Cuellos blancos
Méndez Vides
Era
apenas un niño cuando el cura director llegó a pedirme
para Dios. Llevaba puesta la sotana negra de siempre, el cuello
blanco que le apretaba la papada, los lentes gruesos como fondos
turbios de botella. Esa noche de clausura yo parecía un
general con el pecho cruzado de medallas: la tan cotizada de excelencia,
la de honor y la que contemplaba todas las virtudes, religión.
El fraile hablaba con un tono bondadoso, pero reclamando autoridad.
–Es para Dios –dijo acariciándome
la cabeza y tratando de adivinar el motivo de la actitud cautelosa
de mi madre, amparada en la sombra del zaguán.
–Dios me lo ha quitado todo siempre –dijo
ella negando con movimientos de cabeza.
Acababa de ser la clausura del ciclo escolar, el
adiós a la educación elemental en un acto muy emotivo
en la sala inmensa del cine Imperial. A medio acto me había
correspondido declamar el poema de Darío que dice «dichoso
el árbol que es apenas sensitivo». La gente aplaudió.
Mi madre y mi hermana estaban sentadas en la última fila
y fueron las primeras en abandonar el cine, cabal cuando entonamos
emocionados los primeros acordes del himno del colegio. Me esperaron
afuera, sentadas en una banca del parque, lejos del convite de
tropezones y saludos. Yo salí como huérfano con
mi traje azul marino de mariscal. Las busqué en todas direcciones
hasta divisarlas detrás de unas matas frente al palacio
de gobernación, escondidas al lado del tronco carcomido
de un árbol de mostaza. Mi hermana me hizo señas.
Atravesé corriendo la calle.
–¿Les gustó el poema? –pregunté
ansioso.
Dijeron que muy bien pero mi madre me reprendió
por hacer tantos ademanes.
–Es un poema lindo –dijo–, pero
muy triste, todos van a figurarse que no eres feliz.
Yo creía entonces que para quedar bien con
el público bastaba con escoger piezas tristes o románticas,
limpias, de las que emocionan a todos por igual.
–Fuiste quien más medallas obtuvo –alardeó
Esmeralda, mi hermana, abrazándome con fuerza.
Las dos se parecían tanto. Mi madre llevaba
puesto un vestido amarillo con corbata verde. Esmeralda tenía
los labios pintados, zapatos de tacón y la falda muy corta.
Me llevaron tomado de la mano hacia el barrio de la Escuela de
Cristo, por las calles solitarias y poco iluminadas de La Antigua.
Los demás prendieron los motores de los autos,
se subieron en taxis y se marcharon hacia los puntos acordados
para las fiestas. Nosotros no. El restaurante del chino Emilio
retumbaba. Esa noche se acabarían temprano las corbatas
con miel expuestas en la vitrina que daba a la calle, junto a
la máquina de las palomitas de maíz. En el Club
Esfuerzo se aglomeraba la gente con sus invitaciones en la mano,
ellos de traje oscuro de tres piezas, ellas con vestido largo
y peinados de figurín de revista, los estudiantes con los
ojos muy vivos, todos atraídos por la música jubilosa
de la marimba.
–Nada de ágapes –había
sentenciado mi madre como condición previa para acudir
al acto.
Frente a la casa estaba esperando el cura dentro
del auto. Al vernos llegar descendió de los cielos y se
ubicó debajo del foco, para que supiéramos bien
que se trataba de él, como santo con el aura de oro brillándole
prematuramente.
–Lo hemos estado observando y el muchacho
tiene madera –dijo el hermano de pie en la puerta, porque
no lo invitaron a pasar adelante.
La calle estaba débilmente iluminada por
el alumbrado público. Recargados en el poste más
cercano observaban la película mis compañeros del
equipo de fútbol, atentos a todo lo que acontecía.
Uno fumaba.
–Yo no podría pagar por su aprendizaje.
Yo casi pedía a gritos que me regalaran a
la Congregación, no era un asunto de fe ni un anticipo
de esa tendencia mía a estarme moviendo de un lado al otro,
de un país a otro, de un oficio a otro, sino quizá
lo que yo quería era escapar de la vida que llevaba entonces,
contando vueltos, yendo una vez al mes a cobrar a Guatemala la
mesada paterna siempre insuficiente obligada por ley, mermada
por los boletos del autobús La Preciosa. Quizá en
eso me fijé después, porque lo económico
no tenía entonces sentido alguno. Tal vez lo que más
me atormentaba era la visita dominical al padre, al caserón
enorme, con el inmenso sitio detrás donde nos aislábamos
cuando el sujeto cerraba la puerta de su habitación para
evitarnos. Los dos hermanos jugábamos a las escondidas
o al sexo, dependiendo del clima. No contábamos en casa
lo que pasaba para ocultar la vergüenza, porque no tenía
lógica. Y todavía fue peor cuando se decidió
que antes del colegio debíamos pasar a dicha casa por las
mañanas a tomar el desayuno. Llegábamos con hambre,
nos sentábamos en los extremos de un tablón de cocina,
donde nos servían el pan dulce y la taza de café
ralo de olla como a mendigos. Yo me entretenía lastimando
a un perro viejo que se dejaba patear. Todos se daban cuenta pero
no se atrevían a corregirme. Ahora me gusta el café,
pero entonces lo detestaba. El colegio quedaba cerca. Cristo era
el padre verdadero. Los curas me fueron explicando la Historia
Sagrada paso a paso. David y Goliat. Todo era posible.
–Que se haga lo que él quiera –dijo
mi madre.
El cura pensó que ella se refería
a Dios, pero en realidad mi madre estaba refiriéndose a
mí, quería que fuera yo quien decidiera.
No se pudo entonces y tuve que seguir esperando
el momento apropiado para la admisión, pero los domingos
me los pasaba ahora en compañía de los religiosos.
Ayudaba en la misa, me temblaba la mano en el ofertorio, tocaba
las campanas al momento de la consagración, comulgaba en
estado de éxtasis. Aprendí a vivir de rodillas.
Se me salían las lágrimas cuando repetía
en voz baja «no soy digno de que entres en mi casa».
Yo quería a los hermanos y ellos me aceptaron como uno
de los suyos. Por fin tenía un hogar.
Mi ingreso fue como cambiar de casa para siempre.
El dormitorio común daba a una porción de cielo
a través de los barrotes y, de noche, mientras escuchaba
el ritmo acompasado de la respiración de mis compañeros,
observaba emocionado el brillo de los astros. Había roto
con la vida vieja. Por las tardes estudiaba en un inmenso salón
en cuyas paredes habíamos copiado con un pantógrafo
los cuadros más conocidos de Picasso. A través de
las altísimas ventanas con balcón a la calle, miraba
por las tardes los fragmentos de rostro de las dos mujeres, sangre
de mi sangre, empinándose para poder verme aunque fuera
de lejos. Yo me hacía el disimulado y me concentraba más
en el estudio, porque tenía prohibido saludarlas fuera
del tiempo que se me había asignado. Sólo una vez
al mes, en visita puntual de fin de semana. Con eso debía
de ser suficiente.
–Es mejor que no tengas mucho contacto con
tu familia, porque su comportamiento puede hacerte daño
–me recomendaba el director, y yo, sin comprender
el sentido, igual obedecía.
Una vez al año me tendrían en visita
prolongada por varias semanas.
–Nadie puede responsabilizarse de la familia
que le tocó, pero hay que saber repudiarla a tiempo –agregaban.
Los hermanos estaban prejuiciando la condición
particular de mi origen, tal vez porque en casa se escuchaba música
de Agustín Lara y en el invierno se colaba el agua de lluvia
por los agujeros en las láminas oxidadas de zinc.
–Nos estás abandonando –dijo
mi madre antes de presionar el timbre de la puerta el día
que me marché para toda la vida.
Yo le expliqué que así lo mandaba
Dios.
–No es cosa del cuerpo sino del alma.
Esperamos junto a la puerta del aspirantado lasallista.
El hermano José fue quien abrió y me invitó
a pasar. Ellas querían seguirme pero yo las detuve, porque
me parecía mejor dejarlo así, sin sentimentalismos.
No me estaba muriendo, no entraba al cadalso, seguiría
en La Antigua, a pocas cuadras de distancia, donde bastaría
un grito desde el tejado para que estuviéramos en contacto.
Una vez al mes llegaría a visitarlas.
–Vayan con Dios –les dije.
Entendieron y me dejaron solo. Estaba empezando
mi propia vida, sin madre ni hermana Esmeralda, siempre penando
por su falda tan corta, rezando para que no se perdiera en el
mundo. Una vez al mes llegaría de visita y a recoger el
pago respectivo por mi manutención, porque no hay nada
gratis en el mundo ni en los asuntos de Dios.
Mi primera noche en el aspirantado fue inolvidable.
Entré a la enorme casa de amplios corredores, techos altísimos,
canastas con helechos de colas de quetzal con todos los tonos
del verde, colgando entre los pilares de madera, el patio con
las jardineras alrededor de la imagen de San Juan Bautista de
La Salle rodeado de niños de yeso aprendiendo a leer. En
el otro extremo de La Antigua seguirían viviendo las mujeres,
mi madre y mi hermana Esmeralda, mientras yo me dedicaba a Dios.
–¿Y ahora qué vamos a hacer
cuando se nos acabe el dinero? –me preguntó mi madre
para mortificarme mientras caminábamos por detrás
del Colegio San Luis.
Yo cargaba la maleta que por vacía era más
bulto que peso, pasándomela de una mano a la otra. Mi madre
tenía en el banco una pequeña herencia que iba gradualmente
disminuyendo. Ella había supuesto que yo sería su
tabla de salvación.
–Ahora la única esperanza es que me
gane la lotería.
Yo le dije muy serio que empezara a comprar todos
los meses billetes de la Santa Lucía, la lotería
de los ciegos, porque Dios nunca desampara.
–Entonces estamos fritos –dijo.
Esmeralda, que iba a su lado, la agarró fuertemente
del brazo para sostenerla, para servirle de báculo, y me
dedicó la peor mirada de su vida con los ojos encarnados.
«La ira es mala consejera», pensé. Lo que ellas
no sabían era que las dificultades reforzaban mi espíritu
de entrega.
–Yo tengo que seguir el llamado –dije
categórico.
El volcán de
Agua se miraba entero, muy próximo, como estuviera dentro
de la propiedad de la Congregación, a su lado el volcán
de Fuego sin vegetación, azul, con las llagas a flor de
tierra por causa del deslizamiento del magma ardiendo cuando entra
en actividad destruyendo casas y poblados. El magma llega a Barrancahonda,
un auto está pasando lentamente y el piloto no se ha fijado,
van dos adultos delante y los niños atrás. El ruido
los hace voltear a ver y descubren asombrados la turbulencia próxima
que los envuelve. Ni siquiera hacen el esfuerzo de tratar de salir.
Se dejan llevar por la sustancia ardiente que en segundos los
acarrea. Cae al vacío la sustancia de fuego llevando consigo
troncos y piedras, el chasis del auto, las manos estiradas de
oscuros familiares míos de quienes después de un
tiempo ya nadie dirá nada. Pusimos una cruz al principio,
junto al camino, y eventualmente les llegamos a rendir flores.
Sus cenizas estarán en el mar o dispersas a orillas del
río Guacalate. La siguiente vez el magma se llevó
la cruz improvisada.
–Desde aquí es impresionante la vista
cuando el volcán hace erupción –dijo el hermano
José.
Ya no iría con mi madre y mi hermana a presenciar
el espectáculo desde el parque, frente a la Gobernación,
sino desde ahora tendría mi propio mirador, para ver las
llamas jugando, la humareda, pensando en el infierno. Me imaginé
cubriendo con una lona las jaulas de los canarios para que la
ceniza no los matara.
El hermano José contó los canarios.
Les puso alpiste, les cambió el papel periódico
como lo hacía a diario y los trató de «hijos
míos». Descendimos luego por un caracol de ladrillo,
teniendo cuidado por el mal estado de las gradas.
–Aquí sólo subo yo o todos cuando
hay catástrofe, pero es un buen sitio para apartarse a
la hora de la meditación.
Desde la dichosa terraza se apreciaba toda la ciudad,
los techos de teja, el Arco de Santa Catalina con el reloj siempre
atrasado. Los muros en ruina de Santa Clara y el convento de Las
Capuchinas. Hacia el suroeste la media luna de los volcanes. De
noche aparecían entre los árboles los focos de los
poblados de indios. En Santa María de Jesús, el
poblado más alto en las faldas del volcán, se prendían
apenas unos escasos focos. Las casas sin ventana se iluminaban
por dentro con candelas y el reflejo del fogón.
El hermano José
me mostró la capilla, el comedor, el sitio donde quedaban
las duchas y los inodoros. Atravesando el segundo patio se llegaba
al dormitorio común. Era un salón inmenso con veintisiete
camas y veintisiete armarios con calcomanías del escudo
La Salle.
–Bienvenido seas.
Me indicó cuál sería mi cama
y cuál mi armario. Me correspondió al lado de una
ventana que podía abrir o cerrar a voluntad, lo que me
garantizaba el control. La ropa de cama olía distinto a
la del hogar, se respiraba cierta limpieza sabrosa. A través
de las rejas del balcón se veía el cielo despejado,
las estrellas, la luna llena que en esa ocasión alumbraba
de día. Respiré profundo. Me desvestí y estuve
con los ojos pelados observando el firmamento.
La noche anterior a mi partida la casa adquirió
un humor tétrico, mi decisión se percibía
como una especie de muerte prematura.
–¿Por qué nos abandonas? –me
preguntó por última vez mi madre, ya sin arresto
para cambiar nada.
Yo era apenas un niño pero ya tenía
carácter. Mi deber era seguir a Cristo ocurriera lo que
ocurriera. Yo estaba feliz en el dormitorio común, mirando
las estrellas. Apoyé la cabeza entre las manos abiertas,
disfrutando el inicio de mi nueva vida.
Años después, mientras todos dormían,
salí del dormitorio sin hacer ruido. Entré a la
capilla, que se mantenía siempre abierta, y me arrodillé
a orar. Junto al sagrario parpadeaba la luz permanente, un foco
rojo con figura de llama. Entonces tuve la revelación.
Fue como si la puerta del sagrario se abriera de repente y un
intenso resplandor brotara del copón celestial. El corazón
me latió fuerte, atropellante. Agaché la cabeza
y cerré los ojos con intensidad, las manos crispadas, una
sensación maravillosa de reposo me invadió. Cuando
los volví a abrir todo estaba como al principio. No había
soñado ni se trataba de una alucinación. Di las
gracias santiguándome. No conté nada a nadie, por
un lado temía que se burlaran, por el otro lado con saberlo
yo bastaba a mi vanidad dada mi nueva condición de elegido.
Pero igualmente, o por lo mismo, abandoné pronto mi misión
para emprender otra más descabellada.
–Hay que renunciar a tiempo al pecado original
–me dijo el confesor sin entender la angustia por la que
yo estaba transitando.
Semanas antes de mis primeros votos, renuncié
a la vida religiosa. Llegué a la oficina del director espiritual
a pedirle una tregua. Le dije que necesitaba pensarlo bien. Que
necesitaba tiempo.
El general Francisco Franco me miró disgustado
desde el cuadro colgado a las espaldas del fraile, era como si
estuviera traicionando su confianza al desertar. Tal vez pensaba
que sólo los hermanos ciento por ciento españoles
eran de fiar, que los mestizos americanos al final siempre íbamos
a fallarle. Una condición involuntaria, vulgar, producto
de la sangre. A su lado estaba el retrato del Papa Juan XXIII
pensando en otras cosas. Sobre el escritorio, un número
ajado de la revista Life mostraba a los primeros astronautas caminando
sobre la superficie lunar. Yo agaché la cabeza porque no
podía mirar al cura a los ojos.
–Ya me habían advertido que tú
ibas a traicionarnos tarde o temprano, que estabas fingiendo para
poder vivir a nuestra costa –dijo rencorosamente.
Sentí que el ataque era desleal e injusto,
yo realmente había amado esa vida, respetado hábitos,
disfrutado las autoflagelaciones y las largas jornadas de lectura
espiritual. Había tenido apariciones de Dios. Pero así
es la vida, con el dolor del alma me tenía que marchar,
ya no quería aquello. Buscaba algo más que no podía
descifrar. Yo era todavía muy niño cuando me llegaron
a pedir. No hay bautizo sin confirmación. Necesitaba otro
destino.
–Si te marchas ahora, vas a perder el alma
–me amenazó el cura.
–¿Pero si quiero regresar después
de un tiempo, encontraré las puertas abiertas de esta casa?
–Los que se van ya nunca retornan.
Pensé en David y Goliat. Nada podía
ser tan definitivo. Volví a casa cuando menos me esperaban.
Las paredes estaban sin pintar, descuidadas. Esmeralda se había
marchado y nadie sabía adónde exactamente. De vez
en cuando llegaban cartas suyas con cheques, sin remitente anotado.
En la Congregación yo había aprendido que el dinero
pervierte el alma, yo no quería nada de eso. Mi madre hacía
cuentas todo el tiempo, estirando un ahorro que se esfumaba. Ya
nadie me obligaba a ir a desayunar o a hacer visitas al fantasma.
Volví imponiendo condiciones. Arreglé la habitación
de Esmeralda, que sería de ahí en adelante sólo
mía; le boté sus cosas vanas. Limpié y ordené.
A la basura el esmalte de uñas y el cofre de los afectos.
Hice un bulto con papeles, fotografías de primos, ropa
y hasta pelo que había dejado guardado en sobres antes
de marcharse, y le prendí fuego. Mi madre se extrañó
por esa actitud. Me dijo que quemar pelo traía mala suerte.
–No es mío –me justifiqué.
Ahora la casa volvía a ser mi reino. Mi madre
agachó la mirada. Se sabía de memoria todos los
golpes y daños del piso cuadriculado, rojo y amarillo.
Aspiró profundo. Pensó que de nada había
servido mi ausencia. Los hombres llegan siempre al final exigiendo
buena conducta y sin aportar nada. Le pedí que me preparase
algo de comer, lo mejor del ganado, un chancho de sábado,
ron y aguacate, que llamara a los vecinos para celebrar. El hijo
pródigo había vuelto a casa.