Para dar testimonio*
Miguel Bonasso
Agradezco profundamente el honor que
la Casa de las Américas me hace ante una presidencia tan nutrida
y representativa, en la que están una hija y la compañera
del Che Guevara, y tantos otros compañeros ilustres de la Revolución
Cubana, esa Revolución que marcó a nuestra generación
de manera decisiva. Podríamos decir, en términos generales,
que somos hijos de la Revolución Cubana, y que el Che es precisamente
un punto de contacto, yo diría casi de sangre, entre argentinos
y cubanos, y entre latinoamericanos en el sentido más amplio
de la patria grande.
Roberto Fernández Retamar acaba de mencionar a Haydee Santamaría.
Yo recuerdo que en 1974, cuando entre tantos golpes de Estado hubo
en la Argentina un gobierno popular, se abrió parcialmente
el bloqueo y junto con el entonces ministro de economía, José
Gelbard, vino una delegación de periodistas argentinos, muchos
de los cuales no eran simples periodistas profesionales: eran militantes
revolucionarios que también hacían periodismo. La integraban
algunos compañeros que desgraciadamente desaparecieron o cayeron
heroicamente en combate, como María Victoria Walsh. Formaba
parte de aquella delegación un entrañable compañero
que dirigía en aquel momento la revista El Descamisado,
Dardo Cabo, y recuerdo que conversé muchísimo con él
acerca de esa visita. Dardo había quedado profundamente conmovido
con Haydee Santamaría. Había tenido un largo diálogo,
en profundidad, donde ella le había preguntado muchísimo,
no tanto sobre el periodismo y la literatura en la Argentina (debo
confesar), sino sobre la marcha de la lucha revolucionaria en nuestro
país, con la cual estaba profundamente identificada.
¿Qué decir de otros vínculos más conocidos
de la Casa con Argentina? Creo que hay grandes sombras que nos acompañan
esta mañana, como la de Julio Cortázar. ¿Qué
decir de Rodolfo Walsh, que se adelantó seis años a
lo que los norteamericanos llamaron el new journalism, el nuevo periodismo
-la novela de no ficción-, con Operación masacre,
editada seis años antes de que Truman Capote publicara en los
Estados Unidos A sangre fría? Pero además hizo
una curiosa parábola existencial que cobra gran importancia
hoy en un continente donde hemos tenido que padecer la defección
de muchos intelectuales. Yo creo que la derecha de este continente
se ha alimentado en gran medida con algunas inteligencias procedentes
de la izquierda. Aún transitamos una larga etapa de escepticismo
que ensombreció los 80 y los 90, durante los cuales hemos tenido
que padecer muchas de esas defecciones. Walsh es el ejemplo de lo
contrario, es el ejemplo de lo que Gramsci llamaba "el intelectual
orgánico". Empezó escribiendo novelas policiales
que a Gabriel García Márquez le gustaban mucho y que
a él le parecían ejercicios de principiante. Walsh fue,
como lo escribió precisamente García Márquez,
el periodista que se adelantó a la CIA. Trabajando en Prensa
Latina interceptó en la teletipo un curioso cable con números
y descifró un mensaje sobre entrenamientos que se producían
en Guatemala y que estaban referidos nada más y nada menos
que a los preparativos de lo que sería la invasión de
Playa Girón. También fue jurado del Premio Casa de las
Américas, estuvo en este mismo sitio, y por eso realmente cuando
me refería al honor y a la emoción que tengo por la
circunstancia de permitirme inaugurar los trabajos no lo digo retóricamente,
no lo digo por simple cortesía, sino que estoy pensando muy
concretamente en la sombra de Rodolfo, quien fue tan importante para
todos nosotros, porque unió a su indudable capacidad militante,
a su compromiso indiscutible con las grandes mayorías de la
Argentina, una capacidad de excelencia en lo periodístico y
en lo literario muy difíciles de superar.
Generalmente hemos tenido que soportar ciertos esquemas, procedentes
de los sectores conservadores, en el sentido de que la literatura
comprometida con la Revolución, de que la literatura progresista,
es una literatura esquemática, es una literatura panfletaria,
que carece de rigor o de belleza. El caso de Rodolfo Walsh es un desmentido
tajante a esta afirmación. Pero no se trata sólo de
Rodolfo; antes de que Walsh muriera heroicamente en Buenos Aires,
el 25 de marzo de 1977, resistiéndose a un intento de secuestro
por parte del grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de
la Armada, había muerto en Mendoza, también combatiendo
heroicamente, un gran amigo de la Casa de las Américas, un
gran amigo personal de Roberto Fernández Retamar, porque como
él, digamos, era un fino, un sensible poeta, y compartían,
además del amor por la Revolución, el amor por la poesía,
que se juntan, que se unen, que no son caminos que se bifurcan. Me
refiero a Paco Urondo, Francisco Urondo, quien murió también
en una calle de Mendoza combatiendo a la policía de la dictadura
militar. Cuando Paco murió, Rodolfo todavía vivía,
y tuvo que escribir, como escribíamos en aquel momento, en
la clandestinidad, anónimamente, una muy entrañable
necrológica de Paco, y dijo algo que es cierto: Paco podía
haber sido un hombre con un compromiso desde el exilio, podía
haber ocupado importantes posiciones en el mundo cultural, podía
haber prestado un servicio muy grande incluso a la propia lucha en
el país y en la América Latina, pero eligió morir
oscuramente en una calle de Mendoza, es decir, eligió un compromiso
que lo llevó, lamentablemente, a caer en combate como máxima
expresión de entrega de un intelectual orgánico.
Recordaba en el avión aquella novela de Paquito, Los pasos
previos, donde habla precisamente de sus pasos por Cuba, y donde
decía: "yo sé que no soy el Che pero sé
que también me pueden matar como al Che", frase que desgraciadamente
se cumplió. Desde aquellos contactos tan vívidos, tan
profundos que todos hemos tenido, esta dirección de Tercera
y G, en El Vedado, ha sido la comprobación de lo que alguien
dijo alguna vez: el máximo hecho cultural es la Revolución.
La Revolución es el máximo hecho cultural porque transforma
y hace posible la creación y el desarrollo de los otros productos
culturales. Hace un rato escuchaba que la Casa cumple cuarenta y cuatro
años, y en el camino del aeropuerto para acá leía
los carteles y veía que también la Revolución
Cubana ha cumplido cuarenta y cuatro años. O sea, que la Casa
nace exactamente con la Revolución Cubana, y esto no es una
casualidad, esto es una causalidad. Se identifican en su origen y
se identifican en sus propósitos.
Me pedía Roberto que muy brevemente les dijera algo de lo que
está ocurriendo en mi país; no porque sea mi país,
sino porque lo que se está jugando en la América del
Sur nos interesa de manera estratégica a todos los latinoamericanos.
Hemos celebrado el triunfo de Lula, vemos que Hugo Chávez resiste
los embates de una conspiración imperialista denodada y tenaz,
nos alienta el triunfo de Gutiérrez en Ecuador y observamos
un aire de renovación que comienza a soplar en el Cono Sur
y que podría tener las características de un verdadero
pacto sudamericano que vaya más allá puntualmente del
acuerdo comercial del MERCOSUR, para convertirse en un bloque regional
al servicio de la integración latinoamericana y del Caribe,
en contra del ALCA, que supone claramente un proyecto de anexión
a los Estados Unidos. Y en ese marco favorable lamentamos que en Argentina
todavía no exista una alternativa unificadora, una suerte de
frente o coalición que dé respuesta y represente a lo
que he visto en las jornadas del 19 y el 20 de diciembre de 2001,
en las calles de Buenos Aires. Ahí ocurrió algo que
curiosamente fue profetizado en esta ciudad de La Habana en octubre
de ese año. Recuerdo una reunión de periodistas que
tuvimos aquí con el comandante Fidel Castro, quien dijo: "la
Argentina va a estallar".
Y efectivamente, de octubre a diciembre la profecía se cumplió
y Argentina estalló, literalmente estalló. Se produjo
un quiebre, y me parece que un quiebre muy importante con relación
al proyecto neoliberal que había sido aplicado en mi país
con un salvajismo, con un fundamentalismo, podríamos decir,
mayor que el empleado en el conjunto del hemisferio, y por tanto era
el primer país que vomitaba los resultados del proyecto neoliberal,
los rechazaba visceralmente. En los 70 no concebíamos la posibilidad
inmediata de que se produjera un "argentinazo" y de que
hubiera un movimiento cívico importante en la propia capital,
en la orgullosa, europeizante y altiva Buenos Aires (que ya no es
así, como lo proclamaban los viejos clichés del pasado).
Y sin embargo, el 20 de diciembre Buenos Aires estalló, y a
pesar de una represión policial que no tenía nada que
envidiarle a la de la dictadura militar -causó treinta y tres
muertos-, se produjo el "argentinazo". A pesar de la masacre
desatada por el gobierno de Fernando de la Rúa, el mismo que
condenó en los foros internacionales a Cuba por "violación
de los derechos humanos". Pese a esa represión, una nueva
juventud salió a la calle, hizo retroceder en muchos momentos
a la policía y logró que cayeran el ministro de economía,
Domingo Cavallo, que era el arquetipo del proyecto neoliberal en materia
económica, y el propio Presidente de la República.
Desgraciadamente, el año que acaba de terminar, 2002, no ha
podido encontrar una canalización o una representación
popular de este fenómeno. Yo creo que hay que tener esperanza
y paciencia, porque un año en nuestras vidas personales es
mucho, pero un año en la historia es un segundo. Aunque aún
no existe una alternativa al poder existente, crecen las luchas de
los distintos actores sociales. Como los desocupados, que muchos sociólogos
adocenados pensaban que no se podían organizar. Sin embargo,
los trabajadores desocupados, que en la Argentina se llaman "piqueteros"
-en homenaje a los viejos piquetes de las huelgas fabriles-, lograron
en el año 2001 movilizar a cien mil desocupados a lo largo
y ancho del país en más de mil cortes de rutas. Esto
significa que los actores sociales están vivos, que están
presentes y actuantes; y espero que más pronto que tarde logren
esa representación política que todos queremos.
Cumplimos de este modo el pedido de informarles brevemente acerca
de la situación argentina. Y ahora sí creo que en la
sección "literatura testimonial" tenemos más
de sesenta obras; es una buena tarea la que tenemos por delante. Los
convoco a acometerla, lo mismo a todos los demás compañeros
en sus respectivas áreas. Les agradezco inmensamente este honor,
y quisiera cerrar simplemente recordando aquella frase de mi maestro
Rodolfo Walsh cuando decía: "Hay que saber dar testimonio
en tiempos difíciles".
* Palabras pronunciadas el 13 de enero,
en la inauguración del Premio Literario Casa de las Américas
2003. Ver "Más del Premio Literario Casa de las Américas
2003" en "Recientes y próximas de la Casa" de
la presente entrega. (N. de la R.)s