238
 

Que nada detenga a las golondrinas*

ENRIQUE PÉREZ DÍAZ

Para nadie es secreto el vuelco experimentado desde mediados del siglo XX por la llamada literatura infantil y juvenil, perspectiva1 literaria y creativa que, cada día, se encamina más hacia la búsqueda de textos con un lenguaje y una expresión de identidad hacia los jóvenes lectores, lo cual se consigue sin menoscabo de su calidad ni de su rango estilístico, y sin propiciar el divorcio con el lector adulto.
Esta literatura, lamentablemente a veces llena de simplismos, lugares comunes y el peor sustrato moralista o académico, cuenta con verdaderos clásicos y se renueva hoy en propuestas formales y temáticas más osadas, sobre todo en la consecución de un cambio de tono y perspectiva, cuando se asume el universo infantil o se constituye un discurso dirigido hacia estas edades.
La experiencia que en la edición de 2002 del Premio Literario Casa de las Américas significó compartir el jurado con dos escritores de la talla de la venezolana Laura Antillano y el argentino -radicado en México- Luis María Pescetti me permitió, por supuesto, tomar el pulso a un movimiento continental que cada día se replantea y enriquece y que, desde hace varias décadas, cuenta ya con dignos continuadores como las brasileñas Lygia Bojunga Nunes y Ana María Machado (Premios Hans Christian Andersen de 1982 y 2000, respectivamente), la argentina Graciela Montes, el chileno Manuel Peña Muñoz y la colombiana Irene Vasco, entre otros.
Tras la fatigosa -y algunas veces placentera- lectura de ciento cincuenta y cuatro obras, entre las cuales había poemarios, prosas poéticas, obras teatrales, libros de cuentos, memorias y numerosas novelas, por unanimidad los miembros del jurado coincidimos en premiar un texto que ya desde entonces me pareció verdaderamente significativo: Nada detiene a las golondrinas, del novel autor argentino Carlos Marianidis.
Aparecida un año después (y ya agotada), la hermosa edición de la Casa de las Américas me permitió constatar nuevamente la calidad y los valores de esta obra que, sin dudas, consigue trascender la media de cuanto se escribe actualmente en la América Latina, no sólo por su estilo y sus postulados estéticos, sino por su alcance moral, sobre todo en la idea de establecer un discurso renovador dirigido a esa infancia que, por cualquier rincón de este maltratado Continente (podría decirse, también, mundo) nuestro, requiere del aliento de un adulto que le mire comprensivamente.
La trama, con toda intención, se sumerge en lo más cotidiano que pudiéramos imaginar. Si algo caracteriza a la nueva literatura comprometida con la realidad de la infancia y la juventud, será precisamente que el soplo del elemento fantástico viene más de la mano de cuanto imaginan o sueñan sus protagonistas, que de la voz narradora de los propios autores.
En Nada detiene..., Miguel, un preadolescente ocurrente y soñador, relata sus cotidianas -y no por ello poco asombrosas- experiencias en el descubrimiento de la amistad, el sexo, el amor y su, en ocasiones, precario entendimiento del universo adulto en que le ha correspondido vivir y desarrollarse.
Desde que abrimos la primera página, enseguida nos percatamos de estar frente a un narrador (excelente cronista) que, sin vacuos alardes formales o estilísticos y sí con un tono muy adecuado y natural, consigue adentrarnos en las preocupaciones, los sueños y los anhelos de un chico normal, a quien acosan inquietudes y sentimientos lógicos de su cambiante y contradictoria edad, tiempo de inseguridades y frustraciones, de reafirmaciones y negación, de independencia y, a la vez, de necesaria guía de la mano adulta.
La novela discurre en tres planos: de una parte, la escuela donde Miguel tropieza con todo un mosaico de caracteres o tipos encontrados entre sí (tanto profesores como alumnos); del otro, su hogar, en el cual unos padres que se aman -verdadera rareza literaria en el panorama familiar de cualquier libro de corte realista donde hoy abundan tantos divorcios y abandonos filiales- no son, sin embargo, capaces de orientarlo en el largo e incierto camino hacia su preadultez. Por último, destaca un tercer plano, que sin duda alguna complementa a los anteriores: la mágica arboleda que los muchachos hacen escenario de sus juegos y correrías. Hacia allí se van primero Miguel y sus condiscípulos para establecer competencias como la de ver quién orina más lejos, para rifarse revistas con modelos desnudas y descubrir juntos los misterios y secretos del sexo y del erotismo. Luego esa misma arboleda será el entorno donde se cobije el naciente (y muy bien correspondido) amor de Miguel por la inefable Joanna, quien tiene una madre y una abuela francesa fuera de serie, capaces de secundarla en todo y que dignifican a la especie adulta, por ser libres, desprejuiciadas y anticonvencionales, y buscar el crecimiento humano y espiritual de la niñez.
Pero, inconforme, inquieto y emprendedor como es, Miguel indaga todo el tiempo, se asesora, experimenta y para ello encontrará fiel apoyo en otro personaje muy atractivo y trascendente a lo largo de la trama: su prima Claudia, coqueta, desprejuiciada y seductora joven de diecinueve años que en cada conversación le revela misterios del sexo y del amor que tanto suelen preocuparle. Un fino erotismo preside la relación entre ambos personajes, principalmente en las escenas de la piscina, donde Claudia excita y pone a prueba ¿sin querer? la naciente libido de su primo, sobre todo cuando le pide que unte dorador en su espalda. Del mismo modo, se establece entre ambos una complicidad sana, en la medida en que Miguel oculta los fortuitos encuentros de Claudia con su novio piloto, y ella le va revelando los enigmas de la procreación. Esta sana amistad -casi atracción- entre dos personas de edades tan diferentes revela un modo nada común de abordar las relaciones niño-adulto y de no tipificar a ninguno a base de esquemas preconcebidos y empobrecedores.
Otro elemento importante en Nada detiene a las golondrinas es el modo como su autor indaga en las problemáticas de nuestro tiempo, tiempo de diversos cambios sociales, de perspectivas encontradas sobre el ser humano y de su contradictorio lugar en el mundo.
Sin que sea el leitmotiv esencial de la novela, desde los primeros capítulos, la indagadora mirada del protagonista advierte sobre las diferencias sociales (y hasta raciales, recordemos que Zaldívar es medio mestizo) más que evidentes de sus heterogéneos condiscípulos. Miguel se pregunta y razona todo el tiempo sobre estas duras verdades, sin comprender por qué unos tienen tanto mientras a otros lo que poseen no les alcanza ni para vivir con decoro. ¿Por qué unos viven sin preocupaciones de ningún tipo y otros deben inquietarse de continuo por cada paso que den?
El fortuito accidente -geográfico y argumental- provocado en la hasta entonces placentera trama (en el barrio de chalets de la burguesía donde habita Miguel) por una tormenta y las consiguientes inundaciones de la zona baja, propiciará que el protagonista experimente por primera vez sentimientos tan desconocidos para él como la solidaridad y la tolerancia hacia lo distinto.
Solidaridad porque, por fortuna, cuando se desata el hilo de los acontecimientos y cada personaje debe desempeñar un papel importante en la trama para estar a la altura de las situaciones límites que se presentan, no se verá en ellos ni un ápice de lástima, menosprecio o falsas morales burguesas, sino el más sano deseo de servir, de ponerse en el lugar de ese otro, de abrir un nuevo espacio para aquellos que la vida ha golpeado, un espacio diferente y mejor, de intercambio de experiencias, de afectos, de apostar por el futuro, que puede ser menos incierto si confiamos en él.
Narrador atinado, Marianidis no precipita los acontecimientos. La evolución de sus personajes es coherente y auténtica y, por eso mismo, más creíble y cercana a su lector. Por eso, cuando les hemos visto evolucionar, actuar, crecerse y someter sus más vanos deseos personales en aras de un ideal de redención y estabilidad colectivas, nos identificamos más con ellos y con el ideario que a cada uno guía.
A medida que crece el amor de Miguel por su amiguita Joanna y mejoran sus tácticas de acercamiento a ella, también descubrirá que Zaldívar, el nuevo, el cuatro ojos, el raro, el intratable, el que todos despreciaban al inicio del curso por su aspecto algo atrabiliario, un hormiga (así llaman a quienes viven en las zonas bajas de casuchas malas), es un ser tan humano, capaz de jugar, sacar buenas notas, sufrir, amar y ser amistoso como cualquiera de los colegas de tan variopinta pandilla escolar.
Como una school story2 de nuevo tipo -que a la postre eso es esta excelente y aleccionadora novela-, Nada detiene a las golondrinas consigue todo el tiempo tenernos en vilo ante la cadena de acontecimientos emocionales y físicos que de continuo se suceden, una vez que se ha desenredado la trama y se precipita el inesperado (y feliz) desenlace.
Sin estridencias de ningún tipo, sin dejar que su mensaje ético y humano aflore por ninguna de las invisibles costuras de su libro Marianidis consigue conmovernos, sobre todo por la verosimilitud de sus personajes, tan creíbles que a veces pensamos conocerlos de toda una vida y, sobre todo, por ese montón de guiños cómplices que todo el tiempo está haciendo a los niños, por supuesto, en detrimento del a veces incomprensible mundo adulto.
Al igual que hiciera un maestro de la literatura infantil universal, el inglés Roald Dahl3 (1916-1990), con la fineza y el tacto que como narrador le caracterizan, Marianidis satiriza a los adultos y a su mundo lleno de tabúes e imperfecciones que, sin embargo, muchas veces no logran tarar el sano desarrollo en la niñez de hoy.
Nada detiene a las golondrinas informa todo el tiempo sobre esa mirada indagatoria que los muchachos suelen tener sobre quienes en definitiva nos encargamos de dibujar -para bien o para mal- el trasfondo de sus vidas. Aunque la historia se cierre en sí misma, su mensaje será estimulante y aleccionador: el mundo es de aquellos que osan dar el salto y se arriesgan en metas cada vez más altas, y no se pasman ante lo que acontece; el mundo fue, es -y será siempre-, de quienes, como las golondrinas, todo el tiempo emigran de una situación a otra, y ante cada revés e infortunio que la vida les presenta, son capaces de levantar el vuelo; el mundo es de quienes, con la mirada puesta en las estrellas, saben ir hacia delante, por muy lejos y difícil que todo parezca.

* Carlos Marianidis: Nada detiene a las golondrinas, Casa de las Américas, La Habana, 2002.
1 Me permito intercalar este concepto con la idea de que esta literatura suele ser aquella que consumen los niños y jóvenes y que, de alguna manera, representa sus realidades.
2 School story pueden ser libros de valores y mensajes tan diferentes o encontrados como éste, o antecedentes tan célebres como La pequeña princesa, de Frances Hogdson Burnett, las obras de Enid Blyton, las aventuras del travieso Guillermo y hasta el mundialmente célebre Harry Potter y su inacabable y polémica saga.
3 Novelista y guionista de cine inglés, conocido por sus libros para niños. Nació en Llandaff (Gales) y estudió en el internado de Repton. "La férrea disciplina padecida la refleja en relatos sobre la crueldad y la venganza sádica que desarrollan los adultos sobre la infancia." Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo en la Royal Air Force (RAF) como piloto de combate. Por estos años publica en el Saturday Evening Post relatos sobre sus aventuras en la RAF y escribe su primer libro: Los gremlins (1943), llevado al cine en 1984 por Joe Dante, y al cual siguieron varios más.