Casarse con el verdugo
Margaret Atwood
Fue condenada a muerte en la horca.
Un hombre podía escapar a esta muerte convirtiéndose
en el verdugo; una mujer, casándose con el verdugo. En nuestros
días no hay verdugo; pero no hay salida. Sólo hay muerte,
indefinidamente aplazada. Esto no es fantasía sino historia.
Vivir en prisión es vivir sin espejos. Vivir sin espejos
es vivir sin identidad. Ella está viviendo sin identidad; encuentra
un hueco en el muro de piedra y al otro lado del muro, una voz. La
voz proviene de la oscuridad y no tiene rostro. La voz se convierte
en su espejo.
Para evitar su muerte, su particular muerte, con el cuello torcido
y la lengua tumefacta, necesita casarse con el verdugo. Pero no hay
verdugo; primero tiene que crearlo, tiene que convencer a este hombre
al término de la voz, esta voz que ella nunca ha visto y que
no la ha visto a ella, esta oscuridad, tiene que convencerlo a que
renuncie a su rostro, que lo cambie por la impersonal máscara
de la muerte, de la muerte oficial, que tiene ojos pero no boca, esta
máscara de un oscuro leproso. Tiene que transformar las manos
de él de modo que deseen torcer la soga alrededor de las gargantas
que fueron separadas como lo fue la suya, otras gargantas ajenas.
Tiene que casarse con el verdugo o con nadie, pero eso no es tan malo.
¿Quién más hay allí para casarse? Quieren
saber sobre su crimen. Fue condenada a muerte por robar ropas a su
patrón, a la esposa de su patrón. Anhelaba embellecerse
más. Este deseo en los sirvientes no era legal.
Ella usa su voz como una mano, su voz atraviesa el muro, alisando
y tocándolo. ¿Qué hubiera podido decir que lo
hubiera convencido? Él no había sido condenado a muerte;
la libertad lo esperaba. ¿Cuál fue la tentación,
la tentación que funcionó? Tal vez quiso vivir con una
mujer cuya vida iba a salvar, que hubiera visto en lo profundo de
la tierra pero que sin embargo lo hubiera seguido toda una vida. Era
su única oportunidad de convertirse en un héroe, por
lo menos el héroe de una persona, ya que si se convertía
en verdugo los demás iban a despreciarlo. Sufría prisión
por haber herido a otro hombre, en un dedo de la mano derecha, con
un sable. Esto es también historia.
Mis amistades, que son las dos mujeres, me cuentan sus historias que
no pueden ser creíbles y que son ciertas. Son historias de
horror y no me sucedieron a mí, todavía no me han sucedido
a mí, me sucedieron pero somos distintos (estamos separados);
miramos nuestro descreimiento con horror. Semejantes cosas no pueden
sucedernos a nosotros, es por la tarde y estas cosas no suceden por
la tarde. El problema fue, dijo ella, que yo no tuve tiempo de ponerme
los espejuelos y sin ellos estoy ciega como un murciélago,
no podía incluso ver quién era. Estas cosas suceden
y nos sentamos a una mesa y contamos cuentos sobre ellas de manera
que, al final, podamos creerlas. Esto no es fantasía, es historia,
hay más de un verdugo y por eso es que algunos están
sin empleo.
Él dijo: se acabaron los muros, se acabaron las sogas, el abrir
de puertas, un campo, el viento, una casa, el sol, una mesa, una manzana.
Ella dijo: senos, brazos, labios, vino, vientre, pelo, pan, muslos,
ojos, ojos.
Ambos cumplieron sus promesas.
El verdugo no es tan mala persona. Después de todo va al refrigerador
y limpia las sobras, aunque no seca lo que derrama accidentalmente.
Sólo quiere cosas sencillas: una mesa, alguien que le quite
los zapatos, alguien que lo mire mientras está hablando, con
admiración y miedo, si es posible con gratitud, alguien en
quien poder hundirse para descansar y renovarse. Estas cosas pueden
ser adquiridas mejor casándose con una mujer que ha sido condenada
a muerte por otros hombres por querer ser bella. Hay una amplia selección.
Todos dijeron que él era un tonto.
Todos dijeron que ella era una mujer inteligente.
Todos usaron la palabra ensnare.
¿Qué se dijeron la primera vez que estuvieron solos,
juntos en el mismo cuarto? ¿Qué dijo él cuando
ella se quitó el velo y él pudo ver que ella no era
una voz sino un cuerpo por consiguiente finito? ¿Qué
dijo ella cuando descubrió que había dejado un cuarto
cerrado por otro? Hablaron de amor, naturalmente, aunque eso no los
mantuvo ocupados para siempre.
El hecho es que no hay cuentos que pueda contarles a mis amigos para
hacerlos sentir mejor. No podemos borrar la historia, aunque podamos
aliviarnos nosotros mismos especulando sobre ella. En aquella época
no había verdugos mujeres. Quizás no haya habido ninguno,
y que ningún hombre pudiera salvar su vida mediante el matrimonio.
Aunque una mujer pudiese, de acuerdo con la ley.
Él dijo: pie, bota, orden, ciudad, puño, caminos, tiempo,
cuchillo.
Ella dijo: agua, noche, sauce, soga cabello, tierra vientre, cueva,
carne, sudario, abierto, sangre.
Ambos cumplieron sus promesas.
Nota: En el Québec del siglo XVIII, para alguien sentenciado
a muerte, el único modo de escapar a la horca era, para un
hombre, convertirse en verdugo, o, para una mujer, casarse con uno.
Françoise Laurent, sentenciada a la horca por robo, convenció
a Jean Corolere, en su celda contigua, para que solicitara el puesto
vacante de ejecutor y, también, para que se casara con ella.
Traducción del inglés por Nancy Morejón.