VOLODIA TEITELBOIM
Primeros versos de Neruda
La poesía
Y fue a esa edad... Llegó la poesía
a buscarme. No sé, no sé de dónde
salió, de invierno o río.
No sé cómo ni cuándo,
no, no eran voces, no eran
palabras ni silencio,
pero desde una calle me llamaba,
desde las ramas de la noche,
de pronto entre los otros,
entre fuegos violentos
o regresando solo,
allí estaba sin rostro
y me tocaba.
Yo no sabía qué decir, mi boca
no sabía
nombrar,
mis ojos eran ciegos,
y algo golpeaba en mi alma,
fiebre o alas perdidas,
y me fui haciendo solo,
descifrando
aquella quemadura,
y escribí la primera línea vaga,
vaga, sin cuerpo, pura
tontería,
pura sabiduría
del que no sabe nada,
y vi de pronto el cielo
desgranado
y abierto,
planetas,
plantaciones palpitantes,
la sombra perforada,
acribillada
por flechas, fuegos y flores,
la noche arrulladora, el universo.
Y yo, mínimo ser,
ebrio del gran vacío
constelado,
a semejanza, a imagen
del misterio,
me sentí parte pura
del abismo,
rodé con las estrellas,
mi corazón se desató en el viento.
PABLO NERUDA: Memorial de Isla Negra
a Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM) guarda
en el Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional de Santiago de
Chile múltiples tesoros, manuscritos y mecanografiados, primeras
ediciones de autores chilenos y de otras nacionalidades que vivieron
y escribieron en Chile, como Rubén Darío.
Cartas, muchas cartas que encierran información preciosa. No
sólo las conserva. Se esfuerza por que salgan del silencio
de las gavetas. Se propone publicarlas, como lo hizo con esa selección
de correspondencia (Epistolario selecto I) que recoge textos
representativos. Luego el Epistolario (1924-1945) entre Vicente
Huidobro y su madre, María Luisa Fernández, y otros.
Ahora la DIBAM, en conjunto con la Fundación Neruda y LOM Ediciones,
publica y presenta los manuscritos de Crepusculario en germen,
diez poemas fechados entre 1919 y 1922, o sea, entre los quince y
los dieciocho años de Neruda. Varios de ellos con el membrete
del diario La Mañana, de Temuco. Son diez láminas
facsimilares.
Neruda tiene trece años cuando en ese periódico aparece
un artículo titulado «Entusiasmo y Resurrección».
Es su primera publicación.
Una página de Rainer María Rilke
En el Oriente asiático Neruda lee, lee a toda hora, sobre todo
poesía, novela, a veces ensayos. Le impresiona Rainer María
Rilke, quien sostiene:
Para escribir un solo verso, es preciso haber
visto muchas ciudades, hombres y cosas; es necesario conocer a los
animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y
saber qué movimientos hacen las flores al abrirse por la
mañana. Hace falta poder pensar [...] en los días
de la niñez cuyo misterio no se ha aclarado aún; [...]
en mañanas en las orillas del mar, en la mar misma, en mares,
en noches de viaje [...] Es necesario tener el recuerdo de muchas
noches de amor, en las que ninguna se parece a la otra [...] Todavía
es preciso haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido
sentado junto a los muertos [...] Y tampoco basta tener recuerdos.
Hay que saber olvidarlos cuando son numerosos y hay que tener la
paciencia de esperar que vuelvan. Puesto que los recuerdos mismos
no son aún estos. Hasta que no se hacen en nosotros sangre,
mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se los distingue
de lo que somos, recién entonces puede suceder que en una
hora muy extraña, en medio de ellos, surja la primera palabra
de un verso [Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, pp. 18-19].
Tomará dicho texto
muy a pecho, pero no al pie de la letra.
La formación del poeta
Neruda empieza escribiendo según la ortografía de Bello,
como lo prueban estos originales. A fines de esa década del
veinte del siglo pasado, se establece la de la Real Academia de la
Lengua. Los de aquel tiempo recordamos el trastorno inicial que nos
produjo el cambio. En las primeras humanidades del liceo experimentamos
no sin dificultad el brusco adiós a la i latina al final de
la palabra y en el caso de la i copulativa y su remplazo por la y
griega. Teníamos que rechazar un hábito ya adquirido
y contraer otro en un proceso de acostumbramiento que nos tomó
algunos meses. Los lectores podrán apreciar la ortografía
de don Andrés en estos primeros poemas del adolescente y su
paso al régimen ortográfico académico en el cuerpo
posterior de su obra.
Hay en Neruda un poeta niño, balbuciente. En un prólogo,
Marta Cruz-Coke cita unas expresiones de Neruda que nos sitúan
en el comienzo de sus comienzos poéticos: «Muy atrás
en mi infancia y habiendo apenas aprendido a escribir (y a leer) sentí
una voz intensa, una intensa emoción y tracé unas cuantas
palabras semirrimadas, pero extrañas a mí (por qué
extrañas?), diferentes del lenguaje diario. Eran de él
pero lo decía de un modo desacostumbrado.»
Corresponden al período infantil.
Estos textos facsimilares pertenecen al período adolescente.
Ya ha progresado algo en la penetración del misterio literario,
pero le queda mucho por descubrir. Hay que decir que quema rápidamente
esta etapa. Algunos de estos poemas –no todos– se integran
a su primer libro publicado, Crepusculario, que habla por sí
solo de un poeta indudable y temprano, con cierto dominio del oficio.
Pero antes de Crepusculario proyecta otros libros preliminares, que
nunca llegó a publicar, como Las ínsulas extrañas
(él mismo habla de resabios modernistas), Los cansancios inútiles
y Helios –que antecede a Crepusculario–. De este libro
es el poema «Inicial», dedicado a Helios, la divinidad
solar que echaba de menos en Temuco. «He ido bajo Helios, que
me mira sangrante, / laborando en silencio mis jardines ausentes [...]
/ Que si no son pomposas, que si no son fragantes, / son las primeras
rosas –hermano caminante– / de mi desconsolado jardín
adolescente.»
Se advertirá que Rubén Darío de algún
modo se desliza en esa poesía del fervoroso aprendiz.
¿Cuál es el criterio nerudiano de inclusión
y exclusión?
Dejará inéditos varios de estos textos facsimilares.
Generalmente tiene ojo clínico para distinguir el verso logrado
del verso frustrado. «Con los brazos abiertos» tiene un
comienzo que a poco andar lo haría enrojecer: «Mi juventud
/ buey lento, rumia su recordancia.» Excluye el tierno infantilismo
de su «Elegía de un pobre grillito que mataron mis pies».
Lo describe. Pero estos facsímiles permiten asomarse al período
prenatal del poeta. Porque nadie, salvo Palas Atenea, la diosa de
la sabiduría, surge de las aguas perfectamente armado. El poeta
es y se hace. Es porque existe en él una predisposición
misteriosa que la persona puede escuchar o desoír. Neruda nunca
puso en duda su vocación. Y se hace porque la poesía
es un aprendizaje constante. Empieza por los palotes. Algunos se quedan
allí, otros avanzan con rapidez. Neruda fue un alumno vertiginoso.
Otro poema que no accede a Crepusculario porque lo autocensura y suprime
es «Hombre», que tiene un primer verso deleznable: «No
sean como el árbol primifloro» (el preciosismo de la
palabra rebuscada revela que el muchacho puede todavía resbalarse
con algún vocablo). Lo escribe entre los quince y los dieciséis
años.
Su mirada al pobre, al triste
Pero hay una característica sobresaliente en estos poemas irregulares.
Su preocupación por el ser humano, especialmente por el desvalido.
A «El ciego de la pandereta» lo encuentra en la calle:
«Yo voy pasando y veo tu silueta, / y me parece que es tu corazón
/ el que se cimbra con la pandereta. / Ciego, siempre será
tu ayer mañana?»
El tema del ciego es recurrente. «Viejo ciego, llorabas cuando
tu vida era buena, / cuando tenías en tus ojos el sol; / pero
si ya el silencio llegó, qué es lo que esperas, / qué
es lo que esperas, ciego, qué esperas del dolor.»
El proteico
Las reminiscencias modernistas son evidentes. Pronto accede al soneto
con naturalidad. Neruda a través de su trayectoria emplea las
más diversas formas poéticas: desde las clásicas,
acatando en un principio las leyes de la rima, con una soltura sorprendente.
Pronto, ya en Veinte poemas..., llega al verso libre que puebla casi
toda su obra de madurez, sin excluir retornos, como en sus Cien sonetos
de amor.
Sensación que nunca volverá
«Lo más parecido a la poesía es un pan o un plato
de cerámica, o una madera tiernamente labrada, aunque sea por
torpes manos.»
El poeta tiene por una sola vez en su vida la embriagadora sensación
del primer objeto creado con sus manos, con la desorientación
aún palpitante de sus sueños. Es un momento que ya nunca
más volverá. Pero ese minuto en que sale fresco de tinta
y tierno de papel el primer libro, ese minuto arrobado y embriagador,
con sonido de alas que revolotean y de primera flor que se abre en
la altura conquistada, ese minuto está presente una sola vez
en la vida del poeta.
La fecundidad precoz
«Me refugié en la poesía con ferocidad de tímido.
En la calle Maruri 513 terminé de escribir mi primer libro.
Escribía dos, tres, cuatro y cinco poemas al día.»
Se encontró con la política desde niño
Varios de estos facsímiles salen al encuentro de la afirmación
de que Neruda se encontró tarde con la política. La
política lo encontró cuando niño en las calles
de Temuco. Algunos han sostenido que extravió la luz y se sumergió
en la sombra al hablar «por la oscura humanidad de los pobres»,
porque los pobres, según algunos, empobrecen su poesía,
al hundirse en la mediocridad del llamado «poema social».
Esta teoría de los dos Nerudas forma parte de una fábula
orquestada. Porque de principio a fin el poeta fue un solo ser. No
existe ruptura en este dominio entre el adolescente y el poeta maduro.
El niño Ricardo Reyes siente desde pequeño, y lo dice
en una poesía primeriza, titubeante, pero plena de signos premonitorios,
su preocupación y angustia por los problemas de la sociedad.
Su corazón está con los tristes. Es una de sus precoces
revelaciones, con los que viven una vida de angustias y penalidades.
Es verdad que el adolescente entrevé, junto a su inquietud
social, casi simultáneamente el deslumbramiento por la mujer,
en ese instante inaccesible.
El «Yo te soñé una tarde» se alterna con
«El llanto de los tristes» y las «Manos de campesino»,
que «se duermen cansadas de la labor vencida... / santificadas
sean en toda letanía / nos dan el trigo de oro y el pan de
cada día...»
Se registran poemas de sus trece años, como «Nocturno».
Pero en Viajes el poeta ya adulto dice que ensayó sus primeras
poesías antes de 1914, y en sus Memorias cuenta que muy atrás
en su infancia escribió «unas cuantas palabras semi-rimadas
dedicadas a la madrastra y firmadas por Neftalí Reyes».
Se puede seguir con cierto detalle la pista de sus publicaciones primeras,
rastreando en la revista Corre Vuela, de Santiago de Chile de los
años 1918-1920, o en La Mañana, de Temuco. Y sobre todo
los cuadernos del liceo que en parte conservó su hermana Laura.
Allí es posible anotar la travesía inicial del poeta
por el lenguaje, su sinceridad infantil, que lucha sin tregua contra
el pensamiento fútil, con una lista casi interminable de expresiones
de descontento. No se advierten, como es natural, en dichos vacilantes
escarceos precoces del poeta las innovaciones fulgurantes que después
caracterizarían su obra. Todo, sin embargo, las clases de biología,
de química, sirven para la acumulación lexicográfica
y el balbuceo literario. Trabaja con una multitud de términos
que luego se vaciarán, expresivos, en su suculenta poesía
ulterior. Pero no es un lingüista espontáneo, sin conciencia
de ello; es un preconciente de la letra impresa, de la política
y la filosofía, de los escarnios del poder y de los estragos
de la injusticia. En sus versos deja testimonio de cuanto le golpea
como intolerable. Ése será un rasgo típico suyo:
se está formando un poeta que no calla. La situación
del país, los cambios en el mundo (no se olvide la Revolución
de Octubre), no serán para él un suplemento de noticias
sino preocupaciones constantes y referencias medulares para primeros
libros que nunca llegó a publicar.
Joven inconformista
Es también revelador de sus estados de espíritu la elección
de los seudónimos que empleó en su fase inicial. Habla
de las figuras admiradas y de la atracción temática
que ejercen sus nombres, que, de paso, encuentra eufónicos,
poseídos de resonancias y dignos de perdurar, como Fernando
Osorio, el protagonista de Camino de perfección. Nos dice de
su entusiasmo adolescente por un misantrópico Pío Baroja.
El Lorenzo Rivas, con que suele firmar en la revista Claridad, es
un nombre de batalla que trasfigura recuerdos familiares e historias
de bandidos, en una época, en que él mismo más
tarde se definió como de «ideología anarcosindicalista
juvenil». A ello se suma su inclinación por la literatura
rusa de la época, que lo lleva a suscribir en ocasiones artículos
con el seudónimo de Yegulev.
Su poema «Las sirvientes» («Con la guagua en los
brazos han pasado la vida / que es tan larga, tan larga, y es tan
dura, tan dura») es como un preciso y desnudo cartel de poesía
antipastoral.
En esa época, con una rebeldía espontánea, de
atisbos anarcos, llama «A los poetas de Chile», en su
catilinaria, a actuar contra los jueces que han condenado a su amigo
Joaquín Cifuentes Sepúlveda. Los convoca a insurgir
contra esas «pobres almas de estampilla de impuesto» y
los incita: «incendiadle sus casas, / robadle sus mujeres, /
y que la dinamita milagrosa / fecunde las entrañas de la tierra,
/ reviente las murallas de la cárcel! / Que los mismos gusanos
que comieron / la carne de Domingo Gómez Rojas / vayan comiendo
carne de juzgado!» No se puede decir que el Neruda muchacho
sea un Teócrito sólo destinado a juegos eróticos
ni menos a liturgias áulicas.
Un lenguaje crudo
La prosa no es menos reveladora de la posición de Neruda, quien
desde niño fue definiendo sus pronunciamientos ante la historia,
su rechazo de los lenguajes retóricos y de los tópicos
en boga. Defiende la dignidad de la poesía. Execra «la
literatura ramplonamente vulgar», los florones de los ricos,
se ríe de la llamada «gente distinguida». «Hay
que andar», dice, «calle arriba, calle abajo por estas
calles llenas de barro, llenas de miseria, para saber la tristeza
de este pueblo.»
Sus glosas de la ciudad están cruzadas por ideales morales
y definiciones nada delicadas, ni preciosas ni ambiguas, sino perfectamente
crudas: «Nosotros lo llamamos explotación, capital, abuso.
Los diarios que tú lees, en el tranvía, apurado, lo
llaman orden, derecho, patria, etc. Tal vez te halles débil.
No. Aquí estamos nosotros, nosotros que ya no estamos solos,
que somos iguales a ti; y como tú explotado y dolorido pero
rebelde.»
Es útil leer este libro de Neruda, recorrido por la incertidumbre
de los comienzos y la ingenuidad adolescente, donde la exigencia de
perfección formal no está aún lograda, ni mucho
menos, pero donde revela una preocupación fraterna por el hombre,
digámoslo desnudamente, por la política. Aparece ya
en ese niño con un ardor indesmentible. El hombre latente de
una prodigiosa capacidad de poesía y de trabajo no se acogió
ni antes ni después a las beatitudes de la evasión.
Nunca dividió dentro de sí, como corrientes incompatibles,
poesía y sociedad. Como Lucrecio, sintió la curiosidad
por las cosas (De rerum natura), el amor y el empeño colectivo.
Es verdad, desde luego, que ciertos momentos de su vida están
marcados por el asunto íntimo como por todos los problemas
de una persona en el mundo.
La vida, dificultad tormentosa
En el Neruda niño o adolescente brota ya el germen de ese ser
único que más tarde alcanzó pleno desarrollo.
A través de su vida confirmó su íntima convicción:
el fulgor amoroso se alterna con la contemplación del mundo,
con su participación junto a las multitudes descontentas, con
la marcha hacia las riberas de una sociedad que quiso más alta.
Espíritu realista, comprende que la vida no es una divinidad
sino una dificultad atormentada y una lucha sin paz; que también
el sueño es historia contradictoria, llena de conflagraciones
y diversidades; que el fuego incandescente de la vida está
y no está sujeto a la muerte, sigue el curso de la razón
difusa, de la materia eterna, y se comporta como una corriente paradójica
que destruye todas las renuncias que se apagan en la apatía.
Postula la necesidad del hombre de vivir conforme a su naturaleza.
Creó su mundo nuevo
Murió a los sesenta y nueve años después de haber
creado un mundo nuevo, un arte del hombre. No dio por terminada su
obra con su fallecimiento. Han seguido apareciendo los libros póstumos
y la extensión de su territorio creador se amplifica con su
visión del universo. Continúa siendo un centro de gravedad
de la literatura, un gran reino cualitativo, a trechos desconocido
a pesar de estar publicado casi por entero. La poesía de Neruda
es un cosmos singular, complejo, no reservada sólo a especialistas.
Está forjada al precio de una larga sucesión de guerras
libradas con la palabra y la sustancia poética para modificar
las fronteras de su propia creación anterior. Su obra abundantísima
se caracteriza porque cada período niega al precedente, se
propone construir una nueva casa para la poesía y es un paso
inédito hacia visibles cambios en la obra futura.
El conocimiento auténtico del destino poético nerudiano
descarta los intentos de partición del poeta. Su poesía
no es una resma de papel que pueda ser cortada por la mitad. Muchas
hojas están escritas en el idioma de las divinidades trascendentes
o pasajeras del Amor; otras, en la lengua romance de las plazas o
los mercados. Esta visión del poeta dividido muestra la incapacidad
de concebirlo como un gran conjunto, como una unidad que no es sólo
el orden interior por excelencia, sino la tierra cruzada de conflictos,
la lucha de un hombre cuya personalidad fue teatro de una gran alianza
contradictoria, de una ciudad con planos diferentes, donde puede verse
desde la galería de retratos íntimos hasta el friso
viviente donde se asocian indómitos caciques, ardientes libertadores
de América, en combate contra la noche que va desde la Colonia,
desde el albor de la República, hasta la negatividad de Pinochet.
Neruda dejó sus libros abiertos a las generaciones nuevas.
Aspiró a restablecer un cierto imperio universal del hombre
poético que es el «hombre común de rostro»,
de ancha ambición creadora, el cual reúne en un solo
diapasón y propósito los sondeos en el alma de los enamorados
y el viaje por la política, sin la cual ni la sociedad ni el
hombre caminan. En este sentido Neruda fue el máximo esplendor
de la poesía chilena. Su vida misma, su partida no merecen
el fin, ni son el epílogo de un drama clásico, sino
la última o siempre penúltima pincelada en un fresco
representativo de la sociedad contemporánea, que sigue contando
con el Neruda viviente de su poesía.
Considero un honor y una coincidencia nada casual que este Crepusculario
en germen y Voy a vivirme se hayan presentado juntos, corriendo en
tándem. Al fin y al cabo, ambos se refieren a un mismo hombre.
Al hombre joven que cumple años repartiendo amor y consecuencia
desde niño. Al hombre que murió cuando mataron en Chile
la democracia y hoy, muy vivo, prosigue su segunda vida enriqueciendo
el corazón, la vida, con el mundo que nos dejó y nunca
nos abandonará, el mundo nerudiano, pleno de belleza y dignidad.
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