

El acceso al conocimiento y a la creación de conocimien-to, y también a la realización económica del conocimiento creado, son también derechos humanos, que en Cuba conquistó la Revolución.

Sé que el tema de los derechos humanos se discute mucho en la comunidad científica internacional, a muchos de cu-yos miembros, honestos y concientes, y también muchas veces honestos e ingenuos, por razones de nuestro trabajo conocemos.

Lo último que hubiese esperado encontrar en un discurso del señor Bush es una mención a los derechos humanos, y sin embargo la hizo. No sé si Bush ha leído la Declaración universal de los derechos humanos, de 1948. Quizás alguno de sus asesores si la haya leído, y en ese caso, deberían asesorarlo mejor.

Los derechos humanos son un concepto integral. Hay un conjunto de derechos, no uno solo, a los que hay que aspirar integralmente, en su totalidad. Este conjunto incluye derechos civiles, como los de la libertad de expresión, de asociación y de participación política, pero incluye también derechos económicos y sociales como el derecho a la igualdad social (artículo 22), el derecho al trabajo (artículo 23), al disfrute de vacaciones y tiempo libre (artículo 24), el derecho a la salud, la alimentación y los servicios sociales (artículo 25), el derecho a la educación (artículo 26), que por cierto la Declaración dice que «debe ser gratuita». Me pregunto cuántos países han sido acusados en la Comisión de Derechos Humanos por violar estos derechos.

 El tema de los Derechos Humanos, como todo tema humano, es muy complejo, y la única manera justa y ética de abordarlo es abordarlo en su totalidad, incluyendo los derechos económicos y sociales. ¿Es que alguien se cree todavía, en este mundo, que en un país pobre y enfrentado a las injusticias de la globalización neoliberal es posible garantizar salud, educación y empleo a todos, y al mismo tiempo mantener una clase social privilegiada, propietaria de empresas privadas que operen motivadas por su propio beneficio?

¿Seremos tontos?

Mírese a esta Asamblea, donde han hablado obreros, campesinos, estudiantes, hombres, mujeres y niños, blancos y negros, el científico y el agricultor, el soldado y el poeta, el maestro y el estudiante, y entonces releamos con orgullo ese olvidado artículo número 1 de la Declaración universal de los derechos humanos que dice: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.»

Tenemos todavía mucho que perfeccionar en nuestra sociedad socialista, pero es mucho lo que hemos andado para acercarnos más que nadie en el mundo a ese ideal de los derechos humanos. Y eso que hemos avanzado, tiene que ser irreversible. Esta Asamblea Nacional tiene el deber de defender la soberanía nacional y la justicia social que esa soberanía ha hecho posible.

Pero los deberes de nuestra Asamblea Nacional realmente no terminan en las fronteras de nuestra querida isla. Tenemos el privilegio de ser parte del pueblo que resistió la marea reaccionaria y la retrógrada restauración capitalista que siguió a la claudicación del campo socialista europeo. Y ese privilegio también nos impone deberes. Ese concepto lo aprendimos de Martí hace más de cien años, cuando nos hablaba de nuestra contribución «al equilibrio aún vacilante del mundo».

Y es que las ideas expresadas por el presidente Bush, que no son suyas, sino de la ultraderecha política norteamericana y de los dueños del gran capital que él representa y al cual sirve, esas ideas, no son sólo una amenaza para Cuba. Son un retroceso en el largo camino de la humanidad para construir una civilización de paz, derecho, justicia y solidaridad.

Esos nobles ideales, que tanto sacrificio, tanta sangre y tanto pensamiento han costado a la humanidad, han sido ahora amenazados en un discurso pronunciado por un presidente millonario, en una academia militar, en West Point, discurso en el que además, léanlo en el cuarto párrafo, destaca como orgullo de la Academia su contribución nada menos que al Proyecto Manhattan, que no fue otra cosa que la fabricación de las bombas atómicas que lanzaron en Hiroshima y Nagasaki.

Cometer un genocidio como ése es un acto de barbarie. Pero enorgullecerse del genocidio cometido y calificarlo de «creatividad y valentía», ¿cómo se llama eso?, ¿qué nombre le ponemos?

Entonces la lectura, el esfuerzo que hubo que hacer para la lectura de ese discurso de Bush en West Point, hace inevitablemente recordar la década de los años 30. Entonces surgía en las cervecerías de Alemania una ideología nazi, basada en el poderío militar y la xenofobia, ajena a la ética y a la cultura, y eso ocurría ante la ceguera, la indiferencia o la cobardía, o las tres cosas, de muchos políticos en muchos países. Pensaban quizás que la víctima del nazismo sería la Unión Soviética y no ellos mismos, como piensan ahora quizás que la víctima de la agresividad ultraderechista norteamericana será el tercer mundo y no ellos mismos.

La Historia ya pasó por ahí y se saben las consecuencias. Como científicos, como diputados al Parlamento Cubano, como miembros de este pueblo resistente y fruto de su cultura política, nuestro deber es también alertar, denunciar, hacer pensar, al mismo tiempo que continuamos construyendo y defendiendo esta imprescindible alternativa de sociedad verdaderamente humana que es Cuba libre y socialista.

Escribamos hoy con nuestro voto en la Constitución lo que ya el pueblo escribió en la vida, desde Playa Girón hasta los ocho millones de firmas de la semana pasada: Nuestro socialismo es intocable.