238
 

Acerca de Mariátegui y las letras peruanas*

CARLOS GARCÍA-BEDOYA M.

Que Tomás Escajadillo ha contribuido significativamente a enriquecer nuestro conocimiento del proceso literario peruano queda corroborado con este libro. Escajadillo ha tenido una destacada trayectoria como catedrático del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la más antigua de América, y se desempeñó también como decano de su Facultad de Letras. Pero más allá de su distinguido recorrido académico, Escajadillo es, ante todo, un acucioso investigador, uno de los más notables estudiosos de la literatura peruana. En la actualidad, fallecido su dilecto amigo Antonio Cornejo Polar, es sin duda el mayor experto vivo en el indigenismo literario peruano, particularmente en la narrativa (sus principales aportes sobre esta problemática están recogidos en su libro La narrativa indigenista peruana, Lima, 1994). Es también una autoridad indiscutible en torno a la obra de figuras clave de nuestra literatura como Enrique López Albújar, José Diez-Canseco o Ciro Alegría, sin olvidar contribuciones valiosas al estudio de José María Arguedas o Manuel Scorza, entre otros (cf. sus libros La narrativa de López Albújar, Lima, 1972; Cuatro estudios sobre José Diez-Canseco, Lima, 1997; Alegría y El mundo es ancho y ajeno, Lima, 1983; Narradores peruanos del siglo XX, Lima, 1994).
Una figura que ha concitado permanentemente su atención es la de José Carlos Mariátegui. Se puede afirmar, sin exageración alguna, que desde la perspectiva literaria es el peruano que más y mejor ha analizado la producción textual del Amauta. A pesar de la centralidad de Mariátegui en el panorama intelectual peruano, y a pesar de la importancia cuantitativa y cualitativa de los textos mariateguianos dedicados a temas de literatura y cultura, sigue habiendo aún mucho trabajo por hacer en este ámbito. Mariátegui no sólo es una figura capital de la crítica literaria de Perú, sino de la América Latina en general. Es uno de los fundadores de los enfoques modernos para el estudio de la literatura latinoamericana. Desde esa perspectiva destacan tres figuras capitales: el dominicano Pedro Henríquez Ureña en el ámbito de la historia literaria, el mexicano Alfonso Reyes en el de la teoría y Mariátegui en el de la crítica. En el caso de Mariátegui habría que hablar no únicamente de crítica literaria sino de crítica cultural, en un sentido muy amplio (y muy actual) del término. La crítica mariateguiana, como es bien sabido, se nutría de una filiación y una fe, pero sin renunciar al necesario rigor intelectual.
Escajadillo centra sus reflexiones en algunos de los múltiples ejes temáticos del quehacer literario y cultural del Amauta. En este libro, su interés se focaliza en dos aspectos: la periodización y el indigenismo. En cuanto a la periodización, Escajadillo aprecia la originalidad del enfoque mariateguiano. Subraya, por ejemplo, la importancia que asigna Mariátegui a la matriz colonial de la que surge nuestra literatura, y las persistencias de tal herencia colonial, lo que Mariátegui denominaba el colonialismo supérstite. Examina también los esfuerzos por romper con el peso de esa tradición y la importancia que adquiere en esa vía la apertura cosmopolita hacia los vientos frescos de la cultura mundial.
En cuanto al segundo eje temático, el del indigenismo, Escajadillo ahonda especialmente en la influencia de Mariátegui sobre los dos narradores esenciales de esa corriente, los ya mencionados Alegría y Arguedas. En el caso de éste último, tal influencia era bastante conocida, y fue además proclamada de manera muy explícita por el propio autor en múltiples declaraciones. En cambio, la influencia de Mariátegui sobre Alegría había pasado un tanto inadvertida, a pesar de que también existen algunas declaraciones bastante claras en que Alegría reconoce el impacto de los planteamientos mariateguianos. Pero Escajadillo no se queda en las declaraciones autoriales, y analiza el impacto a nivel textual, comprobando cómo la comunidad de Rumi, de El mundo es ancho y ajeno, corresponde exactamente al modelo de comunidad indígena diseñado por Mariátegui en sus escritos. Igualmente, el aliento antigamonalista que permea esa novela mayor de Alegría evidencia una vez más la huella de la prédica del Amauta en su proyecto literario.
Escajadillo analiza también el corpus (relativamente breve) de narrativa indigenista publicada en las páginas de la revista Amauta. El examen de este material le permite reflexionar sobre el papel cultural de esa revista en función del proyecto social trazado por Mariátegui, uno de cuyos ejes se resume en la consigna, acuñada por él, "Peruanicemos al Perú". Uno de los rasgos más actuales del pensamiento mariateguiano es justamente la importancia que asigna a la dimensión cultural. Una observación aparentemente puntual de Escajadillo confirma este aserto: su análisis permite comprobar que en los números finales de Amauta, aquellos que se publican después de la muerte de Mariátegui (o cuando él está agonizando), casi se desvanecen los artículos de temática literario-cultural, mutilándose esa dimensión esencial del proyecto mariateguiano. Esa constatación evidencia ya entonces la preponderancia de enfoques esquemáticos y simplones que con frecuencia han lastrado al marxismo peruano.
Al analizar globalmente el impacto del pensamiento mariateguiano sobre el indigenismo literario de Perú, Escajadillo inevitablemente se ve conducido a entablar una polémica con Vargas Llosa y su muy peculiar visión del indigenismo como "utopía pasatista" (cf. La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, México, 1996): para Vargas Llosa se trata de algo así como "nostalgias imperiales" que es preciso exorcizar en aras de la Modernidad (con mayúscula). Es innecesario subrayar que la aproximación de Escajadillo es divergente: apuesta por una modernidad propia, no por una modernidad copia; es decir, aboga por una modernidad que integre nuestra tradición y nuestra diversidad cultural, una modernidad heterogénea, no una homogeneizadora e imitativa como la resumida por Vargas Llosa, sobre todo en su etapa de candidato electoral, en frases efectistas, como hacer del Perú una Suiza.
Además del obvio sesgo ideológico, es claro que en La utopía arcaica persigue Vargas Llosa algunos objetivos muy personales. El principal es afirmar, de manera indirecta, casi subliminal, al propio Vargas Llosa como figura mayor de la novelística peruana, a costa de degradar sutilmente a su mayor rival en la pugna por ese "cetro", José María Arguedas, presentado como un pasatista irremediable y como un hombre disminuido por graves dolencias síquicas (en contraste, Vargas Llosa, escritor incansable y profesional, encarnaría la salud y la modernidad). Otro objetivo, aunque de menor prioridad, consiste en imponer en el mercado internacional su personal visión de la obra de Arguedas; para ello, la táctica consiste en ignorar, en "ningunear", visiones alternativas de conjunto de la producción arguediana, en particular la de Antonio Cornejo Polar (cf. su libro Los universos narrativos de José María Arguedas, Buenos Aires, 1973, hay reedición: Lima, 1997), que probablemente sigue siendo la visión global más sugerente de la obra del gran narrador andino.
El libro de Tomás Escajadillo suscita sin duda muchas otras reflexiones. Basta lo señalado para aquilatar su importancia y recomendar su lectura.


* Tomás G. Escajadillo: Mariátegui y la literatura peruana, Amaru Editores, Lima, 2004.