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Inventó dos cosas fundamentales para la
escena caribeña: el mundialmente célebre Festival
Internacional de Teatro de Caracas, y el grupo Rajatabla, acaso
uno de los colectivos con más “sello” y personalidad del
continente, y una estética muy particular: “La estética
del poder”.
Cualquiera que repase el medio centenar de títulos de sus
producciones advertirá en Rajatabla una constante preocupación
por desvelar los mecanismos del poder, por denunciar la obscenidad
del terror en sus más variadas encarnaciones, por evidenciar
las claves de la corrupción, de la manipulación
ideológica, de la explotación y del saqueo a que
están sometidos individuos, clases sociales o pueblos enteros.
Pero la novedad radical de Rajatabla fue expresar su discurso
de una manera propia, sin atenerse a las demarcaciones previamente
balizadas por los comisarios del arte, arriesgándose a
formular con un lenguaje personal las grandes creencias colectivas,
los espacios de sombra, los deseos inconfesados. Su progresiva
madurez no impidió nunca que sus espectáculos tuvieran
el pulso encabritado de la emoción, del riesgo, de la transgresión…1
CÓRDOBA Y EL JUGLAR
Juan Carlos Giménez Gallardo nace el 13 de abril de 1946
en Rosario, una ciudad puerto a orillas del Paraná, el
río que baña cuatro países en el sur del
continente y da origen al Río de la Plata, el gigantesco
estuario sobre el cual se asientan Buenos Aires y Montevideo.
Nace en Rosario pero su vida cobra forma y sentido en Córdoba,
ciudad de la reforma del 18 y de tradición universitaria,
políticamente combativa, poderoso centro industrial del
centro del país, que tenía para los 60 una intensa
vida cultural.
Se inicia en el Seminario del Arte Dramático de Córdoba,
centro clave de esa red con que los argentinos resolvieron el
tema, las escuelas de teatro; anticipándose a la mayoría
de los países de América Latina. Estas Escuelas,
dependientes del gobierno provincial, eran el laboratorio para
descubrir talentos. Y esto más allá del carácter
tradicional de su concepto educativo y su objetivo profesional:
formar actores para engrosar los elencos oficiales de una actividad
en crecimiento, motorizada por la idea de las comedias provinciales…
De estas escuelas extrajo Giménez la disciplina, la investigación
e ideas que de alguna manera estarán presentes en su trabajo:
el alcance mesiánico de la responsabilidad del teatro y
del artista.2
Una vez que egresó de la escuela cordobesa forma su propio
grupo, y se marcha para España, Francia e Italia vinculándose
a la cátedra Tirso de Molina en Madrid, a la Universidad
de Nápoles y al trabajo de Giorgio Strehler y sus ideas
de la puesta en escena:
Lo que me encantaba de Strehler, es que aparte de su concepción
estética, artística y creativa, inventa la institución
teatral más importante de Europa. En medio de un país
destruido por la guerra, en la post-guerra, cuando nadie creía
en nada, levanta el Piccolo Teatro de Milano, la institución
más poderosa, dinámica y fuerte del mundo. Y obliga
al Estado italiano a cambiar su concepción acerca de la
relación con el teatro, le obliga a darle dinero a la empresa
privada. El Piccolo no es oficial, recibe millones en subvenciones
de la ciudad de Milán. Pero sólo ellos deciden qué
quieren hacer, cómo quieren y cuándo lo quieren...
Había que tratar de crear en América Latina una
organización lo suficientemente poderosa y fuerte, para
que tuviera un valor dentro de la comunidad. Que fuera respetada,
que pudiera enfrentarse con vigor cuando el Estado quiera atropellar
el movimiento cultura. Pero que fuera privada...3
Carlos irrumpe en escena teniendo más o menos quince años.
Hacía obras muy revolucionarias, muy de vanguardia, siempre
adelantándose al teatro que en ese momento se hacía
en Córdoba, muy clásico y más estando en
la comedia oficial. El siempre fue temperamental, rebelde, cuestionado
y tildado de comunista. Teniendo diecisiete años llevó
a treinta y dos personas a Europa que lo duplicaban y triplicaban
en edad para presentarse en Nancy y recorrer media Europa en una
furgoneta.4
De regreso a Córdoba prepara tres nuevos montajes La querida
familia, sobre textos de Ionesco, Picnic en el campo de batalla,
de Arrabal y Los amores de Don Perlimplín y Belisa en su
jardín, de García Lorca y con el mismo grupo que
había ido a Europa salieron a descubrir
Latinoamérica, dejando atrás títulos como
La querida familia, El día que llovió para siempre
(será la primera vez que hará llover sobre la escena),
Encuentro para una sola voz (con Norma Aleandro), y Fuenteovejuna,
entre otras.
En las comunidades indígenas del Ecuador o Perú,
en los centros mineros de Bolivia, en los villorrios o en las
grandes ciudades de Colombia descubrimos un mundo sorprendente:
AMÉRICA LATINA. Miserable y rica, oscura y salvaje, luminosa
y eterna. Tardamos nueve meses en llegar a Caracas, viajando siempre
por tierra. En ese lapso, recorrimos Ecuador, Bolivia y pueblitos
del sur de Perú. Eso nos hizo tomar conciencia de nuestra
absoluta ignorancia del continente. Fue un descubrimiento terrible
y hermoso a la vez: el más espantoso subdesarrollo por
un lado y la posibilidad de operar en un terreno cultural donde
todo estaba por hacerse, por otro. Eso nos marcó a todos;
a mí de un modo indeleble. Con esa carga emocional, a principios
de 1969 llegamos a Caracas. Allí se dio la circunstancia
de encontrarnos con un movimiento teatral muy lanzado, justamente
en la dirección que más nos interesaba.5
CARACAS Y LA ORGÍA
Eran los finales del 60 y el Ateneo de Caracas cerraba toda la
programación de una década cuando recibió
la visita del Juglar sorprendiendo con su seguridad técnica
y sus novedosos planeamientos de cómo debía ser
un teatro latinoamericano de vanguardia. Giménez fue invitado
a dar un curso de formación teatral de dos meses producto
del cual surgió una obra, La orgía, basada en textos
de Enrique Buenaventura, la cual fue suspendida ante la amenaza
del nuevo Gobierno Nacional del doctor Rafael Caldera y de otros
sectores muy influyentes para aquel entonces en el país:
“En los días que corren el Teatro del Ateneo de Caracas
está siendo escenario del más bochornoso espectáculo
de pornografía que hubiera podido concebirse”, rezaba un
aviso de la Asociación Católica publicado en los
diarios capitalinos.
Para muchos La orgía es una de las piezas más audaces
de Giménez. Llena de violencia visual con un lenguaje “esperpéntico”,
a la mejor manera valleinclanesca, reflejaba los problemas políticos
que en ese entonces tocaban muy de cerca de los espectadores.
Él quiso deliberadamente escandalizar y lo logró,
quiso sacudir todos los convencionalismos que había y lo
logró… El quehacer cultural era manejado como especie de
una suerte de círculo de confianza, la gente de teatro,
los de plástica, todos se conocían entre sí,
todos tenías sus parcelas, se respetaban; a pesar de que
habían discusiones o desacuerdos, nadie trataba de invadir
la parcela o terreno del otro, en eso fue muy inteligente Carlos:
el vio que la única manera de hacerse un espacio en Venezuela
era socavando, reventando y con ese montaje lo logró, la
gente se escandalizaba… una locura.6
Luego de la suspensión de La orgía (apenas duró
una semana en cartelera) regresa a Córdoba sin saber bien
qué iba a ser de él: la situación política
en toda Argentina se hacía insostenible y el clima asfixiante
de una represión comenzaba a expresarse en toda su irreversible
potencia (los avatares políticos, la destrucción
de la Casa del teatro de su ciudad, creación suya). Una
invitación de Miguel Otero Silva, director del diario El
Nacional, de Caracas, para dirigir una versión de Don Mendo,
definieron lo que sería su adiós a la tierra de
San Martín y su bienvenida a la de Bolívar.
TU PAÍS ESTÁ FELIZ Y RAJATABLA
En su “Enfoque crítico del teatro venezolano” Rubén
Monasterios dice que el teatro venezolano a comienzos de la década
de los 70 es consumido por una elite intelectual de clase media,
sobre todo en Caracas; no existe una política social por
parte del Estado para hacer llegar los espectáculos a grupos
culturales más marginales, así como un gran desinterés
por gerentes y productores por estos sectores y que la orientación
del público discurría hacia el espectáculo
evasivo o netamente comercial. La proyección internacional
era muy escasa y sólo el Teatro Universitario confrontaba
al público fuera del ámbito nacional.
Carlos Giménez dirigía Don Mendo 71 y tenía
todo a su favor: el apoyo de El Ateneo de Caracas, del diario
El Nacional, un buen presupuesto, los mejores actores del país…
La deliciosa sátira política de Otero Silva sería
un éxito y duraría varios meses en cartelera a sala
llena, pero su presencia en Venezuela luego de las giras de El
Juglar le había permitido reafirmar la unidad de criterio
que existía en el movimiento teatral joven de nuestro continente.
Don Mendo atendía a un público maduro y más
burgués que el buscado por Giménez, y es por ello
que decide llevar a escena un poemario de un estudiante brasileño,
Antonio Miranda, musicalizado por un muchacho de origen gallego,
Xulio Formoso ¿Los actores? Un grupo de adolescentes del
liceo Gustavo Herrera, compañeros de Formoso, de melena
larga, blue jeans rotos, cadenas en el pecho e irreverencia en
la mirada, y que nunca habían pisado un escenario teatral.
Tu país está feliz se monta sin mayores ambiciones
y se estrena el 28 de febrero por una brevísima temporada
de tres días. Pero de repente, la sala comienza a llenarse,
el público abarrota la taquilla noche tras noche, las entradas
se agotan con filas interminables de personas que quieren entrar.
La obra gusta, impresiona y atrae en masa a un público
prácticamente ajeno al escenario teatral: la juventud.
Nadie entendía el fenómeno, pero sí la necesidad
de continuar. Duró tres años en cartelera y es sin
lugar a dudas la partida de nacimiento del Grupo Rajatabla, que
como buen grupo latinoamericano, perderá gran parte de
sus fuerzas en los primeros años por resolver problemas
internos. Tu país está feliz reflejaba la Venezuela
de esa época, la Venezuela “saudita”, feliz en apariencia
y que por dentro amasaba una gran descomposición social.
Su segundo trabajo, Venezuela tuya (1971)… tuviera como base literaria
un texto de un escritor venezolano querido y exaltado por los
cubanos, en un momento en el cual estaban rotas las relaciones
entre Venezuela y el país antillano; el texto en cuestión,
de Luis Britto García, hacía un juego escarnecedor
a partir de un slogan publicitario, presente en el título,
ideado por los agentes del gobierno para promover la imagen del
país en el ámbito internacional… Rajatabla vino
a ser, desde el mismo momento de su aparición en el ambiente,
un nuevo foco de actividad teatral irritante que alteró
desde el primer gesto el panorama de las artes escénicas
venezolanas; un foco discutido que originó adhesiones frenéticas
y animadversiones enconadas… Resulta mucho más justo decir
que el más esencial aporte de Rajatabla, liderizada por
Jiménez, a la cultura escénica venezolana de la
época, fue el de llevar a la juventud al protagonismo del
hecho teatral, al mismo tiempo que encaminaba ese teatro hacia
una posición inequívocamente contestataria, respaldando
una acción política en la cual estaba involucrada
la porción más pura de la gente de este país…de
esa generación creyente –casi con la fe del carbonero–
en una revolución venezolana puesta “a la vuelta de la
esquina”, podrá decirse cualquier cosa, menos que se involucró
en ese proyecto animada por motivos bastardos.7
Carlos Giménez viaja a México para montar una pieza
de Weiss (las autoridades lo deportarían poco después
del estreno). A su regreso a Caracas encuentra al grupo roto y
desintegrado, al borde de la desaparición. En un intento
por superar el trago amargo del pasado año se emprende
un difícil reto: llevar a escena la novela de Miguel Otero
Silva, Fiebre, testimonio literario de los sucesos políticos
del 28. Ante la diversidad de opiniones y el temor general, Carlos
Giménez da las siguientes declaraciones: “...Sólo
pretendemos utilizar la vigencia de un texto para plasmar en la
escena las inquietudes de la juventud de hoy.” La temporada duró
cuatro meses, llevando su mensaje histórico a todas las
capas sociales de la población venezolana.
Era el año del Festival Internacional de Teatro de Caracas
y paralelamente a la organización de este, su director,
Carlos Giménez, y Rajatabla preparan otra adaptación
de una novela. Esta vez le toca el turno a Lanzas coloradas, de
Arturo Uslar Pietri. La misma noche del estreno, un sector del
público ataca despiadadamente el montaje; la repulsa se
bate como bandera; la mofa sustituye a la crítica. Los
resultados no pudieron ser más dramáticos y Giménez
con Rajatabla se autoexilian. España será su destino
y por allá permanecerán durante un año, a
su regreso recorren doce ciudades de Venezuela dando un gran salto
en su discurso escénico.
“Giménez experimentará sobre dos elementos que se
convertirán en constantes a partir de ahora. La búsqueda
del espacio como elemento transformador y general de imágenes
teatrales y la síntesis ya no en el sentido grotowskiano,
sino a la manera de la simbología de un elemento unificador.”8
Corría el año 76, el grupo Rajatabla se había
profesionalizado, tenía sala propia, y abría paso
a la investigación del espacio escénico (constante
del discurso de Carlos a lo largo de su vida) con el estreno de
Divinas palabras, de Valle Inclán, en la cual la dirección
se apoya en lo grotesco y lo esperpéntico que ya se había
comenzado a perfilar en La orgía, y que ahora se consolidaba
en un discurso que busca belleza plástica en el horror
y donde escenografía, música y luz son actantes
fundamentales del juego escénico. Pero la consagración
definitiva de la estética de Carlos Giménez se establecería
un año después con la teatralización de la
novela homónima de Miguel Angel Asturias: El señor
presidente.
EL SEÑOR PRESIDENTE
Ahí está frente a nosotros el poder, blanco y cruel.
El dictador ejerciendo su vicio solitario, siempre fiel a los
grandes patrones del imperio. Afuera está la muerte, la
miseria, el hambre, los ranchos, el robo, la delincuencia, la
solidaria agonía del pueblo, la muerte sin respiro. Pero
el poder tiene su liturgia que hace ignorarlo todo. El blanco
brilla sobre el trópico y los muñecos danzan al
son de las monedas. El siniestro carnaval no se interrumpe. Todo
está en orden.9
Eran años terribles para nuestro continente plagado de
dictaduras fascistas y El señor presidente los encarnaba
a todos: la redonda papada lasciva de Baby Doc, las gafas oscuras
y el labio leporino de Pinochet, la barriga protuberante de Stroesner,
el corazón rajado de los Somoza… Con claridad conceptual
y poética, Giménez aborda la puesta en escena de
uno de los espectáculos de mayor proyección internacional
en la historia del teatro iberoamericano. La pieza se estrena
el 3 de marzo de 1977 en la sala sede. Se encuentran presentes
Jerzy Grotowski y Christian Dupoavillon, delegados del Teatro
de las Naciones para la América Latina. Impresionados con
la metáfora escénica, se decide la invitación
para participar en el Festival de Teatro de las Naciones a celebrarse
en Nancy.
El señor presidente impacta y es considerado como uno de
los mejores espectáculos del Festival. El éxito
es tan rotundo que se inicia una gira: Rotterdam, Estocolmo, Roma...“Un
Marat Sade venezolano”, “Radiografía de una dictadura”,
“La asfixia política de las dictaduras denunciada”, “Liturgia
del poder” son algunos de los epítetos de la crítica
especializada en Europa.
Un maquillaje expresionista, unas luces intensamente blancas,
una dicción y un gesto alejados de todo naturalismo, una
equilibrada sucesión de imágenes violentas, unos
actores, tensos, deshumanizados o patéticos según
los casos, un ritmo preciso, un estudio minucioso del espacio
escénico, se articulan perfectamente para anonadar y hacer
pensar a los espectadores invitados a ese tétrico banquete.10
Carlos Giménez ha llegado a crear un espectáculo
asombroso y aterrador a un tiempo. Asombroso por la precisión,
el rigor, la impresionante fusión colectiva en el clima
de miedos y silencios que se hace tangible hasta llegar a oprimir
físicamente al espectador que se siente incorporado a la
macabra historia; y aterrador, precisamente porque no se trata
de una invención escénica, sino de un espectáculo
que opera a través de una carga documental, de una triste
retahíla de historias que han tenido locación bien
exacta en el tiempo y en el espacio.11
Rajatabla regresa al país reafirmado internacionalmente
como uno de los mejores grupos de teatro de la escena mundial
y El señor presidente, considerado como un “clásico”
del teatro latinoamericano.
El poder, según Giménez, no es del todo gratificante
para quien lo ejerce: hay algo penoso en ello; al dominar es imprescindible
pagar una cuota de dolor. Cuanto mayor es la dominación
de uno, más se distancia este de los demás y menos
lo aman los sometidos, parecen ser algunas de las hipótesis
de la Teoría del Poder asumidas por Giménez; por
tal razón El Señor Presidente, El candidato y El
Héroe Nacional yacen en una cúspide solitarios,
envueltos en una atmósfera de odio soterrado que sirve
de caldo de cultivo a la traición. ‘Cuando yo me muera/
nadie me querrá/ sólo las hermanas/ de la caridad...’
canta, estando ebrio, el señor presidente en una de las
escenas... La tortura, el crimen, la mentira, la compra de conciencias...
todo es válido para conservar el sacrosanto poder; el terror
se percibe en el ambiente, y gracias a magistrales soluciones
de puesta en escena, el espectador se percibe involucrado, y en
tal sentido acosado, penetrado por el horror, controlado. He aquí
otra de las hipótesis de la Teoría del Poder Político
adoptadas por Giménez en su planteamiento ideológico:
que el poder envilece (...) La tortura, el crimen, la mentira,
la compra de conciencias... todo es válido para conservar
el sacrosanto poder; el terror se percibe en el ambiente, y gracias
a magistrales soluciones de puesta en escena, el espectador se
percibe involucrado, y en tal sentido acosado, penetrado por el
horror, controlado. He aquí otra de las hipótesis
de la Teoría del Poder Político adoptadas por Giménez
en su planteamiento ideológico: que el poder envilece...12
Carlos Giménez seguirá ahondando en su estudio sobre
el poder en todas sus formas con espectáculos como El candidato,
de Larry Herrera, El héroe nacional o La muerte de García
Lorca, que al igual que El señor presidente los llevó
a recorrer ciudades y festivales del mundo; obsesionado por el
manejo del espacio: “Quisiera inventar un espacio total: frentes
ojos, espaldas, nucas; sentir como espectador que no hay un punto
de referencia obligado...”, y trabajando a Rajatabla como una
máquina actoral: “Rigor en los gestos. Tranquilidad y peso
en el decir. Hay que crear un peso interpretativo sorprendente.
Nada de copias realistas y baratas... inventar la realidad”.13
Crítica, público, colegas, políticos, personalidades
venezolanas y del mundo reconocen el triunfo de la estética
de Giménez y su nombre está al lado de personalidades
como Tadeusz Kantor, Lindsay Kemp, Peter Book o Georgio Strehler.
En 1982 lleva a La Habana un montaje intimista y nostálgico:
Martí, la palabra, que expone bellamente el pensamiento,
la palabra, la personalidad y el camino recorrido por José
Julián Martí Pérez.
BOLÍVAR
Después de un año de investigación, cinco
versiones del texto teatral y mucha labor colectiva, se unieron
los talentos de Juan Carlos Núñez y Carlos Giménez,
y sobre una pieza de José Antonio Rial, treinta actores
estrenan Bolívar en Maracaibo el 3 de marzo, para regresar
a Caracas y marcharse por seis meses a recorrer países
y festivales internacionales.
“Bolívar es quizá la más profunda entre todas
las piezas llevadas a escena por Giménez en su búsqueda
de la Estética del Poder… Bolívar es el Poder benéfico,
sin que por ello no experimente internas y destructoras contradicciones.
De ese supratelúrico enfrentamiento el héroe emerge
puro, aunque derrotado.”14 Representar a Bolívar en una
cárcel es como traducir a la metáfora de teatro
la sospecha de que el túmulo oficial levantado en su memoria
ha conseguido secuestrar el mensaje del Libertador con el paso
de los años y la sucesión de regímenes dictatoriales.
Era la materialización de un sentimiento: que América
Latina es como una enorme prisión con pequeñas claraboyas
de democracia. El pensamiento de Bolívar en relación
con la libertad, con la justicia, con el sueño de una nación
unida contra la amenaza del gigante de el Norte, son todavía
ideas que esperan ser rescatadas. El hecho de vivir precisamente
en una de esas “claraboyas” de democracia que es Venezuela, significa
para las gentes de Rajatabla nuevamente una exigencia, un acicate
para desenterrar, precisamente el mensaje bolivariano y rescatarlo
de la retórica.15
La obra soportará trece lecturas diferentes; la última
tendrá lugar en ocasión de sus presentaciones en
el teatro La Taganka, de Moscú, por la antigua U.R.S.S.
en 1988: “...Bolívar es un himno al teatro, un réquiem
a los desaparecidos y una advertencia para los vivos. La sinceridad
de la dramaturgia, pasión y virtuosismo de la dirección,
expresividad y dramatismo actoral, colocan a esta puesta en la
línea de los acontecimientos teatrales más sobresalientes
de nuestros días.”16
A la puesta de Bolívar seguirán éxitos y
escándalos, como cuando Carlos insulta a la familia Otero
y abandona el cargo de director artístico del Ateneo de
Caracas. A pesar de la ofensa sufrida, su presidenta, María
Teresa Castillo, quien había sido además su mano
protectora desde que el joven director llegara a Venezuela, siguió
defendiéndolo y apoyándolo:
A Venezuela la conocen teatralmente en el exterior gracias a Carlos,
y al prestigio artístico de que se hizo merecedor el grupo
Rajatabla. No sé cómo poner en una frase todo lo
que hizo, pero... Carlos era un gran espectáculo, traspasa
las fronteras a escala mundial. Era de uno de los más grandes
directores del mundo de los últimos veinte años.
Y se encontró en un medio donde había muy poco teatro
y formó cantidades de cosas, promovió a través
de los festivales internacionales el crecimiento y conocimiento
del teatro. Fue además un organizador y gran gerente, con
una imaginación loca, desbordada, que se le ocurrían
las cosas más estrambóticas y delirantes y por increíbles
que fueran era capaz de llevarlas a cabo, vivía inventando,
cuando presentaba una obra ya tenía la otra en mente, su
cerebro no descansaba un minuto y donde llegaba despertaba interés,
y se sentía un movimiento, una excitación que movía
el ambiente donde estuviese.17
EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA
Incansable en su búsqueda estética, Carlos Giménez
rasga el telón de la imaginación y comienza a surcar
los mares con un viejo barco encallado tratando de unir dos orillas,
dos pueblos que se encuentran con todas su cargas de miseria y
de virtudes descubriendo una patria añorada y perdida.
Esta historia es Cipango, la “parábola” del descubrimiento
de América, que José Antonio Rial escribe para Rajatabla.
Sin embargo, Cipango es otro “reguero de pólvora” en el
Ateneo. La mayoría de los críticos y otros que no
lo son descuartizan la pieza. No hay día en que no surjan
comentarios negativos y ese alud de vituperios repercute en el
público. Cipango sale de la cartelera con más pena
que gloria... Pero a estas alturas ya sabemos que a Giménez
no le amedrenta un fracaso. Inmediatamente y a petición
del Festival Latino de Nueva York y del Festival de Spoleto, Carlos
Giménez comienza la dramatización de la obra de
Gabriel García Márquez: El Coronel no tiene quien
le escriba. En el Teatro de la Ópera de Maracay es el estreno
mundial, el 22 de junio de 1989. Cuatro funciones, porque el 30
de ese mismo mes los espera el Festival de Dos Mundos de Spoleto.
Fragmentar la realidad, decodificar una unidad que es falsa y
se basa en la rutina de repetir que existe, que es sólo
lo que vemos. Volver sobre el tiempo y reiterar que nos aferramos
a él para hacer lógica la existencia... tomar un
trozo de la realidad: el instante en que la mujer del Coronel
sale al patio, remienda y hace el milagro de las prendas nuevas,
y no ve caer la tarde, ni escucha el pito de la cigarra. Congelar
ese instante, hacerlo eterno en la memoria. Suspender el color
y los sonidos, luchar contra la dictadura del tiempo que pasa
sin hacer ruido. El Coronel no tiene quien le escriba es el drama
del hombre común de América Latina. La esperanza
fallida, la ilusión rota en promesas no cumplidas, en asaltos
a la honestidad y en pactos de muerte. Un hombre y una mujer unidos
en el fracaso. El hijo muerto, la casa hipotecada, la pensión
que no llega; la dignidad como coraza, para negar el horror de
que ya no hay futuro... Nunca más vigente que ahora, este
canto a la desesperanza, este presagio que, partiendo del escenario,
nos habla de uno y de todos. Desde la casa del Coronel, vemos
abrirse los muros, extenderse la ciénaga, ganar la lluvia,
saquear los muebles y objetos, crecer el vacío, imponerse
la soledad como destino.18
El coronel no tiene quien le escriba es para muchos la mejor obra
de Rajatabla y la máxima creación de Carlos Giménez.
También sirvió para demostrar las virtudes histriónicas
de uno de los fundadores de Rajatabla: “En el renglón interpretativo,
José Tejera logra el mejor trabajo de su carrera al asumir
el personaje de El Coronel, moldearlo y hacerlo creíble
en toda su composición psíquica y corporal: el Coronel
está allí, avejentado, sin saber qué edad
tiene, terco, olvidado por el mundo, a punto de enfrentar su última
revolución.”19
“El Coronel fue presentado en el Teatro Nuovo Spoleto y se ha
transformado inmediatamente en el evento de esta edición
del 89.”20 y “... El espectáculo más bello del Festival
fue El Coronel no tiene quien le escriba”, que une un texto brutalmente
realista, con la suavidad del mundo onírico”,21 y:
El Coronel... estrujante soliloquio, fue –podría decirse–
punto de partida para que el grupo teatral Rajatabla diera una
cátedra, altamente demostrativa, de cómo el ingenio
de un buen director y el excelente desempeño de los actores
puede –sin dejar de ser una recreación– contribuir a la
mayor significación artística de la obra original.22
El Festival Latino de Nueva York, copatrocinador del espectáculo,
los recibe en agosto. Muchos serían y aún son los
países que recorrería el cuento de Márquez,
muchos los aplausos, muchas las buenas críticas, más
allá de quienes le dieran vida en el 89, porque el Coronel
obtendría la vida gracias a Rajatabla y se niega a morir
permaneciendo en el repertorio de la agrupación, y volverá
a escena junto a El señor presidente y Bolívar el
próximo año, con motivo de los treinticinco años
de la fundación del colectivo teatral venezolano.
1993…
El 28 de marzo de 1993, a las seis de la mañana, “El gran
provocador”, “El Rey Midas del teatro”, “El creador de Imposibles”
hace un último y doloroso mutis. Atrás quedan más
de ochenta montajes en Córdoba, Nicaragua, Perú,
México, España, Nueva York y Caracas; la creación
del Festival Internacional de Teatro de Caracas, del grupo Rajatabla,
del Taller Nacional de Teatro, del Centro de Directores para el
Nuevo Teatro, del Teatro Nacional Juvenil de Venezuela, entre
otros; innumerables premios y giras por los principales festivales
de teatro del mundo; y una manera diferente de encarar el teatro
en la América Latina.
Volviendo sobre la distancia podemos demarcar claramente cuatro
grandes etapas en el camino estético de la obra de Giménez.
Una primera de formación, de búsqueda y desencuentros
en Córdoba; una segunda, a raíz del Festival de
Manizales y su gira con El Juglar, de compromiso político
activo y provocador y en la que sus más logrados aciertos
son La orgía, Tu país está feliz y Venezuela
tuya; una tercera, obsesionado por el espacio y su protagonismo
dentro de una visión madura y distanciada de los efectos
del poder con El señor presidente, La muerte de García
Lorca y Bolívar, y una última, en la cual la poetización
de la realidad predomina en su discurso para mostrar la frustración
y el desarraigo del hombre latinoamericano: Casas muertas, Oficina
número uno y El Coronel no tiene quien le escriba son sus
mejores exponentes.
Hoy todos los proyectos inventados por Giménez siguen funcionando
con mayores o menores desaciertos, formando a los futuros provocadores
del teatro de Venezuela y Latinoamérica y manteniendo vivo
para las nuevas generaciones su filosofía sobre el teatro:
El desafío del arte en estos momentos, dentro de una sociedad
en la que parece haber triunfado de manera absoluta el liberalismo
y el capitalismo, es no hacer de la creación individual
un hecho aislado, una sorpresa sin sentido. La verdadera misión
del arte, en estos momentos, sería la de reencontrar el
valor ideológico de la creación artística.
La ideología, no como dogma, no como propaganda, no como
servicio político, sino como motivación esencial
para el análisis del hombre, de su relación y su
función social, y de la aspiración fundamental que
es, si se quiere, la felicidad social.
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