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Nuez con Guillén*

Luis Toledo Sande

La valoración total de la obra plástica producida hasta hoy por René de la Nuez, si es que totalidades tales son alcanzables, se halla lejos de estar concluida –lo que entre sus causas tiene una feliz: esa obra está aún en marcha–, y seguramente encasillarlo como caricaturista sería, como suelen ser los encasillamientos, un comodín injusto. Pero no son pocas ni menudas las razones para suponer que su nombre remite por derecho a los dominios de la caricatura (y, en general, de ese dibujo que, gobernados por la manía de simplificar las cosas, solemos echar en el enorme y complicado saco del humor). En esos serios dominios hizo de las suyas con El Loquito, personaje que plantó coraje durante lo más cruento de la tiranía batistiana y completó una tríada iniciada por Liborio, de Torriente, y llevada a tensión cenital por El Bobo, de Abela. Desde luego, aparte de no ser quien suscribe el más autorizado para hacerlo, ahora no viene al caso ni siquiera amagar con el esbozo de una historia que todavía podrá reservar espacio para la exégesis atenta, pero se ha estudiado ya con amplitud y hondura.1

Esa historia está marcada tanto por la frustración de la etapa republicana que siguió a la intervención yanqui de 1898, y se inició formalmente el 20 de mayo de 1902, como por las luchas para vencer semejante frustración y salvar, junto con la nación, el ideal republicano. Ambos habían sido fraguados y defendidos desde antes de 1868 con un rico caudal de ideas y con una tenacidad combativa que libró a Cuba de ser, más (mejor dicho, menos) que una República neocolonial, una colonia. Al final de ese tramo, El Loquito podría constituir lo más perdurable de Nuez, la base de su reconocimiento popular. Pero la victoria que permitió fundar una República independiente y con capacidad para su automejoramiento llegó cuando el artista, nacido en 1937, entraba en plena juventud y se hallaba en el esplendor de sus ímpetus creativos. A partir de 1959 desarrolló durante décadas un intenso quehacer, que se extiende hasta hoy, y en él ha cosechado frutos entre los cuales se halla la serie Los Barbudos, considerada un emblema del pueblo cubano. Esa parte de su trayectoria se ha podido apreciar, sobre todo, en el semanario Palante, que incluso dirigió, y en el diario Granma, donde, en su particularidad, el aporte que dio a la crónica de la Revolución Cubana pudiera compararse tal vez con el de Carlos Puebla en la música.

Ése es seguramente el desempeño por el cual lo identifican sucesivas generaciones de cubanos, muchos de cuyos integrantes quizás ignoren, lamentablemente, la existencia de El Loquito; no hablemos de otras zonas de su labor plástica menos beneficiadas por la publicidad. En la inauguración de Son motivos alguien que me dijo conocer a Nuez desde hace unos cuantos años –aunque seguramente no de modo directo en el propio medio artístico–, me expresó también su asombro ante los dibujos mostrados, y ni noticia tenía de aquel personaje fundamental nacido en el semanario Zig-Zag.

Por lo que respecta a la exposición que estas líneas saludan, vale decir que, desde los primeros años de trabajo de Nuez en la Revolución triunfante, el generador visible de sus nexos con Nicolás Guillén fue la caricatura. En ello podía estar pensando Iván de la Nuez, hijo del pintor, cuando en las palabras para el catálogo de Son motivos apuntó: «Esa relación entre Guillén y Nuez proviene desde principios de los años 60, se reafirmó con una exposición como El tema popular, y continuó con una amistad que siempre se prometía este encuentro y, por una u otra razón (una de ellas, posiblemente, la idea de que no vamos a morir jamás), siempre lo postergaba, hasta el punto que pareció ya imposible con la muerte del poeta.» El propio Nuez, a quien le agradezco testimonio verbal sobre esos vínculos, recuerda cómo Guillén le insistía en que introdujera textos en sus caricaturas.2

Todo eso ha llegado a la exposición del artista en la Casa de las Américas. En las piezas reunidas en Son motivos –tanto los pequeños cuadros como los dibujos de mayor despliegue hechos directamente sobre las paredes de la Galería Latinoamericana a manera de ambientación viva, integrada al conjunto– se impone el pulso de la caricatura: no precisamente el de un tipo de caricatura como aquella, de rasgos a la vez festivos y reveladores, con que el maestro Juan David retrató la persona(lidad) del poeta. Varias citas del propio Guillén le sirven a Nuez de motivos para sonear sobre parcelas de la imaginación y de la realidad, y ese propósito lo explicita el papel de pauta musical usado en los dibujos de pequeño formato: lo explicitaría aunque el origen inmediato de tal uso se hallara quizás en la carencia o escasez de otro material, y en las circunstancias vividas por el país semejante solución también rendiría homenaje al patriota y poeta de fibra popular.

Pero la muestra –que nació con el estímulo del centenario del autor de West Indies Ltd.: casi todos los dibujos están fechados, y llevan como fecha el año 2002– no intentó, ni en rigor estaba forzada a intentarlo, vérselas con todo Guillén, en cuya obra el son entero desborda títulos y otras contingencias editoriales y bibliográficas. Para él, los acordes soneros fueron una vía por donde adentrarse en el habla popular y en las ganancias del folclor; pero también, o ante todo, en el corazón del pueblo, y para contribuir a la conjunción plena, no estática, de la sabiduría y los ideales de éste con la cultura –llamémosla de algún modo– elaborada. Logró así una sinfonía mayor y múltiple, irreductible a baile y risa: una sinfonía en la cual laten rebeldía, desgarramientos, pasiones y esperanzas. En esa conquista se irguió, se yergue, el Guillén elegíaco, el de la profunda seriedad civil y el de los grandes poemas de amor: en suma, el Guillén que no se limitó a recoger –y eso también hizo con gracia– fraseos de un determinado sector de la nación. No le bastaba que la paloma fuera popular: debía tener buen vuelo, y no por casualidad se le ha llamado Poeta Nacional y sigue dando estímulos para acercamientos diversos, como el de Son motivos.

La dimensión nacional de Guillén –a la que su obra es fiel, sin reducirse a ella, dado su logro de universalidad– se aprecia en su tributo al idioma. Su voz se nutrió de las ganancias que podían venirle de los distintos cauces confluentes en la formación de la nacionalidad cubana; pero el poeta no intentó crear ni habitar un gueto expresivo. Su asimilación de los elementos de origen africano fue eso, asimilación legítima, no recortería para calzar apariencias. Por otra parte, el sabor africano de algunos de sus arranques lexicales pudiera venir más del ambiente sonoro generado en el país por las fuentes de su integración cultural que del conocimiento específico de lenguas africanas. Eso no descarta la posibilidad de que también le llegaran elementos conservados por los herederos de los africanos introducidos en Cuba como esclavos, elementos que, lejos de seguir una vía «racial» de excluyente «pureza», se acrisolaron junto con los demás ingredientes del mestizaje cultural, en un camino que dejó en Guillén resonancias profundas.

De lo que no hay dudas es de que el poeta se expresó, con maestría, en español, lengua que pertenece en igualdad de derecho tanto a la otrora metrópoli en la cual surgió como a las naciones que fueron sus colonias y se emanciparon de ella. Todas esas naciones, cada una con su rostro distintivo –diverso en sí mismo, y determinado, según el caso, por aportes originarios de ellas, así como africanos y de otras partes del mundo–, hace tiempo que también le aportan al idioma no sólo el noventa por ciento de los hablantes y algo parecido en cuanto a soporte geográfico: tal relación ha venido manifestándose asimismo –tras el fermento y los logros en que sobresalieron José Martí y Rubén Darío– en lo tocante a grandes creadores literarios. Eso explica, y no a otro nivel, la reconocida hispanidad de Guillén, quien no se enquistó en localismos esterilizantes: su amplitud, su ansia de mundo, le proporcionó una gran capacidad de diálogo, en vivo o en la distancia, con pariguales suyos y con públicos de diversos ámbitos.

La poesía de Guillén merece ser rescatada, salvada no únicamente de un olvido que nos empobrecería, sino igualmente de los efectos deplorables de enfoques reduccionistas y de una machaconería que pretendió ser beneficiosa para su obra: de hecho, cuando no de intención, resultaba hasta excluyente. Las consecuencias pudieran valorarse por contraste con lo que han beneficiado a otros autores las medidas interdictivas. Desde luego, el rescate de Guillén exige lealtad a su vocación revolucionaria.

En casos como el de Nuez, cuya contribución proviene del afán combativo, faltar a esa lealtad sería no menos que traición. Es natural, pues, que el pintor haya querido ofrecer su tributo al poeta desde una tesitura fiel a la amistad que los vinculó, y al espíritu y al entorno en que a ella no solamente le cupo acendrarse, sino le cabe continuar viva en el ejemplo y la victoria de quien sigue su camino sin doblegarse al llamado de la muerte. Sería incongruente con el Guillén esencial un «rescate» intentado para complacer perspectivas –¿serán perspectivas de veras?– que de algún modo exigirían «perdonarle» al poeta su posición política, o pasarla por alto. Para semejante canon, al menor asomo de vocación revolucionaria le está vedada en la literatura toda manera de expresarse con eficacia estética; por el contrario, las actitudes de derecha o contrarrevolucionarias, o al menos acercables a tales posiciones, o confundibles con ellas, pueden, curiosamente, no ser manifestación de politicismo, sino garantía para la exquisitez literaria (y habría que añadir lo concerniente a otras áreas creativas).

Nada, que Vladimir Maiakovski acabará siendo proclamado –si no lo es ya– ejemplo de lo burdo inaceptable, mientras que ni una sombra de duda interfiere en el reconocimiento de Rudyard Kipling como el modelo que es de elegancia expresiva. A Maiakovski no se le podrá perdonar su servicio al socialismo; pero, en cambio, sería una falta de urbanidad ponerse a recordar las concepciones violentamente imperiales y racistas de Kipling, sintetizadas en sus ideas sobre «la carga» o misión «civilizadora» del «hombre blanco». A Martí, que tuvo el mal tino de ser hasta antimperialista, que se distinguió por su posición ética y por la consecuencia entre la palabra y la acción, y nadie podrá negarle por las claras –sino tratar de hacerlo por las oscuras– su condición de gran escritor, habrá cuando menos que vaciarlo de carne y de espíritu, reducirlo a mera cáscara sin el encanto de la modernidad imperial. ¿Por qué extrañarse, entonces, de que Cintio Vitier sea punto menos que un diablo (¡Dios, ayúdalo!: el Premio Juan Rulfo, que se le concedió cuando ya estas líneas estaban escritas, pudiera intensificar todavía más la rabia de sus detractores). Mientras tanto –para seguir entre autores relevantes–, Gastón Baquero goza del privilegio de que se le reconozca no solamente la altura de su poesía, sino algo parecido a la imagen de un ángel lírico a quien sería profanación vincular con la misma tiranía sangrienta que El Loquito enfrentó.

No es un crimen, pues, vincularse con la derecha, sino con la izquierda. Ésta ha sido acusada, con saña, de dogmatismos sectarios, y ciertamente es responsable de haber acudido no pocas veces a «soluciones» torpes al defenderse contra enemigos que por lo general la han superado en fuerza material, incluidos los recursos de difusión con que magnificar los actos menos felices que ella ejecute y tergiversar y satanizar hasta los pasos más acertados que dé. Pero parece que la izquierda resulta más apta para valorar gozosamente la grandeza artística de un creador, al margen de sus calamidades políticas: aunque no tenga por qué ignorarlas, ni por qué disimular su identificación extrartística con la posición política de creadores como Guillén.

Tal es la identificación que en lo profundo cimenta la simpatía de Nuez por Guillén. A quien haya disfrutado su exposición en la Casa de las Américas le quedará la alegría que ella transpira: la alegría con que fue concebida y hecha realidad. Naturalmente, la lectura suele ser un acto de doble recontextualización: la exigida por las circunstancias en que el texto fue producido, y la que inevitablemente añade, con mayor o menor conciencia de ello, quien lee. De eso no escapan Motivos de son, Elegía a Jesús Menéndez, «Palma sola», «Tengo» ni ninguna otra página que se respete. Y huelga decir que al legado de un gran poeta lo caracteriza el poder de sugerencia, la capacidad para propiciar que la intención con que nos acerquemos a él se rebase a sí misma. En las palabras del catálogo, Iván de la Nuez se refiere al fuerte elemento visual de la poesía de Guillén, y señala que «no es casual» que éste ofrezca «“motivos” para una o más exposiciones. Más bien, lo sorprendente es que una obra de su magnitud y actualidad –baste recordar su prevención sobre la neocolonización que puede representar el turismo, el racismo implícito en la folclorización de las culturas, o el peligro que contiene la victoria de la entidad colonial sobre las pulsiones modernas– no haya sido más atendida».

El veedor –y lector, dada la presencia de textos– tiene esas y otras posibilidades de inferencia en Son motivos. Así puede ocurrir, por ejemplo, tanto en lo relativo a componentes étnicos del país y a su folclor, como a elementos de la propaganda mercantil. Con frecuencia unos y otros han sido objeto de tratamiento indeseable, pero que puede sobrevivir donde menos se espera, y, desde luego, siempre que de algún modo se prolonguen males como los que Guillén repudió en sus sones para turistas. Sin embargo, en la exposición dichos elementos no se perciben asumidos con el gesto de alerta que propone el catálogo, sino, más bien, como sostén del despliegue plástico, marcado por el regocijo con que el artista escogió y recreó sus motivos.

El mercado y la banalización que suele acompañarlo han hecho mucho, muchísimo, para que la actitud del viajero atento e indagador sea sustituida por la del turista de vínculo somero con paisajes y ambientes. Pero ello no autoriza a suponer que el culto Guillén rechazara cerradamente, sin salvedades, toda práctica turística, incluida la que hoy crece en Cuba, aunque a ésa todavía le quede mucho por afinarse en distintos sentidos, señaladamente en el cultural. Y es algo que urge, pues el turismo resulta ineludible para la salvación económica del país.

Tampoco parece sensato considerar que aislarse del mundo, o armarse únicamente de recursos teóricos más o menos académicos, son soluciones eficaces frente a los peligros de la colonización cultural. En auxilio de ella acuden con frecuencia los deslumbramientos modernómanos, las seducciones materiales y el ansia de erudición que en la práctica se desentienda de raíces y posiciones verdaderamente emancipadoras. Pero, a menudo, abrazar estas posiciones tiene el precio de quedarse sin el reconocimiento de quienes capitalizan recursos bastantes para asegurar ciertas ventajas individuales –de imagen, y aun de otra índole– reservadas para quienes asuman posiciones contrarias a aquéllas. Sí: sucumbir a la colonización o vencerla es cuestión de actitud, no de fórmulas; de hechos, no de palabras.

En cuanto a la exposición de Nuez como estímulo para conocer mejor a Guillén, el arte tiene sus propias facultades, y es natural que Son motivos suscite sugerencias que la desborden. La búsqueda de actualización en el lenguaje, y el momento en que Nuez ha creado y exhibe esta parte de su obra, favorecen que ni la recreación plástica ni los textos escogidos queden anclados en la época en que Guillén escribió las páginas de donde el pintor extrajo fragmentos para recrearlos. Cada quien podrá cuestionarse, a su juicio, hasta qué punto la aludida búsqueda de actualización conduce a logros propios de la altura del quehacer con que desde hace décadas Nuez enriquece la plástica y el buen humor del país; y en qué medida se cuelan por entre los aciertos y el buen espíritu de Son motivos elementos que, en su propia alegría, pudieran tomarse como guiños para complacer al público: en todo caso, se nota que, en su sinceridad, complacen al dibujante. Y no todos los días se le prodigan a un artista, por extraordinario que sea, los logros que al paso de los años forman la antología por la cual se le podrá recordar: cuando se le recuerda, como ocurrirá con el autor de El Loquito. Los abordajes más radicales del enfoque de género, por ejemplo, pudieran rechazar esos momentos en que, aunque la definida personalidad de Nuez no se difumine, parecería que estuviéramos ante un diálogo, un pulseo intertextual –¿habrá que decir interdibujal?– que en la búsqueda de trasgresión emula con otros contemporáneos, como el Wilson de las exitosas, discutidas y memorables Criollitas.

Nuez, que por méritos propios se inscribe entre los creadores insoslayables de la plástica cubana, se basta, él solo, para lograr su obra. No únicamente hemos de agradecerle su voto de lealtad personal a Guillén, y el contagioso regocijo que trasmite al plasmarlo, sino asimismo el deseo de contribuir a que se mantenga vivo en la memoria y en la querencia colectivas un legado poético marcado por la diversidad y la riqueza, y por la coherencia. Un camino puede conducir hacia la totalidad, y Nuez ha hecho lo suyo: no hay por qué reclamarle que haga lo que corresponde hacer entre muchos, o entre todos. Con Guillén, además, siempre habrá razones, motivos, para la sorpresa. Su plena apropiación sólo podrá alcanzarse si se asumen acertadamente sus múltiples zonas, sin atascarse en ninguna de ellas, que son partes de su son entero. Presencié el alborozo con que una adolescente que gozaba del privilegio de tener en sus estudios preuniversitarios una buena profesora de literatura –quien la ayudó a vencer las secuelas de una torpe y trunca difusión de la obra del poeta–, volvió de la escuela a su casa exclamando: «¡Yo no sabía que Nicolás Guillén había escrito poemas tan lindos!»

 

La Habana, domingo 7 de julio de 2002

 

* A propósito de Son motivos, exposición de René de la Nuez inaugurada en la Galería Latinoamericana, de la Casa de las Américas, el 28 de junio de 2002, como parte del programa del Encuentro Internacional Dulce María Loynaz, Nicolás Guillén y la poesía hispánica del siglo xx, organizado para honrar, juntos, a esos dos creadores cubanos. [Ver «Dulce María Loynaz y Nicolás Guillén, centenarios», en «Recientes y próximas de la Casa». El presente artículo se ilustra con obras de la exposición reseñada. (N. de la R.)]

 

1 Cf. Adelaida de Juan: Caricatura de la República, La Habana, 1982; 2da. ed., 1999.