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Lecturas y críticas desde adentro*

Antonio García - Lozada

En una época en que a la literatura latinoamericana se le sigue examinando bajo el lente de la interdisciplinaria posmodernidad, resulta muy estimulante leer un libro de interpretación literaria que de entrada propone una relación personal, provocando una necesidad inaplazable de íntimo contacto. Escribo íntimo contacto porque la crítica posmoderna se ha caracterizado por utilizar los textos como pretextos y, en su objetivo por «resemantizar» las letras latinoamericanas, se ha alejado –con el correr de los últimos años– de reconocer la experiencia vital que se produce entre la obra literaria y la vida cotidiana. Pero, sobre todo, la dificultad ha radicado en que el aparato terminológico no se ha asumido críticamente, y por tanto, no proporciona reflexiones claras. Éste no es el caso con Leído y anotado, puesto que Pedro Lastra, distante del «fervor teórico», nos ofrece aproximaciones que llevan a una comprensión más rica y profunda de los textos abordados. Para ello, Lastra ha conjugado de manera excepcional la experiencia del escritor y la del lector, la del creador y la del crítico, la del poeta y la del ensayista, la del maestro y la del discípulo, enseñándonos coherentes y reveladoras lecturas en las que ha vertido una experiencia en la otra.

Dentro de esta perspectiva, Lastra deja en claro –desde su breve nota introductoria hasta las últimas líneas de Leído y anotado–, su calidad de discípulo. Es decir, aquel ser que reconoce sus ansias de aprender no de manera autodidacta sino a través de otras lecturas, y en su caso particular, de las que le han proporcionado amigos, pero, mayormente sus estudiantes. De este modo, Lastra recubre su libro de un sentido personal sin par, marcando un hito, que tácitamente se alude en la expresión inserta en el título general Leído y anotado: la experiencia basada en la lectura y el apunte, en el diálogo con sus cofrades de oficio, donde no hay espacio para la moda, ni poses, sino deseos de intercambio y de saber. El tono autobiográfico, la tersura de su prosa transparente y didáctica, el amplio espectro temático y la detallada familiaridad con las obras que analiza, ponen de relieve que Lastra no sólo es un noble discípulo –como él mismo se llama–, sino un maestro y modelo a quien se le debe seguir con su ejemplo. Ello implica, acercarnos a la literatura con una mirada desde adentro, a fin de que podamos apreciar los nudos que hay detrás del tapiz en el proceso de creación. Y como Lastra bien lo expone, lo ideal es sustraerse del «pretensioso cientificismo crítico» (p. 125) y descubrir otros saludables caminos como «las entrevistas, diálogos y páginas testimoniales» que serían «complemento eficaz de una crítica que puede enriquecerse con esa cercanía». (p. 125)

Leído y anotado no es un manual de respuestas, porque ése no es su objetivo, pero ofrece una gama de ejemplos para quienes deseen hacer mucho más fructífera sus lecturas, ampliar la experiencia estética de la literatura y acercarse a ese mundo oscuro que a veces esconden las obras literarias, lo mismo que a todo aquello luminoso que encierran. Esto es –para decirlo con propias palabras de Lastra– «formulaciones tentativas para una suerte de guía o poética del lector». (p. 63) En los primeros ensayos se vislumbra ese intento por ampliar el camino –o el canon, como se estima en el argot literario– con una atenta lectura despojada de todo «ismo» y que sienta su partida en la literatura chilena de comienzos del siglo xx. Sus reflexiones sobre «los poetas marginales»: Omar Cáceres, Jorge Teillier y Eduardo Anguita, entre otros, no son de carácter monográfico. Cada autor es la pieza de un mosaico que se une a otro. Su inclusión no es una actitud de paternalismo, o mera simpatía intelectual, sino la evidente pasión del lector crítico que, con mirada justa y aguda, demuestra la importancia de recorrer los márgenes de nuestra tradición literaria para enriquecerla. A los llamados «marginales» se agregan Vicente Huidobro, Juan Emar, Enrique Lihn y Oscar Hahn, con lo cual la experiencia leída cobra sentido porque pone en perspectiva histórica la dimensión de lo que significa una lectura amplia y contemplativa.

El sentido de amplitud que el ensayista, creador y lector Lastra acentúa en los veintiséis trabajos reunidos en Leído y anotado es significativo, puesto que se borran los márgenes y, en ese amplio horizonte, las cartas, las charlas, los ensayos, las anécdotas, los encuentros y las imágenes se complementan y se enriquecen entre sí. Cada uno de los textos son lúcidos y exentos de obsesión terminológica, como los que versaron sobre Alejo Carpentier, Julio Córtazar, Vicente Aleixandre, entre otros. Al igual que los encuentros y conversaciones personales con Borges, Martínez Estrada, Arguedas y García Márquez son inmensamente reveladores. Son textos-voces que incitan a lo sensorial, a lo social, a lo conversacional. Combinan, de manera equilibrada, la interpretación placentera, sin juicios cerrados, ni lirismos inocuos, pues convidan a la lectura o relectura sin la obsesión de querer matar al padre creador (autor).

Por otra parte, a nadie debe extrañar la invocación de un referente literario al hablar de los trabajos de Lastra, máxime si consideramos que su obra es fundamentalmente la creación poética, de un personalísimo discurso, de una serie de motivos en los que el diálogo con otros vates ocupa el lugar de la pluma y en los que las imágenes cumplen la misma función que las oraciones, por lo que su poesía, sin perder su peculiaridad metafórica, es también la entronización de una sintaxis visual. Prueba de ello son los trabajos dedicados a Huidobro, Teillier, Cáceres, Hahn, Lihn y Aleixandre –y en los que no es difícil advertir una solución de continuidad estética, sólo que las diferentes etapas del discurso no constituyen frases aisladas sino que la filiación que les da vida y sentido conforman unidades interrelacionadas por una idea central, evidente incluso en el rotundo timbre literario de los títulos de los ensayos.

 Sin embargo, Lastra, sin anular el parentesco, parece inaugurar una nueva tradición en su obra. Hay, ciertamente, una voluntad unitaria, aunque aquí las veintiséis piezas del mosaico gozan de una autonomía ostensible: son, más que nada, estados de ánimo, fluctuaciones de sentido, instantes irrepetibles de esa vasta convulsión que precipita el placer de la lectura. Son veintiséis aspectos de la profunda y nunca del todo agotada dignidad del proceso creativo.

El libro es realmente el ensayo al día. No del anquilosado ensayo, con nostalgia de tratado, cundido de citas y de párrafos sin respiración; ni muchos menos el discurso ortodoxo, constitucional, posmoderno, en el que el afán de sustentar hasta las minucias, obvias o no, rápidamente nos libera del deber de proseguirlo. Finalmente, creemos que la gran lección de Lastra es que sólo la lectura atenta y constante proporciona y desarrolla plenamente una personalidad autónoma. Dicho de otra forma, Leído y anotado nos recupera la esperanza de ser mejores lectores e intérpretes de nuestra tradición literaria.

 * Pedro Lastra. Leído y anotado: Letras chilenas e hispanoamericanas. Imágenes/encuentros, Santiago de Chile, Ediciones LOM, 2000.