228
 

¿?

Reinier Pérez- Hernández

Tras ocho movimientos en el tablero, el Rey se enroca: sale de su casilla y se desplaza hacia la  esquina, dando paso a la torre. Las piezas contrarias se dan cuenta de que hay una estrategia, pero no pueden adivinarla. (Debilidad del contrario.)

Con una producción literaria que lo ha distinguido no sólo como un inquietante fabulador de novelas cortas, 1 sino también como uno de los escritores más sobresalientes de su país y de la América Latina, y después de escribir La orilla africana, ambientada en Marruecos, Rodrigo Rey Rosa ha vuelto, literariamente hablando, a la tierra natal con la aparición de Piedras encantadas, novela cuya estructura narrativa alberga, en mínimos y precisos movimientos, una brevísima trama que tras su sencillez e ironía esconde complejos resortes humanos e inhumanos.

La torre cubre ahora la distancia que lo separa del centro del tablero. Uno de los peones del contrario se adelanta. Los caballos buscan el asalto, mientras que la Reina se dispone al jaque. El jugador contrario se inquieta, se pregunta qué podría pasar en ese juego cuyo final no logra columbrar. (Evidentemente, es un mal jugador.)

Lo que consiste en una sucesión de piezas narrativas para construir el argumento policial, no deja de ser el relato del desencuentro de un hombre que, tras varios años de ausencia, regresa a su país. Para Joaquín Casasola, la tierra y la realidad son tan impalpables que tendrá que repetirse que en Guatemala el teléfono móvil es un celular, que el automóvil es un carro y que los graffiti son pintas: «Estás en la ciudad de Guatemala. No lo olvides» (p. 12). Ahora bien, en ese mundo lejano y cercano, en ese mundo de ricos y pobres, de vicios y virtudes –de más pobres que ricos y de más vicios que virtudes–, en ese bien o mal estructurado sistema social que representa la novela, se desenvuelve la acción. Es el mundo de los niños de la calle, el de los abogados que con una llamada, una conversación y un apretón de manos resuelven los asuntos, el de los que no pudieron ser lo que quisieron porque el medio en que vivieron frustraron sus deseos, el de las familias que han hecho su fortuna con «sudor (y algunas gotas de sangre)». No se requiere de mucho esfuerzo pa-ra la leer la novela; y mucho menos se le necesita para, una vez acabada, advertir la indiferencia humana o, más que eso, el marasmo que condena a ataduras físicas y mentales.

Con tal de lograr que el sistema muestre sus fisuras, sus grietas estructurales, Rey Rosa se aprovecha del género policial y concibe una novela en la que un inspector, un caso, un crimen y un misterio a resolver la van hilvanando. Pero no es en la sordidez y en la corrupción, que aparecen durante la investigación, donde se fractura el sistema. El sistema ya está con grietas, petrificado, y ellos más bien son posteriores a la fractura social a que conduce la apatía o la inmovilidad humanas. (Como si la sociedad estuviera edificada sobre una base rocosa, pétrea.)

Por eso, en lo que está escribiendo Rey Rosa no importa que el crimen sea descubierto, que los verdaderos o falsos móviles sean revelados, que la verdad y nada más que la verdad se haga del verbo y se anuncie a bombo y platillos: Ecce homo criminalis ¡¡¡He aquí la causa del crimen!!! Cuando piezas clave como la víctima (un niño), el inspector (Rastelli) o los victimarios (la madre y el padre adoptivos del niño, una banda de mafiosos que se quieren vengar de éstos, o el causante real del accidente, es decir, el que atropelló al niño) son sacados de la trama, cuando la solución del conflicto, o del enigma, queda solamente dentro del campo de lo posible, o cuando el argumento y los elementos que lo construyen quedan fuera del juego narrativo, sólo sobrevive la voz silenciosa (¿y muerta?) del protagonista: 

–El aire guatemalteco es tóxico –dijo él. (¿Tal vez eran los gases emitidos por tantos volcanes?)–. La gente que vive aquí es como de piedra, es gente muerta [p. 121]. 

A la que se suma la de la mujer que ama:  

–Vos y yo –dijo ella [...]– ¿también estamos muertos?

[...]

–No creo que estemos muertos, no todavía.

–¿No?

–Para nada.

Ella dejó a un lado su copa.

–Mas yo diría sin embargamente –se sonrió con desenvoltura inesperada– que vos ya te estás poniendo tieso.

–Como de piedra –dijo él.

Ella lo tocó.

Era verdad [p. 124].

 Así concluye lo que a mi juicio ha sido una concatenación de sugerencias, de insinuaciones narrativas que definen la novela dentro del campo del silencio; su escritura, desmedidamente concisa, está marcada por él. Rey Rosa ha sido capaz de manejar varias lecturas, un abanico de posibilidades con las cuales construirla: desde hacer creer que se encontrará ante una historia de niños vagabundos, hasta indicar que todos, niños y adultos, mujeres y hombres, son víctimas de una apatía y un sopor que los inmovilizan, que no los dejan actuar, o que provocan que, si actúan, terminen en el sueño eterno. 2

Las piedras encantadas causan el asombro, la estupefacción y el vacío en la lectura. ¿Asombro, vacío, petrificación? ¿Petrificación? Completa intranquilidad que se percibe no sólo a través de la concepción y de la escritura del libro, marcada por el ritmo cortado de capítulos autónomos, sino también a través de la creación de una siniestra y tóxica atmósfera (los sucesos ocurren en veinticuatro horas, un día de fiesta marcial que celebra la «dudosa» independencia nacional, con aviones y helicópteros sobrevolando la ciudad) que detalla la sordidez de la sociedad. Al cerrar el libro, se tiene la sensación de que algo falta, de que algo no comple-  ta la historia o de que... Hay un silencio significativo –la mudez de la piedra– que se reitera y que, intencional o no, hace dudar de todo lo leído, como si ese mundo narrado estuviese vedado, como si todo no fuera más que una fábula, una triste fábula del hombre.

«Era verdad», la frase con que cierra el libro y con la cual la filosofía del lenguaje y aun la gramática generativa y la funcional podrían aprovechar para sus paradigmas, es la clave de esa duda que cubre a toda la novela. Es, sobre todo, la mortífera mirada de una Gorgona transportada al verbo.

Para algunos podría ser una escritura maestra; para otros, todo lo contrario. Entre éstos últimos se encuentra Jorge Carrión, quien sostiene que es un desencanto: «Rey Rosa ha publicado su mejor prólogo y su peor novela», un fallo, un desarrollo inarmónico, una inflexión en su obra narrativa, una obra que podría dar mucho más… en fin, un guión, boceto o el esbozo de una novela que no se ha terminado. Los otros, en cambio, la aprecian como una «soberbia lección de escritura» (Gustavo Guerrero); un «sobrio relato» (Masoliver Ródenas); una «historia de enigmas, concisiones y elusiones –habitual en este espléndido narrador» (Javier Aparicio Maydeu). 3

Al final, la novela aporta múltiples lecturas e interpretaciones. Pero, si entre los objetivos de Rey Rosa no estuvo el de abrir los horizontes de la lectura, despejando lo evidente y apuntalando, sobre todo, la incógnita, los vacíos, los silencios, las omisiones narrativas con las que se sugiere, más que una respuesta, una interrogante fatal, entonces se apresuró y mandó a la imprenta un libro inacabado (aunque original).

Se van acercando lentamente la dama y la torre. Esta última crea una barrera que inmoviliza al contrario. El jaque es inminente. La dama se posiciona cerca. En dos o tres movimientos aparecerá el mate. El Rey, desde su esquina, observa la caída del contrario, que no pudo salvarse ante el poder mortal de su dama, su torre y su alfil juntos. Pronto habrá otra partida, más o menos breve, en la que las piezas se muevan según las estrategias del juego. (La suerte está echada.) Hasta tanto, la duda cultivada será respondida. Y habrá otro perdedor u otro ganador en este tablero. ¿Será verdad?

 * Rodrigo Rey Rosa: Piedras encantadas, Barcelona, Editorial Seix Barral, S.A., 2001.

1 Entre las obras por las cuales ha merecido ese prestigio menciono, en orden aleatorio que no implica ninguna jerarquía, Lo que soñó Sebastián, Que me maten si..., El cojo bueno, La orilla africana.

 2 Al margen de lo que digo, hay la tentación de articular una ligera pregunta: ¿Hablan los muertos, los que tuvieron el coraje de enfrentar la injusticia y la corrupción social pero que fueron sacados de ese juego en el que si estás contra la corriente... no te duermas que te lleva? Es como si desde un limbo sublimado hablaran esas voces, ya muertas y petrificadas, encantadas piedras.