228
 

Cuellos blancos

Méndez Vides

Era apenas un niño cuando el cura director llegó a pedirme para Dios. Llevaba puesta la sotana negra de siempre, el cuello blanco que le apretaba la papada, los lentes gruesos como fondos turbios de botella. Esa noche de clausura yo parecía un general con el pecho cruzado de medallas: la tan cotizada de excelencia, la de honor y la que contemplaba todas las virtudes, religión. El fraile hablaba con un tono bondadoso, pero reclamando autoridad.

–Es para Dios –dijo acariciándome la cabeza y tratando de adivinar el motivo de la actitud cautelosa de mi madre, amparada en la sombra del zaguán.

–Dios me lo ha quitado todo siempre –dijo ella negando con movimientos de cabeza.

Acababa de ser la clausura del ciclo escolar, el adiós a la educación elemental en un acto muy emotivo en la sala inmensa del cine Imperial. A medio acto me había correspondido declamar el poema de Darío que dice «dichoso el árbol que es apenas sensitivo». La gente aplaudió. Mi madre y mi hermana estaban sentadas en la última fila y fueron las primeras en abandonar el cine, cabal cuando entonamos emocionados los primeros acordes del himno del colegio. Me esperaron afuera, sentadas en una banca del parque, lejos del convite de tropezones y saludos. Yo salí como huérfano con mi traje azul marino de mariscal. Las busqué en todas direcciones hasta divisarlas detrás de unas matas frente al palacio de gobernación, escondidas al lado del tronco carcomido de un árbol de mostaza. Mi hermana me hizo señas. Atravesé corriendo la calle.

–¿Les gustó el poema? –pregunté ansioso.

Dijeron que muy bien pero mi madre me reprendió por hacer tantos ademanes.

–Es un poema lindo –dijo–, pero muy triste, todos van a figurarse que no eres feliz.

Yo creía entonces que para quedar bien con el público bastaba con escoger piezas tristes o románticas, limpias, de las que emocionan a todos por igual.

–Fuiste quien más medallas obtuvo –alardeó Esmeralda, mi hermana, abrazándome con fuerza.

Las dos se parecían tanto. Mi madre llevaba puesto un vestido amarillo con corbata verde. Esmeralda tenía los labios pintados, zapatos de tacón y la falda muy corta. Me llevaron tomado de la mano hacia el barrio de la Escuela de Cristo, por las calles solitarias y poco iluminadas de La Antigua.

Los demás prendieron los motores de los autos, se subieron en taxis y se marcharon hacia los puntos acordados para las fiestas. Nosotros no. El restaurante del chino Emilio retumbaba. Esa noche se acabarían temprano las corbatas con miel expuestas en la vitrina que daba a la calle, junto a la máquina de las palomitas de maíz. En el Club Esfuerzo se aglomeraba la gente con sus invitaciones en la mano, ellos de traje oscuro de tres piezas, ellas con vestido largo y peinados de figurín de revista, los estudiantes con los ojos muy vivos, todos atraídos por la música jubilosa de la marimba.

–Nada de ágapes –había sentenciado mi madre como condición previa para acudir al acto.

Frente a la casa estaba esperando el cura dentro del auto. Al vernos llegar descendió de los cielos y se ubicó debajo del foco, para que supiéramos bien que se trataba de él, como santo con el aura de oro brillándole prematuramente.

–Lo hemos estado observando y el muchacho tiene madera –dijo el hermano de pie en la puerta, porque no lo invitaron a pasar adelante.

La calle estaba débilmente iluminada por el alumbrado público. Recargados en el poste más cercano observaban la película mis compañeros del equipo de fútbol, atentos a todo lo que acontecía. Uno fumaba.

–Yo no podría pagar por su aprendizaje.

Yo casi pedía a gritos que me regalaran a la Congregación, no era un asunto de fe ni un anticipo de esa tendencia mía a estarme moviendo de un lado al otro, de un país a otro, de un oficio a otro, sino quizá lo que yo quería era escapar de la vida que llevaba entonces, contando vueltos, yendo una vez al mes a cobrar a Guatemala la mesada paterna siempre insuficiente obligada por ley, mermada por los boletos del autobús La Preciosa. Quizá en eso me fijé después, porque lo económico no tenía entonces sentido alguno. Tal vez lo que más me atormentaba era la visita dominical al padre, al caserón enorme, con el inmenso sitio detrás donde nos aislábamos cuando el sujeto cerraba la puerta de su habitación para evitarnos. Los dos hermanos jugábamos a las escondidas o al sexo, dependiendo del clima. No contábamos en casa lo que pasaba para ocultar la vergüenza, porque no tenía lógica. Y todavía fue peor cuando se decidió que antes del colegio debíamos pasar a dicha casa por las mañanas a tomar el desayuno. Llegábamos con hambre, nos sentábamos en los extremos de un tablón de cocina, donde nos servían el pan dulce y la taza de café ralo de olla como a mendigos. Yo me entretenía lastimando a un perro viejo que se dejaba patear. Todos se daban cuenta pero no se atrevían a corregirme. Ahora me gusta el café, pero entonces lo detestaba. El colegio quedaba cerca. Cristo era el padre verdadero. Los curas me fueron explicando la Historia Sagrada paso a paso. David y Goliat. Todo era posible.

–Que se haga lo que él quiera –dijo mi madre.

El cura pensó que ella se refería a Dios, pero en realidad mi madre estaba refiriéndose a mí, quería que fuera yo quien decidiera.

No se pudo entonces y tuve que seguir esperando el momento apropiado para la admisión, pero los domingos me los pasaba ahora en compañía de los religiosos. Ayudaba en la misa, me temblaba la mano en el ofertorio, tocaba las campanas al momento de la consagración, comulgaba en estado de éxtasis. Aprendí a vivir de rodillas. Se me salían las lágrimas cuando repetía en voz baja «no soy digno de que entres en mi casa». Yo quería a los hermanos y ellos me aceptaron como uno de los suyos. Por fin tenía un hogar.

Mi ingreso fue como cambiar de casa para siempre. El dormitorio común daba a una porción de cielo a través de los barrotes y, de noche, mientras escuchaba el ritmo acompasado de la respiración de mis compañeros, observaba emocionado el brillo de los astros. Había roto con la vida vieja. Por las tardes estudiaba en un inmenso salón en cuyas paredes habíamos copiado con un pantógrafo los cuadros más conocidos de Picasso. A través de las altísimas ventanas con balcón a la calle, miraba por las tardes los fragmentos de rostro de las dos mujeres, sangre de mi sangre, empinándose para poder verme aunque fuera de lejos. Yo me hacía el disimulado y me concentraba más en el estudio, porque tenía prohibido saludarlas fuera del tiempo que se me había asignado. Sólo una vez al mes, en visita puntual de fin de semana. Con eso debía de ser suficiente.

–Es mejor que no tengas mucho contacto con tu familia, porque su comportamiento puede hacerte daño          –me recomendaba el director, y yo, sin comprender el sentido, igual obedecía.

Una vez al año me tendrían en visita prolongada por varias semanas.

–Nadie puede responsabilizarse de la familia que le tocó, pero hay que saber repudiarla a tiempo –agregaban.

Los hermanos estaban prejuiciando la condición particular de mi origen, tal vez porque en casa se escuchaba música de Agustín Lara y en el invierno se colaba el agua de lluvia por los agujeros en las láminas oxidadas de zinc.

–Nos estás abandonando –dijo mi madre antes de presionar el timbre de la puerta el día que me marché para toda la vida.

Yo le expliqué que así lo mandaba Dios.

–No es cosa del cuerpo sino del alma.

Esperamos junto a la puerta del aspirantado lasallista. El hermano José fue quien abrió y me invitó a pasar. Ellas querían seguirme pero yo las detuve, porque me parecía mejor dejarlo así, sin sentimentalismos. No me estaba muriendo, no entraba al cadalso, seguiría en La Antigua, a pocas cuadras de distancia, donde bastaría un grito desde el tejado para que estuviéramos en contacto. Una vez al mes llegaría a visitarlas.

–Vayan con Dios –les dije.

Entendieron y me dejaron solo. Estaba empezando mi propia vida, sin madre ni hermana Esmeralda, siempre penando por su falda tan corta, rezando para que no se perdiera en el mundo. Una vez al mes llegaría de visita y a recoger el pago respectivo por mi manutención, porque no hay nada gratis en el mundo ni en los asuntos de Dios.

Mi primera noche en el aspirantado fue inolvidable. Entré a la enorme casa de amplios corredores, techos altísimos, canastas con helechos de colas de quetzal con todos los tonos del verde, colgando entre los pilares de madera, el patio con las jardineras alrededor de la imagen de San Juan Bautista de La Salle rodeado de niños de yeso aprendiendo a leer. En el otro extremo de La Antigua seguirían viviendo las mujeres, mi madre y mi hermana Esmeralda, mientras yo me dedicaba a Dios.

–¿Y ahora qué vamos a hacer cuando se nos acabe el dinero? –me preguntó mi madre para mortificarme mientras caminábamos por detrás del Colegio San Luis.

Yo cargaba la maleta que por vacía era más bulto que peso, pasándomela de una mano a la otra. Mi madre tenía en el banco una pequeña herencia que iba gradualmente disminuyendo. Ella había supuesto que yo sería su tabla de salvación.

–Ahora la única esperanza es que me gane la lotería.

Yo le dije muy serio que empezara a comprar todos los meses billetes de la Santa Lucía, la lotería de los ciegos, porque Dios nunca desampara.

–Entonces estamos fritos –dijo.

Esmeralda, que iba a su lado, la agarró fuertemente del brazo para sostenerla, para servirle de báculo, y me dedicó la peor mirada de su vida con los ojos encarnados. «La ira es mala consejera», pensé. Lo que ellas no sabían era que las dificultades reforzaban mi espíritu de entrega.

–Yo tengo que seguir el llamado –dije categórico.

 El volcán de Agua se miraba entero, muy próximo, como estuviera dentro de la propiedad de la Congregación, a su lado el volcán de Fuego sin vegetación, azul, con las llagas a flor de tierra por causa del deslizamiento del magma ardiendo cuando entra en actividad destruyendo casas y poblados. El magma llega a Barrancahonda, un auto está pasando lentamente y el piloto no se ha fijado, van dos adultos delante y los niños atrás. El ruido los hace voltear a ver y descubren asombrados la turbulencia próxima que los envuelve. Ni siquiera hacen el esfuerzo de tratar de salir. Se dejan llevar por la sustancia ardiente que en segundos los acarrea. Cae al vacío la sustancia de fuego llevando consigo troncos y piedras, el chasis del auto, las manos estiradas de oscuros familiares míos de quienes después de un tiempo ya nadie dirá nada. Pusimos una cruz al principio, junto al camino, y eventualmente les llegamos a rendir flores. Sus cenizas estarán en el mar o dispersas a orillas del río Guacalate. La siguiente vez el magma se llevó la cruz improvisada.

–Desde aquí es impresionante la vista cuando el volcán hace erupción –dijo el hermano José.

Ya no iría con mi madre y mi hermana a presenciar el espectáculo desde el parque, frente a la Gobernación, sino desde ahora tendría mi propio mirador, para ver las llamas jugando, la humareda, pensando en el infierno. Me imaginé cubriendo con una lona las jaulas de los canarios para que la ceniza no los matara.

El hermano José contó los canarios. Les puso alpiste, les cambió el papel periódico como lo hacía a diario y los trató de «hijos míos». Descendimos luego por un caracol de ladrillo, teniendo cuidado por el mal estado de las gradas.

–Aquí sólo subo yo o todos cuando hay catástrofe, pero es un buen sitio para apartarse a la hora de la meditación.

Desde la dichosa terraza se apreciaba toda la ciudad, los techos de teja, el Arco de Santa Catalina con el reloj siempre atrasado. Los muros en ruina de Santa Clara y el convento de Las Capuchinas. Hacia el suroeste la media luna de los volcanes. De noche aparecían entre los árboles los focos de los poblados de indios. En Santa María de Jesús, el poblado más alto en las faldas del volcán, se prendían apenas unos escasos focos. Las casas sin ventana se iluminaban por dentro con candelas y el reflejo del fogón.

 El hermano José me mostró la capilla, el comedor, el sitio donde quedaban las duchas y los inodoros. Atravesando el segundo patio se llegaba al dormitorio común. Era un salón inmenso con veintisiete camas y veintisiete armarios con calcomanías del escudo La Salle.

–Bienvenido seas.

Me indicó cuál sería mi cama y cuál mi armario. Me correspondió al lado de una ventana que podía abrir o cerrar a voluntad, lo que me garantizaba el control. La ropa de cama olía distinto a la del hogar, se respiraba cierta limpieza sabrosa. A través de las rejas del balcón se veía el cielo despejado, las estrellas, la luna llena que en esa ocasión alumbraba de día. Respiré profundo. Me desvestí y estuve con los ojos pelados observando el firmamento.

La noche anterior a mi partida la casa adquirió un humor tétrico, mi decisión se percibía como una especie de muerte prematura.

–¿Por qué nos abandonas? –me preguntó por última vez mi madre, ya sin arresto para cambiar nada.

Yo era apenas un niño pero ya tenía carácter. Mi deber era seguir a Cristo ocurriera lo que ocurriera. Yo estaba feliz en el dormitorio común, mirando las estrellas. Apoyé la cabeza entre las manos abiertas, disfrutando el inicio de mi nueva vida.

Años después, mientras todos dormían, salí del dormitorio sin hacer ruido. Entré a la capilla, que se mantenía siempre abierta, y me arrodillé a orar. Junto al sagrario parpadeaba la luz permanente, un foco rojo con figura de llama. Entonces tuve la revelación. Fue como si la puerta del sagrario se abriera de repente y un intenso resplandor brotara del copón celestial. El corazón me latió fuerte, atropellante. Agaché la cabeza y cerré los ojos con intensidad, las manos crispadas, una sensación maravillosa de reposo me invadió. Cuando los volví a abrir todo estaba como al principio. No había soñado ni se trataba de una alucinación. Di las gracias santiguándome. No conté nada a nadie, por un lado temía que se burlaran, por el otro lado con saberlo yo bastaba a mi vanidad dada mi nueva condición de elegido. Pero igualmente, o por lo mismo, abandoné pronto mi misión para emprender otra más descabellada.

–Hay que renunciar a tiempo al pecado original –me dijo el confesor sin entender la angustia por la que yo estaba transitando.

Semanas antes de mis primeros votos, renuncié a la vida religiosa. Llegué a la oficina del director espiritual a pedirle una tregua. Le dije que necesitaba pensarlo bien. Que necesitaba tiempo.

El general Francisco Franco me miró disgustado desde el cuadro colgado a las espaldas del fraile, era como si estuviera traicionando su confianza al desertar. Tal vez pensaba que sólo los hermanos ciento por ciento españoles eran de fiar, que los mestizos americanos al final siempre íbamos a fallarle. Una condición involuntaria, vulgar, producto de la sangre. A su lado estaba el retrato del Papa Juan XXIII pensando en otras cosas. Sobre el escritorio, un número ajado de la revista Life mostraba a los primeros astronautas caminando sobre la superficie lunar. Yo agaché la cabeza porque no podía mirar al cura a los ojos.

–Ya me habían advertido que tú ibas a traicionarnos tarde o temprano, que estabas fingiendo para poder vivir a nuestra costa –dijo rencorosamente.

Sentí que el ataque era desleal e injusto, yo realmente había amado esa vida, respetado hábitos, disfrutado las autoflagelaciones y las largas jornadas de lectura espiritual. Había tenido apariciones de Dios. Pero así es la vida, con el dolor del alma me tenía que marchar, ya no quería aquello. Buscaba algo más que no podía descifrar. Yo era todavía muy niño cuando me llegaron a pedir. No hay bautizo sin confirmación. Necesitaba otro destino.

–Si te marchas ahora, vas a perder el alma –me amenazó el cura.

–¿Pero si quiero regresar después de un tiempo, encontraré las puertas abiertas de esta casa?

–Los que se van ya nunca retornan.

Pensé en David y Goliat. Nada podía ser tan definitivo. Volví a casa cuando menos me esperaban. Las paredes estaban sin pintar, descuidadas. Esmeralda se había marchado y nadie sabía adónde exactamente. De vez en cuando llegaban cartas suyas con cheques, sin remitente anotado. En la Congregación yo había aprendido que el dinero pervierte el alma, yo no quería nada de eso. Mi madre hacía cuentas todo el tiempo, estirando un ahorro que se esfumaba. Ya nadie me obligaba a ir a desayunar o a hacer visitas al fantasma. Volví imponiendo condiciones. Arreglé la habitación de Esmeralda, que sería de ahí en adelante sólo mía; le boté sus cosas vanas. Limpié y ordené. A la basura el esmalte de uñas y el cofre de los afectos. Hice un bulto con papeles, fotografías de primos, ropa y hasta pelo que había dejado guardado en sobres antes de marcharse, y le prendí fuego. Mi madre se extrañó por esa actitud. Me dijo que quemar pelo traía mala suerte.

–No es mío –me justifiqué.

Ahora la casa volvía a ser mi reino. Mi madre agachó la mirada. Se sabía de memoria todos los golpes y daños del piso cuadriculado, rojo y amarillo. Aspiró profundo. Pensó que de nada había servido mi ausencia. Los hombres llegan siempre al final exigiendo buena conducta y sin aportar nada. Le pedí que me preparase algo de comer, lo mejor del ganado, un chancho de sábado, ron y aguacate, que llamara a los vecinos para celebrar. El hijo pródigo había vuelto a casa.